martes, noviembre 29

La chica sentada en la plaza

Un día, casi por azar, ella se encontró muy triste mirando cómo caían flores violetas de un árbol. Después se enteró que era un jacarandá. Lo sospechaba, pero no lo sabía. Ella sabía de radales, cipreses, lengas, alerces. Ahora también de jacarandaes. Sabe que se conectó con ese árbol y que lo suyo se convirtió en una cita casi diaria.
El árbol es bastante alto, y no hay mucho a su alrededor. No hay juegos, no hay mesas. Abajo suyo hay una plataforma circular de cemento, apenas elevada del suelo, preparada como para ser un cantero lleno de flores; sólo que está vacío. Ese día que ella estaba tan triste era como un trono violeta, esperándola.

Hay otros árboles en la plaza. Son muchos, y muy diferentes entre ellos. Hay un jacarandá cerca de ese del trono violeta. En realidad el trono está en el medio, y se juntan las flores de los dos. Pero su amigo es el del primer día.
Ella siempre miró a los árboles de la ciudad un poco recelosamente. Tal vez evitaba sentir –percibir- su sufrimiento, en parte sintiéndose culpable por él. Pero desde hace unos meses se anima a conocerlos un poco, al menos a los de las plazas. Se pregunta por qué la cautivan especialmente esos, los que están un poco más libres. Como cuando, tiempo atrás, no se detenía a observar tanto a los árboles de su pueblo como a los del bosque. Lo que sentía junto a estos últimos era mucho más intenso.

Ayer ella fue a ver al jacarandá después de cuatro días sin haber ido. Lo encontró casi sin flores. El trono, vacío. Se preguntó si sería el momento para eso, pero le resultó muy extraño recordar que ninguno de los que había visto desde el colectivo estaban así. Muchos estaban repletos de flores, todavía. Ninguno tan despojado como su amigo. Lo más extraño fue ver al jacarandá vecino (está a una docena de metros) y que esté tan florido como los demás.
Si no era, entonces, por mayor exposición al sol o al viento... ¿por qué era?

Ella se lamentó mucho. No la había esperado.
¿Y su ritual? Pensó que tal vez sería por tristeza o despecho, ya que ella no había ido por varios días. También pensó que él quizás le había brindado tanto que se había quedado sin energía antes que el resto. Y que tal vez fue más feliz, y que eso aceleró su ciclo vital.
Pero, ¿por qué no la esperó?
Quizás había sido al revés. Quizás lo que a ella le atrajo del árbol fue su profunda tristeza, o que esté expuesto más que los demás, de alguna forma. Tal vez tenían en común una terrible empatía y se potenció al juntarse.
Algo hubo ese día, que lo hizo especial para ella. Y ella quiso pensar que era especial para él.

Lo fueron, y lo siguen siendo.
Ella está sentada en el trono, que ya no está vacío. Y sonríe: se acaba de dar cuenta de que tiene puesto un buzo violeta.

lunes, noviembre 28

Fin de semana

Viernes. Pearl Jam! Sentirme afuera de todo (cosa que no me disgusta tanto). Pasar más tiempo analizando cómo siento las cosas que sintiéndolas.
Sigo pensando que mi vida es como la de Abre los ojos o Vainilla Sky. Esa vida que elegís tener, que es un sueño pero lo sentís real. Por eso... ¿no se supone que tenía que ser linda? Bueno, en realidad no es FEA, si la miro objetivamente. Pero... ¿no tendría que sentirse bien? ¿No tendría que estar conforme? Pensar todo esto en alguno de los temas de Pearl Jam, probablemente Even Flow. Cuando termina pienso “¿quien dijo que yo quería ser pastelera y tener que trabajar mañana?”

Sábado. Salir del trabajo, pasar a buscar algunas de mis cosas de la casa de “mi ex chico”. Pretender que no me afecta. Que a cinco pasos de la puerta de mi edificio, muy cargada, y dejando que todos los autos de la avenida parados por el semáforo vean cómo una chica (‘cause I´m just a girl, so pretty and petite, so why won’t you leave me alone?) se las arregla sola con tantas bolsas, se me desfonde una y se destrocen las 3 botellas de agua con gas que me había traído del laburo, vidrios por todos lados. Que un chico me alcance el secador de pelo que quedó a un metro y medio. Tratar de juntar los vidrios y cortarme. Bajar a los diez minutos, a lo abuela para barrer la vereda.

