jueves, octubre 27

Aperrizaje

Quería volver al blog sin contar demasiadas boludeces poco interesantes, pero si sigo tan exigente va a quedar prácticamente vacío. Y me gusta tenerlo, y me gusta usarlo, y me gusta leerlo aunque aburra.

Últimamente no tengo mucho tiempo, y ni hablar de energía. Pregúntenle a mi hermana, que tiene que bancarse mi pachorra, como por ejemplo esquivando los montones de ropa que dejo por toda la casa, en el piso. Sí, a tal nivel llegó el desorden. Y no son pilas pequeñas. Uniformes sucios frente a la puerta, jeans, pulloveres, bolsas y zapatillas al lado de la tele, remeritas, joggins, toallones en un sillón, bombachas, corpiños, medias y remeras en una esquina del baño (que no es el cesto de ropa sucia). Y mejor del cuarto no hablemos. Es un depósito de ropa con paredes. En realidad nosotras dormimos en los roperos, que están vacíos.

Sigo en la pastelería. Después de estos meses de trabajar ahí, mi hígado ya me pidió socorro un par de veces, de modos no muy placenteros. Así que ahora no ataco tanto las cremas y los mousses (además ya me cansé un poco). De todas formas de vez en cuando me agarra la gula y me hago un poco de mousse de chocolate con crema y almendras.

Me duelen los brazos, porque ayer amasé 15 kg. de masa y no estoy acostumbrada. Es que "la Raulito" está enferma. ¡Volvé, Raulito! Las masas te esperan.
Ya que estoy voy a contar algo que me hizo reir toda la semana.
Me lo contó ella, una mole de 32 años, campeona nacional de paddle, cero tacto y mucha masculinidad.
Festejábamos el cumple de una compañera de trabajo, comiendo sandwiches de carne en una plaza, cuando la charla tomó el rumbo de "accidentes cuando éramos chiquitas".

Raulito: Yo me caí de una altura así (señalando una ventanita a unos 4,5 metros del suelo). Y me salvé...
Esmeralda, yo: ¿A qué edad?
Raulito: no, hace dos años.
Todas: Jajajaja.
Raulito: Y me salvé porque caí arriba del perro.
Todas: ¡NOOOOOOOOO! JAJAJAJA
Yo: ¿Qué perro?
Raulito: Un ovejero alemán.
Todas: Pobre!
Raulito: Sí. Estaba pintando el techo y parece que me insolé y me fui de cabeza al piso. El vecino escuchó una explosión y a los perros como locos. La explosión era yo.
Y después me aparecí en su vereda, toda llena de sangre, medio boluda. Me hicieron pasar y me preguntaron qué había pasado. Y cuando vino mi papá y entró a mi garage vio el charco de sangre, el quilombo de pintura, y lo vio al Beto ahí echado en el piso. Y lo llamaba y no venía.
Esmeralda, yo: ¿Lo mataste?
Raulito: Pegué con el costado de la cabeza en el portón, con la parte de atrás en el paredón del vecino, y el otro costado contra el piso.
Yo: jajaja, re pinball.
Esmeralda: ¿Pero lo mataste?
Raulito: No, no lo maté.
Yo: ¿Lo quebraste?
Raulito: No, tampoco. Pero no podía caminar. Lo llevaron al veterinario y le dio un antiinflamatorio, pobre. Y a mí me tuvieron que coser toda.
Esmeralda: jajaja, capaz que el perro estaba re durmiendo la siesta y le cayó encima, pobre!
Yo: O capaz es re heróico y fue corriendo a salvarla, jajaja.
Raulito: Y después me acordé de estar tirada en el garage, y sentía que estaba durmiendo, así como a la mañana, pero pensaba "me tengo que levantar, me caí del techo". Y en un momento me di vuelta, como cuando a la mañana girás para taparte, y ahí salió el perro de abajo.

Y ahí fue demasiado, nos tentamos las cinco.

Yo: Jaja, faltaba taparte con la patita del perro.
Esmeralda: Y ahora te odia el perro, ¿no?
Cumpleañera: Te ve y llora.
Raulito: No, pobre Beto, no me odia.
Esmeralda: ¿Y camina bien?
Raulito: Sí, sí, todo bien.
Yo: ¿Y quién pintó el techo al final?
Raulito: No, quedó así, ni en pedo me subía ahí de nuevo. Encima quedó un desastre de pintura. Después lo hice pintar.

Y sí, tenía que terminar con una pregunta colgada mía.

domingo, octubre 2

Todo el verano en un día

Un día de esos en los que mi edad era de una sola cifra, le pedí a mi papá que me dé un "cuento de grandes", porque estaba cansada de leer siempre lo mismo. Me dio un libro: "Remedio para Melancólicos", de Ray Bradbury. Estudié el índice, como sabiendo de antemano que estaba por vivir un momento que podía ser especial, y elegí un cuento cuyo título me llamó la atención.
Página 148. Ahí encontré a Margot (que me acompaña hasta hoy, como muchos sabrán) y algo más: encontré esa sensación de terminar un escrito, cerrar el libro, ponerlo sobre mi pecho y, mirando hacia adelante y a ningún lado, con dolor por lo que leí, con pena y ansiedad porque se acabó, sonreir por la calidad y cantidad de sensaciones que me producen unas pocas páginas.
Me marcó. Fue el primero y encajaba tan bien conmigo, con mi devoción por el sol (tan solo sea como instrumento de explicación e interpretación), con mi melancolía innata, con mi pena y mi sensación constante de ser incomprendida, de ver más allá (o ver las cosas distinto) que los demás y me excluyan por ello...
Hoy lo guardo como un tesoro. Y acá lo comparto con ustedes.
Está en el link nuevo de la columna de la izquierda (es el sol).