miércoles, agosto 27

Septiembre


Una noche de septiembre terminé de leer de un saque un libro sobre parto humanizado, que avaló todo lo que mi instinto me venía diciendo, y decidí que quería considerar tener un parto en casa. Un rato después, cuando mi pareja se levantó para ir al trabajo, le dije "Pablo, en realidad no quiero usar la obra social, me parece que quiero un parto en casa, pero después lo hablamos bien". Y me dijo que estaba bien.
Antes de quedar embarazada quería toda la tecnología posible, así que nos metimos en la “mejor” prepaga para maternidad. Estaba entusiasmada porque me iban a dar pantuflitas en la clínica y una afeitadora a mi marido. Al pasar los meses, a medida que mi panza crecía también crecía mi conexión con la naturalidad del embarazo, el parto y el nacimiento, y mi instinto me decía que las cosas no iban a salir como lo había sentido toda mi vida si seguía el camino que estaba tomando. Pero no tenía las herramientas para pensar otro camino. Al leer ese libro, se me presentaron muchas variantes, y vi que no era tan hippie, descocado, ni necesitaba tanta preparación el tenerlo en casa o buscar un parto más natural. Me acuerdo de haberle dicho a mi mamá, con una panza de cinco meses: "estaría bueno tenerlo en casa, pero ya es tarde, eso necesita mucha preparación".

Yo quería que no me metan ninguna sustancia; yo quería que no me corten; yo quería que me esperen lo que me tengan que esperar; que me dejen libre; que lo dejen a Pablo libre; que no nos asusten; que no nos manipulen para amoldarnos a su comodidad; que no me separen, en lo posible, del bebé; que no le hagan cosas innecesarias al bebé. Yo sabía –y siempre supe- que iba a estar todo bien en mi parto, pero que no sólo dependía de mí, de Pablo y del bebé sino también de la gente con la que eligiéramos hacerlo.
Al hacerse más presentes esas inquietudes, cuando el libro avaló lo que me venía diciendo mi instinto, tanteé la posibilidad de lograr un parto totalmente natural dentro de la prepaga. Decidí hablar del tema con mi obstetra (al que había elegido luego de pasar por otros tres que no me convencieron al principio del embarazo), que era divino pero me dijo cosas como "es una estupidez no darte la epidural", "si te duele una muela ¿que hacés?, ¿te ponés anestesia o dejás que se pudra?", "está bien, no te pongo oxitocina, pero si el parto no avanza en dos horas vas a cesárea", "es muy raro que una primeriza se salve de la episiotomía", "vos vas a tener suero desde el principio y el feto va a estar constantemente monitoreado y si cambian los latidos vas a cesárea". De esa charla me fui mal pero al mismo tiempo más aliviada, porque al menos él fue sincero y yo ya sabía lo que me esperaba si seguía con él.
A raíz de esa conversación empecé a averiguar en mi amiga internet (donde aprendo a tejer, a cocinar, busco direcciones, teléfonos, y muchas otras cosas que la hacen muy necesaria en mis días), y encontré varios grupos de profesionales que asisten y asesoran la clase de embarazo, parto y crianza que yo quería lograr y que iba con lo que queríamos Pablo y yo. Leí otro libro y varias notas, mientras le iba contando a Pablo y pasándole lecturas.

Lo que fui aprendiendo, que se confirmaba mientras más mujeres y hombres me contaban sobre sus experiencias en establecimientos tanto privados como públicos, es que se genera una reacción en cadena por un intento de los profesionales de la salud de controlar el parto, que casi siempre termina en cesárea o en un acontecimiento no del todo agradable, donde los protagonistas son los médicos y asistentes y la mujer es un objeto –y uno enfermo. El marido/papá directamente casi no figura. Tienen todo armado para ser fábricas de bebés y todo dispuesto para la comodidad de los médicos, con respecto a tiempos, condiciones y procedimientos. Se trata al parto como una enfermedad cuando no lo es. Y se contradicen cosas que no solo son obvias por sentido común sino que -por ejemplo- están recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (y se hacen rutinariamente cosas que están altamente contraindicadas por la OMS).