Domingo. Decidir caminar, no tomar el colectivo (está lindo). Ir por la calle con un ramo de rosas y un aire de “diva-no-me-importa-nada”. Mirándome en las vidrieras para comprobar que sí, este pantalón me queda bien. Sentirme una chica de película, aunque nunca haya tenido sentido para mí que las flores cortadas sean un regalo (“prefiero una planta de verdad, viva, aunque sea un yuyito de la esquina”). Darme cuenta de que esa frase se alejó un poco de mí.
Que una señora me pare para preguntarme dónde conseguí las flores, tan lindas. Que otra mujer me diga, mientras compro damascos en el supermercado chino, que mis flores son muy lindas.
Que se me vaya todo ese glamour a la mierda cuando una cajera me dice “señora, por acá”.

Pasearme por mi casa en mi conjunto de culotte y tank top con estampado de cebra (impunemente).

Realizar una limpieza en cadena –duración: toda la tarde- en el mismo conjunto, pensando en el merecido premio que va a ser el vaso de esa cerveza fría que compré en el mercadito.

Que no baste con los damascos, y bajar a comprar cuatro sanguchitos de miga, y otra cerveza (por las dudas).

Cada vez soy más Bridget Jones.
¿Y la actitud cuándo llega?

domingo, noviembre 20

Encontrada en la valija negra

Selenion

Es una noche
en la que el óxido de las flores
es absorbido por cada uno de mis poros,
que sólo logran escuchar
el grito eterno de las almas que recitan su callosa esencia.
Ellas sólo esperan que llegue el amancecer
para salir corriendo
hacia un hato de preces,
la marea de sangre huérfana que puebla el planeta.
Y yo camino por su música,
que mensura en el abismo
los engranajes de las lágrimas
que los amanerados cuervos de la nostalgia
desplegaron sobre la hierba.
Descubro mi semblante reflejado
en cada escalofrío de esta noche agonizante,
y sólo espero
que el rocío me cubra cuando acabe.


Ceci. 26/9/98

martes, noviembre 15

Puchereando en el colectivo

Escalofríos por todo el cuerpo.
Sentada en uno de los asientos individuales de la parte izquierda del colectivo.
Escuchando música muy significativa en este momento. Música que me hunde un poco el pecho, pero que me hace llenarlo de aire en cada lento y profundo respirar.

Escalofríos por todo el cuerpo.
Cuando miro por la ventanilla y veo una paloma semimuerta, o muerta. Parece más chica de lo normal, y más oscura (no es un zorzal). Pienso patéticamente que tal vez es “la luz de la muerte sobre ella”.
Ver eso normalmente no me afectaría mucho. Pero también veo otras dos palomas tratando -frenética e inútilmente- de moverla, de subirla al cordón, de levantar vuelo aferrándose a ella. Desesperadas.
Mientras, sobre la vereda hay otras diez que comen, “pavoneándose” sin inmutarse.

Escalofríos en todo el cuerpo, especialmente en la pierna derecha (¿por qué?).
Lágrimas en los ojos.

Y me digo: “música de mierda”.

martes, noviembre 8

Colgada

Escena uno: un día de agosto, en la facu, en la fotocopiadora del centro de estudiantes.

Yo: Los horarios los tengo que pagar?
Cobrador de la fotocopiadora: No, sólo los programas. Sos ingresante?
Yo: No, colgada nomás.
Cobrador: Jajajajajajaja, nunca me hubiera esperado esa respuesta, me hiciste reír, eh.
Y siguió sonriendo y moviendo la cabeza hacia los lados a lo Stevie Wonder, mientras yo me alejaba. Podría no haberme cobrado nada, de onda.


Escena dos: un día de septiembre, en un Video Club.

Hombre uno del mostrador: Te acordás tu numerito?
Yo: No, me acuerdo mi apellido.
(Al darme cuenta de la boludez que dije, río bajito).
Hombre dos del mostrador: Eso es por él, no?
Hombre uno del mostrador: Sí, al principio decíamos así a veces.
Yo: Ah… cierto, sí, vos me preguntaste eso la primera vez que vine. Pero no fue por eso, fue de colgada (sin saber dónde meterme).
Hombre dos del mostrador: No, ya está, recibimos el mensaje.

La historia termina riendo los tres, yo colorada, y ellos sin cobrarme una deuda que tenía. Ellos sí tienen onda.