Me di cuenta de que en las clínicas privadas es inusual un parto sin anestesia peridural. Hasta les parece muy raro que alguien les diga que no la quiere. Raro y estúpido, y no sólo a los médicos, sino a la gente de esta ciudad en general. Pero esa anestesia no es inofensiva, tanto física como emocionalmente. Parece que "anula" la hipófisis, y no se segrega más oxitocina natural (que es una hormona que se libera en el parto o cuando se amamanta, y parece que también en el orgasmo y cuando estamos enamorados), que conduce las contracciones. Entonces, se pasa a la segunda instancia, que es poner un goteo de oxitocina (que no es oxitocina, en realidad), lo cual hace las contracciones más violentas y seguidas, así logrando lo que quieren: obtener un parto en menos de dos horas. Pero en la mayoría de los casos hay que ir a cesárea porque las contracciones al no ser naturales causan sufrimiento fetal, entre otras cosas. La mamá naturalmente genera contracciones que tanto ella como el bebé pueden soportar: pero si hacen todo así, arruinan irreversiblemente el proceso. Además el dolor en el parto es, entre otras cosas, lo que ayuda a despertar el instinto animal que hace que se pueda vivir de la mejor forma -y sobrellevar- semejante labor, sin dejar lugar a que la mente aporte miedos, angustias, distracciones, preocupaciones, enojos, ideas, que sólo traban el proceso. Y es lo que enfatiza las ganas de pujar: porque muchas veces pujando se lo alivia.
El índice de cesáreas en Capital Federal es de un 50% a 60% en hospitales públicos y un 80% a 90% en clínicas privadas, cuando debería ser un 10% de todos los partos. Increíble. Y ni hablar de la episiotomía: obviamente como los tejidos no tuvieron el tiempo necesario, no están listos para que salga la cabeza del bebé. Así que, si después de todo eso, se logra un parto por vía baja, seguramente va con episiotomía -que la hacen de rutina, obviamente. La OMS recomienda que es mejor un desgarro del tipo o nivel uno o dos que una episiotomía, porque la episiotomía es cortar directamente todo, incluido el músculo. Frente a un inminente desgarro de grado tres, es bueno un corte. Pero si no: no. Pero no hay con qué darle, la hacen mucho antes de que corone el bebé.

También averiguamos lo que le podían hacer al bebé como rutina innecesaria:
- Cortar el cordón en seguida, cuando es mejor que quede hasta que deje de latir, ya que la placenta le manda todo "lo bueno" (hierro, etc.) al ver que el bebé salió, y es muy beneficioso para el primer tiempo. Además lo obligan a introducirse en el medio aéreo de golpe, cuando podría estar tosiendo, eliminando secreciones, y recibiendo oxígeno por el cordón hasta estar listo para usar sus pulmoncitos.
- Separarlo de la mamá, aunque es lo primero que necesita y a lo que está acostumbrado.
- Meterle sondas -una gástrica y otra anal- cuando no es necesario hacerlo de rutina y es totalmente invasivo y violento para el pobre bebé. Se pueden controlar las obstrucciones en una primera instancia de otras formas no tan agresivas, con un estetoscopio y observando al bebé.
- Pesarlo, bañarlo, manipularlo, pincharlo, ponerle un líquido en los ojos, en vez de dejarlo con la mamá y la teta (y el papá) que es lo mejor que puede pasarle y lo que necesita.
- Si pesa aunque sea apenas menos de 3 Kg., va a incubadora por un par de días en observación, cuando, de nuevo, la mejor incubadora en este caso (que no es que peligra realmente su salud) es la mamá.
A veces hasta le dan leche de fórmula y suero, sin siquiera preguntar. Y las vacunas, que son un tema aparte.
La posibilidad de que le hicieran algunas de estas cosas nos angustiaba. Y las cosas que podrían llegar a hacerle fuera de la rutina normal -presentada alguna mínima eventualidad-, ni nos queríamos imaginar. No confiábamos en la forma en que eran tratados los recién nacidos sanos por el sistema médico.

Entonces el panorama era que en los partos normalmente se hacía una reacción en cadena de procesos que no necesitaban ser rutinarios, que empezaban con un suero y la inmovilidad de la madre en posición acostada y el monitoreo fetal constante con un cinturón (lo que impide que el parto avance bien y las cosas circulen como deben), al ir todo lento siguiendo con un goteo de oxitocina y/o rompimiento de bolsa, que iba de la mano con la peridural, y ahí o terminaba en cesárea, en la mayoría de los casos, o si no en parto vaginal pero con episiotomía y un bebé sometido a un proceso violento por demás (con contracciones tan duras y brutas, no naturales), y al que le esperaba todavía más con las rutinas que le harían a él.

Eso es lo usual, y a veces también se apura a la embarazada y le despegan la membrana, le ponen prostaglandina en algún tacto de las últimas semanas -sin siquiera decirle, ya que piensan que deben inducir el parto (se lo hicieron a una amiga y a una conocida, y parece que es común)-, o la fuerzan a inducir el parto artificialmente por una cuestión de fechas o a cesárea apurándola o con pretextos como que existe circular de cordón (la realidad es que el bebé se enrosca y desenrosca constantemente).

La mayoría de los procedimientos médicos antes mencionados son realmente útiles y extraordinarios cuando son necesarios. Debemos agradecer que existan y que haya profesionales entrenados para hacerlos. Pero usarlos metodológicamente en partos sin patologías es tratar de dominar lo indomable. Es intervenir artificialmente en uno de los actos más primitivos del ser humano. Es tratar de prever, planear, determinar y estructurar los partos en un molde cuando cada parto es diferente, así como es diferente cada vez que se hace el amor.

Leí en algún lado que en un embarazo de bajo riesgo es menos factible que pase algo si el parto transcurre en la casa, ya que –entre otros factores, como que la mujer se siente más cómoda con sus cosas, sus olores y en un lugar propio e íntimo- en clínicas y hospitales, al intervenir el hombre en algo totalmente fisiológico y natural, hay más tendencia a alterar el proceso y que éste se complique. Lo ideal sería que los partos sean en los hogares o en casas de partos o instituciones específicamente aptas para eso, y que los hospitales y clínicas estén preparados para recibir a la madre y al bebé si hace falta, con el equipo que los acompaña (parteras, idealmente), suministrando todo lo que sea necesario (transporte, profesionales, insumos, tecnología e instrumental médico).

Recuerdo que en una clase de gimnasia para embarazadas (a la que fui una sola vez), la profesora al leer mi ficha mencionó mi interés en tener un parto en casa, y todas me miraron, absorbiendo con sus bocas abiertas de asombro todo el aire del salón. Una de las panzonas me dijo: "pero... ¿no te da miedo? a mi me daría miedo no tenerlo en una clínica", y yo le contesté: "a mí me da más miedo todo lo que me harían en el hospital". Automáticamente me arrepentí un poco, porque tal vez las asusté. Quizás esa noche no durmió la pobre chica. Pero que se jodan, me daba bronca porque estaban todas asustadísimas y totalmente desinformadas. No sabían nada de lo que pasaba en un parto, especialmente fisiológicamente. Si algo te asusta: ¡informate! ¡averiguá! Hasta le preguntaron a la profesora, en la charla que tomaba lugar después de la clase, qué era la peridural. Ellas se entregaban a las manos de los médicos, parteras, anestesistas, enfermeras, neonatólogos y pediatras como vacas temerosas al matadero. Ellas colaboraban con el sistema de "fábrica de bebés" siendo sólo envases. Es cruel mi forma de decirlo, y no es taaan así. Pero me sacaban.


A raíz de ir aprendiendo todo esto me contacté con tres de las personas o agrupaciones de personas que pugnan por un parto fisiológico y natural, dos de ellos autores de los libros que mencioné. Fuimos con Pablo a tres charlas distintas en distintos barrios de esta ciudad, donde escuchamos testimonios, hicimos y escuchamos muchas preguntas y sus respuestas, miramos videos, y conocimos a las personas que podrían acompañarnos en ese camino que todavía no habíamos decidido del todo tomar. Luego fuimos a tres consultas, una por cada charla: la primera con un médico y las otras dos con parteras.
Nos dimos cuenta de que es casi imposible "pelear" al sistema desde adentro, y que no es lo mejor que el parto sea una lucha con la institución. Si se quiere un cambio es bueno movilizarse pero desde otros lados. Es demasiado valioso un parto/nacimiento como para arriesgarse así, casi ingenuamente, pensando que por imponernos, plantarnos con fuerza, por nuestros gritos o por llevar un documento que muestra las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, los hospitales y clínicas van a cambiar sus métodos y su organización. Además hay muchísimos profesionales que lo hacen de buena fe, porque realmente piensan que es lo mejor, porque les enseñaron así.

Un mes después de la noche en que leí el libro ya prácticamente decidíamos cómo encarar un parto en casa. No sólo por esto de que queríamos evitar al sistema tan equivocado y hasta a veces perverso, sino porque también aprendimos que el parto/nacimiento es algo natural y parte de la vida familiar y de la intimidad de la pareja, y que es muy hermoso si puede suceder de la misma forma que empezó: en la intimidad de nuestra casa, y de una forma tan hermosa y amorosa. Que no hay que verlo como una enfermedad, sino como algo con una connotación sexual, muy especial e íntimo y familiar; con cierto riesgo, sí, por lo que hay que tomar recaudos, pero que lo ideal era que suceda en casa naturalmente, dado que las instituciones no estaban preparadas para hacer las cosas bien.

Entonces, mientras terminábamos de decidir cuál de las dos parteras iba a acompañarnos, saqué turno con tres obstetras más de mi prepaga, que me habían recomendado como "los más potables de la cartilla". Quería tener alternativas dentro de la prepaga, por las dudas, con una orientación similar a la nuestra. El primero me dijo casi lo mismo que mi ex-obstetra, y que sería imposible encontrar lo que quería en este sistema. Que deje de buscar y me amolde al mismo. Que si él hiciese los partos como los quiero yo, no podría hacer los X partos que hacía al mes (1: él no hace los partos. 2: adaptan a las parturientas a sus comodidades o a sus billeteras y encima te lo dicen en la cara).
El segundo me dijo que no iba a estar para mi fecha probable de parto pero que estaba de acuerdo con que el parto sea lo más natural posible dentro de lo que la situación y la clínica permitan. Que era complicado, y que me comunique con grupos que hacen partos en casa, porque era lo que más iba conmigo. Le dije que ya había ido a algunas charlas, y le pedí que me diga, como médico, si realmente funciona la teoría del "plan B" para emergencias. Si se puede llegar a la clínica al haber una complicación en el parto en casa. Me dijo que las patologías se ven venir, y dan tiempo a llegar.
La tercera tenía un enfoque mucho más como el nuestro, aunque sentí que llegado el caso tendería aunque sea levemente hacia la búsqueda de la patología y la intervención quizás innecesaria. Nos quedamos con ella como mejor opción dentro de la prepaga, para seguir teniendo estudios y medicamentos "gratis" y por las dudas.

A todo esto ya habíamos elegido quiénes nos iban a acompañar e íbamos a reuniones de preparto y controles con ellas. Aprendí de a poco a escuchar a mi cuerpo, a desactivar mi mente cuando es necesario, a divertirme, a soltar, a sentir más, a confiar, a traspasar obstáculos o al menos intentarlo con todo mi ser, a sentir mi poder. Con Pablo fuimos acercándonos a conocer lo que pasa fisiológicamente, emocionalmente y a nivel de pareja en el parto y posparto, y nos íbamos preparando para el gran acontecimiento.

Como casi entrando al octavo mes se me complicaba barajar el doble control del embarazo (el de las parteras y el "fingido" con la obstetra para mantenerme como paciente), y la obstetra empezaba a querer intervenir (quiso hacerme un tacto innecesario), mi partera nos recomendó que directamente tengamos al bebé en casa con ella y una obstetra con la que ella trabajaba, en vez de con ella y otra partera. Y si pasaba algo íbamos a la clínica con esta médica. La conocimos y decidimos que eso nos cerraba más. Hice muchas averiguaciones y trámites en la prepaga, ya que teníamos un plan cerrado, y logré que llegado el caso la dejen pasar a ella y nos cubran la internación y el anestesista en una clínica a doce cuadras de casa.

Después de mucho trabajo, de mucho aprender, de mucha introspección, mucho observar y averiguar ya había tomado forma nuestro plan de embarazo/parto/nacimiento/primera crianza.
No sólo lo emocional nos hizo llegar a esa decisión, sino también lo lógico. No teníamos duda de que estábamos haciendo lo correcto y estábamos felices de haber llegado a ese camino. Sentíamos que estábamos haciendo las cosas bien –pasara lo que pasara-, y que le dábamos lo mejor a Casiel, y a nosotros mismos.

¿Quién sabe? Así como ese libro me ayudó a hacer el clic de "se puede", tal vez este escrito que da cuenta de ese recorrido tan importante en nuestras vidas que hicimos con mucho trabajo le llegue a alguna persona (si es que alguien llega hasta acá abajo), la movilice aunque sea mínimamente y la ayude en la creación de su recorrido personal.



Links:
www.parirconparteras.com.ar
www.tierradepartos.com.ar
www.nacimientoenfamilia.com.arwww.dandoaluz.net
www.partos.com.ar
www.partolibre.com.ar
www.partohumanizado.com.ar
www.doulasdeargentina.com.arwww.elpartoesnuestro.es
www.relacahupan.org
www.crianzanatural.comwww.busquedapermanente.blogspot.com
www.parterianatural.com.ar
www.doulaamorosamente.blogspot.com
www.soniacavia.com.ar

Recomendaciones de la OMS sobre el parto y el nacimiento

Callate y Pujá, un corto (un poco fuerte, aviso).

martes, agosto 19

Agosto

Una noche de agosto estaba con tres amigos en una carpa en el bosque, y sentimos unos ruidos extrañísimos. Habíamos ido de campamento al primer morro, que nace detrás de la casa de mi papá, en el cerro Piltriquitrón. Osito, Mary, R (que años después fue mi novio) y yo habíamos caminado media hora desde la última calle que hay antes del bosque cada vez más puro de montaña, hasta encontrar un lugar con arroyito, vista del pueblo -que en esa época a la noche se veía como una guitarra eléctrica, cuyo diapasón eran las luces de la avenida principal- y hasta una tímida cascada. Habiendo acampado en un pequeño claro al lado del arroyo, y ya listos para dormir, sentimos a lo lejos un sonido como de golpes secos. Yo los tranquilicé diciendo que estábamos cerca de Villa Turismo y podía ser que por algún misterioso fenómeno acústico escuchemos a alguien trabajando en su casa, pero no me convencía mi explicación, especialmente porque era alrededor de la una de la madrugada. El ruido se fue acercando, y nosotros parecíamos concursantes arrojando frenéticamente posibles explicaciones, el ganador siendo el que nos convencía y por ende tranquilizaba a todos. Nada parecía suficientemente razonable, y lo sabíamos. Lo que elegimos para tratar de superar ese miedo y pasar la noche fue: hay una rama en el arroyo que golpea un tronco. Pero los ruidos eran demasiado regulares en su irregularidad.
Yo había elegido un lugar estratégico: entre Mary y R. Creo que a nadie le gusta estar contra las paredes de la carpa (lo único que divide el sueño tranquilo del insondable mundo del bosque oscuro es una tela), así que nosotras mandamos a los varones a los costados.
El ruido de la rama seguía y, para desgracia nuestra, confirmamos que lo que estaba pasando no se trataba de algo explicable dentro de la normalidad de un bosque cuando empezó a sonar una campanita. El tintineo se fue acercando hacia el frente de nuestra carpa, mientras que el golpe seco seguía su ritmo escalofriante ahora más lejos y a nuestra derecha.
La teoría que ganó en este nuevo concurso fue que había alguna manada de ganado, y que la campanita estaba en el cuello de alguno de los animales. Yo ahí empecé a contarles de Mariposa, la vaca de mi vecina.
Pero, ¿y los palazos? pregunté.
Y... el ganado no creo. La rama en el arroyo.
La vaca y la rama no nos convencían pero tratábamos -quietos- de dormir cuando sentimos a nuestra izquierda una ramita quebrarse a menos de dos metros de la carpa, con ese crujido que hace una varilla de madera seca cuando alguien la pisa. Punto cúlmine de miedo, con reacciones diversas: Osito dijo "pasame el .45", y daba más risa que miedo. Mary estaba petrificada; parecía una momia, callada y quieta en su bolsa de dormir. R estaba en shock nervioso, prácticamente llorando. Yo abrí el cierre de la carpa, salí, y grité "¿¡quién mierda está ahí afuera!?". Ahí sentí algo que me tiraba del pullover hacia adentro de la carpa: era R, al mismo tiempo que me gritaba en un susurro "¡NO! ¿estás loca?".

No sentimos más ruidos, pero tardamos bastante en dormirnos. A la mañana siguiente Osito usó sus conocimientos de boy scout y se puso a examinar los alrededores de la carpa. No vimos pisadas ajenas; sí había huellas y caquitas de oveja. En mi opinión no eran frescas, pero le adjudicaron al animal el susto de la noche anterior. Ella había pisado la ramita, y tenía una campanita en el cuello. A mí me parecía que lo que habíamos escuchado tenía un tinte demasiado humano (o ex-humano) como para que haya sido la ovejita y una rama trabada en el arroyo. Fue una de las veces que más me asusté en mi vida.
Ese día bajamos, y le contamos a todo el mundo. Era difícil explicar el miedo que habíamos sentido, y todavía no había salido El proyecto Blair Witch como para comparar.

Ese año terminé la secundaria, me fui a vivir a Estados Unidos y, después de un par de años, en una de mis visitas a El Bolsón, mi hermano me confesó que había sido él.
Mi hermano, mi-ex-novio-que-terminó-siendo-su-amigo, y otro compañero mío habían subido a oscuras (como la casa de mi papá está sobre esa última calle de la Villa, el morro es como nuestro patio gigante en forma de cerro) con un hacha y una campana a cuestas, y se habían dividido para asustarnos. Mi compañero hachaba un tronco bastante lejos hacia el norte, mi hermano esperó un ratito y empezó con la campanita unos metros hacia el oeste, y mi ex novio se había ido acercando hasta llegar muy cerca de la carpa para escuchar nuestras reacciones. Quedó impresionado con la mía (ya dije en un post anterior que le gustaban mis ovarios loquitos), y se reía mucho de Osito y de R. Bueno, muchos lo hicimos después de esa noche.
Los tres macabros, en vez de usar un palo, subieron con un hacha para hacer ruidos más asesinos. ¡Y la campanita! Hay que ser guachos...
Dice mi ex novio de la secundaria que estuvo parado muy cerca mío cuando salí de la carpa. ¡Qué miedo! Me llegaba a tocar y me moría de un infarto.
Cuando mi hermano me contó que había sido él, lo primero que le dije fue, con los ojos aún bien abiertos de asombro y una sonrisa gigante:
Gracias. Estuvo buenísimo.

viernes, agosto 15

Julio

Una noche de julio estaba recién acostada en mi cama, en la oscuridad del cuarto que compartía con mis hermanos. Esa habitación de ciprés que tenía una salamandra. Mis papás se habían separado hacía poco, así que estábamos sensibles. Esa noche nos habíamos quedado Santi y yo en lo que en ese momento era lo de mi papá. Procedimos a saludarnos, cada uno desde su cama, y mi papá desde la habitación de al lado:

Padre: Hasta mañana, chicos
Ceci: Hasta mañana, pá.
Santi: Que sueñes con los angelitos, papi.
Padre: Que sueñes con los angelitos, Santi.
Santi: Que sueñes con los angelitos, Ceci.
Ceci: Que sueñes con los angelitos, Santi.
(y eso que no éramos creyentes)

Yo ahí me puse a pensar que nunca le había dicho a mi hermano que lo quería. Nos matábamos bastante, y además mi familia no era muy demostrativa.
Entonces, estuve como dos minutos intentándolo. ¡No podía decirlo! Cuando estaba a punto de pronunciar la primera sílaba (las otras dos vendrían naturalmente después) se apoderaba de mí una especie de pudor petrificante. Una y otra vez. Hasta que al final tomé coraje -como cuando, a la orilla del lago, empiezo a caminar decidida y me sumerjo de pronto en el agua helada-, y le dije "te quiero".
Y él me dijo "yo también". Me dio mucho amor ese diálogo. Y me imaginaba a mi papá, emocionado, del otro lado de la pared machimbrada. Dormí especialmente bien esa noche. No era como meterme en el lago helado; sentía una calidez única, muy reconfortante.

miércoles, agosto 13

Junio

Una noche de junio el chico con el que salía y yo tratábamos de romper el vidrio de su auto en las calles de Washington DC. Habíamos ido a un bar, y cuando volvíamos él (en posts muuuy viejos me refiero a él como "el chico K", porque se llamaba Kari) se dio cuenta de que no tenía las llaves. No volvimos al bar porque recreó sus pasos y suponía haberlas dejado adentro del auto. Así fue. Peor fue la vez que directamente se olvidó en qué estacionamiento pago había dejado el auto en una ciudad extraña. No daba recorrer todos los estacionamientos de la ciudad. Por suerte este chico decía que tenía mucha capacidad cerebral para cosas raras, y se acordó después de un rato. Kari era mitad estadounidense y mitad finlandés, y se consideraba inteligentísimo, un prodigio; decía que su psicoanalista (al que lo había mandado el padre, que trabajaba en la CIA pero yo no podía decir nada) le cobraba baratísimo porque enriquecía mucho su conocimiento de la mente humana con él.
Al ver las llaves adentro del auto, no sabía qué hacer. Se lo acababa de comprar, era un Saturn azul metalizado. Empezó a decir que le iba salir más que alguien venga a abrirlo que comprar el vidrio nuevo (ya dije, era un genio). Entonces, decidimos romper el vidrio. Siempre había querido darle una buena patada a un vidrio de auto, así que lo hice, con todas las ganas. Pobre, mi pie.
Él también le pegó de varias formas, pero nada. Entonces agarramos unos bloques de cemento que había cerca, y lo golpeamos con eso. El más grande tuvimos que arrojarlo entre los dos sobre el vidrio, y sólo hizo unos rasguños.
Yo era muy temperamental (creo que se aprecia en mis ganas de romper un vidrio de una patada) y estaba medio borracha, así que me hice la ofendida con él por pelotudo y me fui caminando. Estaba acostumbrada a que al hacer eso me sigan, así que más bronca me dio todavía cuando Kari seguía mirando pensativamente el interior del Saturn, probablemente recreando en su mente el cuento de Alí Babá. Yanquis fríos de mierda, pensé, embroncada especialmente porque era más sano que yo (quería histeria, quería que me psicopatee un poquito). Por supuesto que a las dos cuadras di media vuelta y me volví. Cuando pasé por donde estaba el auto, había un patrullero y dos policías, que estaban hablando con Kari. Me hice la boluda y seguí caminando, pero uno de ellos me llamó. Yo sonreí pícara, como si mi abuela me hubiera descubierto robando caramelos de arriba del piano, y me arrimé a la charla.
Dijeron que los habían llamado anónimamente por vandalismo o robo, y no podían creer la decisión que habíamos tomado. Le preguntaron el número de patente sin que la vea y algunas cosas más -como cuánto habíamos tomado-, y después de un rato abrieron la puerta (no lo hicieron en seguida para sermonearnos cuando todavía tenían el poder total de nuestro futuro inmediato). Tardaron un segundo, con un listoncito flexible rojo. Y eso más bronca nos dio.
Después nos dieron un último sermón, y unos folletos. Eran cuatro páginas en blanco y negro de historietas en español con mensajes anti-crimen, anti-drogas, y pro-dios. Palabras clave: historietas, y español. ¿No será mucho?
Lo que más me molestó es que las marquitas quedaron en "mi" vidrio y nunca pude ver bien el paisaje.
A mí me divirtió mucho todo, de todas formas.
Supongo que a él esas marquitas le recordaban todos los días su mal criterio. Me pregunto si seguirá siendo el mismo

(boludo).

lunes, agosto 11

Mayo

Una noche de mayo hubo una fiesta en El Hoyo debido a que había volcado un camión chileno. Yo tenía una amiga que iba al colegio en ese pueblo, por lo que a veces me juntaba con ella y su nuevo grupo de amigos. Esta vez nos invitaron a una fiesta, cuyo único motivo fue una cantidad titánica de bebida gratis. Había volcado un camión chileno cargado de cerveza (no recuerdo la marca; creo que las latas eran grises) y, como no podían venderlas así, dejaron que la población las junte de la orilla de la ruta. Me contaron que lo más gracioso fue ver al patrullero llevarse los barriles más grandes. Uno de los compañeros de mi amiga tenía una Ford F100, que cargó de latitas y barrilitos apenas abollados. Había que consumirla pronto, así que improvisaron una fiesta. Estos chicos deberían tener contactos, porque al llegar me di cuenta de que era en alguna especie de pequeño complejo deportivo, con canchitas rodeándolo y todo. La fiesta, como han de imaginarse, fue bastante descontrolada, y en un momento con mi amiga atacamos los estantes del salón. Esa noche me di el gusto de tomar cerveza en un trofeo plateado con dos manijas a los costados cual reina egipcia, saboreando la cerveza como si fuera el elixir de algún grial sagrado.

jueves, agosto 7

Abril

Una noche de abril sentí la primera señal de que algo me pasaba con Pablo, pese a que no era un chico en el que me fijaría normalmente. Al contrario, reunía bastantes cualidades que no me gustaban en la primera (bueno, y segunda y tercera) impresión. Nos conocimos en una circunstancia muy particular: una gran y hermosa amiga de los dos falleció (palabra de mierda). Nunca lo comenté acá porque me sentía ensuciándolo (o ensuciándola, que es aún peor), o sentí que no correspondía. No es algo que me guste contar como una curiosidad, el haber conocido a Pablo en su funeral. Por otro lado, siento que es muy, pero muy especial el hecho de que haya sido así. Leer posts de acá. Celeste fue amiga mía desde siempre. En un momento hubo un distanciamiento (no de cariño, éste siempre fue incondicional), porque yo era adolescente y estaba en otra. Después hubo un acercamiento, dentro de lo que permitieron las distancias físicas. Me fui del pueblo a los 18; ella tenía 14 recién cumplidos, y es por esa época cuando conoció a Pablo. Y se hicieron muy, pero muy amigos. Porque son gente que brilla, como en los scones.
Y así fue que con Pablo nos vimos obligados a compartir algunos momentos, y comenzamos a sentir una fuerza abrumadora que nos unía (pero no nos asustaba), y a ir encontrando señales y coincidencias y muchos caminos cruzados en nuestro pasado, al mismo tiempo que sentíamos de alguna forma el comienzo de su entrelazamiento hacia el futuro.
Esa noche lo había conocido hacía unas horas, y estábamos en el auto de mi mamá -ella al volante, dos hermanos míos, Pablo y yo-, volviendo de la casa de la mamá de Cele por la ruta. Él estaba adelante y conversaba con mi mamá (nunca me voy a olvidar su grito a todo pulmón: "¡LOMO DE BURROOOOO!", cuando mi mamá casi incrusta el chasis del Senda en uno), cuando dijo, así al pasar, que tenía novia.
Pablo: "estoy haciendo unos trabajos en la chacra de mi novia...";
Yo: (puta, tiene novia. ¿EEEH? ¡cualquiera! ¿qué me importa a mí? dejá de pensar boludeces).
Y esa fue la primera vez que mis actos o pensamientos indicaban que sentía algo por él, pero yo no lo sabía. Hubo más, como darle un beso especial en el cachete al día siguiente al bajar de su auto (mi cuerpo sabía pero yo no), y que mi hermano me pregunte, tal vez celoso "¿ahora te gusta él?" (mi hermano sabía pero yo no), o que me obsesione al ver Los hermanos Grimm pensando que era igual a Heath Ledger (mi imaginación sabía pero yo no), y decirlo varias veces (mi hermana, que la veía conmigo, sabía pero yo no), o dejar plantado a E (que era un chico con el que había habido onda, vecinito de puesto en la feria), con el mate en la mano, para tomar mates con Pablo (E sabía pero yo no), o cortarle el rostro del todo a D, que resultó ser amigo de Pablo (bueno, D no sabía).
Ah, la novia dejó de serlo antes de que pase algo. (¿Importa si es horas antes?). Y el amigo dejó de serlo después.

miércoles, agosto 6

Marzo

Una noche de marzo fui con un grupo de nuevos amigos de mi curso, mi hermana y una amiga al Lago Puelo, tomamos bastante, y estuve nadando en ropa interior. Al principio de la noche, mi mejor amigo de la secundaria (que en ese momento no lo era), se me declaró con un jeep en el medio. Estábamos uno en cada puerta, yo buscaba algo. Le propuse ser amigos, cosa que fuimos por cinco años, para después convertirnos en novios por otros casi cinco años (él es "mi chico" de posts viejísimos). A mí me gustaba uno de los otros tres, al que esa noche encontré en una actitud sospechosa en la oscuridad del bosque, con la amiga de mi hermana (también era mi amiga en ese momento. O... hasta ese momento). Estaban sentaditos entre los árboles charlando muy cerquita. Yo los vi, me di media vuelta y me fui. Ahí los dos empezaron a gritarme "Ceci, pará...!". El tema es que era sabido que ese chico y yo teníamos onda. Entonces ya era como cagarme, la misma noche en que se suponía íbamos a tener un acercamiento. Ahí no iba a decirles nada, que se hagan cargo de sus actos, yo lo tomaba como era: si él hizo eso, listo, no es para mí y punto. Y a ella, bueno, después hablaríamos, o nunca más tal vez.
Un rato antes habíamos ido a la costa del lago estos dos chicos y yo, y nos metimos al agua en ropa interior (yo tenía justo una bombacha negra y un corpiño a cuadritos verdes que parecía de malla). Fuimos a secarnos al fogón y después, cuando quise recuperar mi ropa, no la encontrábamos entre las piedras de la orilla. Buscamos los tres un rato, hasta que uno dijo "¡una zapatilla!" y nos pusimos tan contentos que hicimos esa rondita saltando abrazados como festejando. Y así con cada prenda: "¡el pantalón!" "¡bieeeen!" y corríamos a abrazarnos saltando, como festejando un gol. Qué tarados...
Después, el chico me pidió perdón, pero no le di bola. Igual debe haber funcionado porque terminó siendo mi novio por unos meses, y, un año y medio más tarde, el chico con el que tuve mi primera vez.
La amiga de mi hermana se terminó tranzando a mi nuevo amigo. Al día siguiente empezamos a discutir en mi habitación, y la cagué a gritos. Le decía cosas como "si vos sabías que teníamos onda", o "encima te agarraste a mi amigo", no sé si no le dije "puta". Lo peculiar es que estaba el-chico-con-el-que-tenía-onda charlando con mi hermano, porque se estaba haciendo amigo de él y lo había ido a visitar. Según mi hermano, no sabía dónde meterse. En eso mi ex amiga sale a fumar un cigarrillo, y cierra la puerta con entusiasmo. Yo voy, atravieso el comedor (donde estaban mi hermano y mi futuro novio), abro la puerta, y le grito "y en mi casa no das portazos", y doy un portazo. Vuelvo a mi habitación, ignorando al chico (bah, mirándolos, pero sin cambiar la cara de orto que tenía).
Igual para mí que se enamoró todavía más de mis ovarios loquitos. Él era así. Como cuando me enteré por mi hermano que le gustó que una noche en el boliche le pegue un hombrazo al cruzar la pista en el trayecto al baño porque pensé que estaba bailando con una chica.

domingo, agosto 3

Febrero

Una noche de febrero estaba durmiendo en la casa de mis abuelos, en Ramos Mejía, y me desperté sobresaltada. Estábamos de vacaciones con mi hermano: porque éramos de El Bolsón y nos veníamos de vacaciones al calor y al smog de Buenos Aires, a la casa de mis abuelos. La pasábamos bien, porque era diferente, y por la familia (excepto esa pelea en la que me hizo no sé qué cosa tan fea y yo lo empujé como para que se caiga por las escaleras de mármol. Suerte que mi hermano era como una lagartija). Esa noche me desperté, creo que por el calor o por algún ruido de ciudad, y, al ver el cielo tan iluminado (estaba acostumbrada a que la noche sea bien -pero bien- negra y que el único ruido sea el aullido de los perros vecinos), me tapé desesperadamente al mismo tiempo que exclamaba "¡SANTI!".
Pensé que era una bomba nuclear.
Tenía 16 años. Por dios.
Santi no se despertó, pero al día siguiente cuando le conté se cagó de risa, y lo sigue haciendo de vez en cuando.
Y yo le digo "¡pero te quería salvar!".