martes, noviembre 18

Los autos en mi vida

Tuvimos, que yo me acuerde: un par de Ford Falcon, un Valiant, un Polara, un par de Renaults (4, 6 y también muy poco tiempo un 12 rural) y un par de Citroëns, o Citronetas. Siempre usados y, por no tener plata para los arreglos, atados con alambre por mi papá, que sabe de mecánica. Vivimos muchas aventuras gracias a los autos, y pasamos muchos nervios, desencuentros y malhumores debido a ellos. Era común estar en alguna vereda del camino sentaditos en el auto o abajo esperando a que mi papá lo arregle (o mi mamá, que fue aprendiendo a la fuerza), o tener que seguir caminando porque ya no andaba más. Conocíamos bastante al gomero y a los mecánicos (jugábamos con las cubiertas, o en la fosa para autos).
No sé qué cosas insólitas hacíamos con cada auto, pero sé que:

- Por momentos mis papás tenían que subir la parte más empinada del camino a casa en marcha atrás, porque no andaba la primera.

- A veces no funcionaban los limpia-parabrisas y usábamos soguitas que iban desde éstos hacia sendas ventanas delanteras para hacer manualmente el movimiento que saca el agua de lluvia.

- Muchas veces andaban sin frenos, lo que se complicaba al vivir en la ladera de una montaña. Frenaban con los cambios, mordiendo la vereda, y a veces con una combinación de disminuir el cambio y que mi mamá se baje del auto en movimiento y le tire piedras grandes bajo las ruedas.

- En un viaje se quedaron sin frenos inesperadamente camino a Bariloche, precisamente en el peligroso y temible cañadón de la mosca (trecho zigzagueante y angosto del camino, con un precipicio en un costado y un paredón montañoso del otro), y mi mamá bajó del auto en movimiento y comenzó a caminar rápidamente a su lado mientras le tiraba piedras frente a las ruedas, esta vez embarazada de 8 meses. Justo en ese momento pasó una familia que se estaba por establecer en El Bolsón, con el trailer de mudanza atrás, y vieron esa escena increíble. Frenaron, los ayudaron a sellar la pérdida de líquido de frenos, y desde ese momento ambas familias nos guardamos un cariño especial. Es el día de hoy que me ven y me recuerdan cómo conocieron a mis padres.

- Una vez mi mamá bajaba de casa sin frenos y un vecino de más abajo que casualmente andaba a pata al vernos bajar se hizo el gracioso, se paró en el medio del camino e hizo señas con los brazos. Mi mamá se desesperó y le gritaba "¡correte, pelotudo!", mientras le hacía un gesto ahuyentador con el brazo. El tipo no entendía por qué mi mamá era tan violenta y maleducada y se quedó paradito al costado del camino mirando.

- A veces, para que arranque uno de los autos, había que pegarle con un palo al burro. El palo (o barra de metal, no me acuerdo) se guardaba en el baúl. Yo ya sabía cuál era el burro (que estaba medio escondido por abajo de las demás partes, era terco y a veces no quería andar, parece), y lo golpeaba al mismo tiempo que mi papá arrancaba el auto, ya que tenía que ser simultáneo.

- En muchas ocasiones andaban sin luces e iluminaban el camino nocturno con una linterna desde la ventana del conductor (manejando con una mano) o, a veces, con mucha confianza, desde la del acompañante. No era muy agradable en invierno.

- Mi mamá, en un Renault 4 que sólo tenía los asientos delanteros, llevó a un conocido que se encontró por el camino y el asiento en el que iba el señor -al no estar amurado al piso del vehículo- cuando mi mamá aceleró un poco se reclinó brusca y totalmente hacia atrás, dejándolo con las patas para arriba. El hombre era muy alto y era psicólogo, y lo mejor de todo es que mi mamá le dijo "cuénteme lo que le pasa", como si estuvieran en una sesión con sofá.

- Una vez que fuimos con mis abuelos maternos al Lago Epuyén, que queda a 46 Km de El Bolsón, por momentos el auto se recalentaba y nos teníamos que bajar todos del vehículo -menos el conductor- para que pueda pasar las partes más empinadas del pedregoso camino.

- Un verano hicimos el viaje desde El Bolsón a Buenos Aires con un Valiant medio fundido y la máxima velocidad que podía alcanzar era 60 Km. por hora, teniendo que parar constantemente para que se enfríe. Son aproximadamente 1800 Km., así que calculen. Creo que fue el viaje más largo de mi vida. ¡Todos nos pasaban! ¡Hasta los camiones! Si no fuera porque paramos en Río Colorado a refrescarnos y me dí una panzada de helados Sin Parar, me moría.

- Tenían un Citroën al que se le zafaban las estrías del volante, y a veces cuando levantaban gente en el camino hacían como que giraba a lo loco en falso, o se quedaban con el volante en la mano, para asustarlos.

- Se había pinchado el radiador de uno de los autos-bote que tuvimos (Valiant o Polara), y había que ponerle agua a cada ratito. A veces cuando mi papá lo destapaba era como una olla a presión que se destapa de golpe todavía en el fuego. Lo hacía con un trapo en la mano, y había que estar lejos porque saltaba agua hirviendo. Él lo destapaba y se alejaba lo más rápido que podía. A veces había que buscar la tapa por los alrededores del auto, ya que no la llegaba a retener y salía disparada.

- Una vez se les había quedado el auto (se escuchaba muuuuucho en casa la frase "se quedó el auto") en una de las subidas a casa y justo estaban mis tíos abuelos. Mi mamá bajó al pueblo con los vecinos en su auto, compró dos pollos en una rotisería para cenar, y cuando subían no vio nuestro auto donde estaba antes varado. Fueron los tres a la comisaría, generaron toda una movilización, hasta involucraron a gendarmería, y cuando subieron a casa con los pollos ya fríos estaba mi papá, que les dijo que un amigo lo había ayudado a llevar el auto al mecánico. Entonces mi papá tuvo que bajar de nuevo a la policía para explicar y que dejen de buscarlo, y parece que para que no los maten alegó que mi mamá estaba medio loquita.

domingo, noviembre 16

Empanadas especiales

A mis once o doce años, después de que mis papás se separaron no sé de dónde saqué (de algun residuo machista adoptado por ahí) que era bueno que le cocine a mi papá.
Obviamente él no se quejó.
Una de las primeras veces que incursioné en el mundo de la cocina salada busqué en los libros de cocina y me convenció una receta para hacer empanadas de verdura. Compramos todos los ingredientes y, esa tarde, cuando releí la receta para prepararme mentalmente para la tarea me dí cuenta de que faltaba un ingrediente.
Quería que todo sea perfecto, entonces le conté a mi papá y le insistí hasta que accedió a bajar al pueblo. Era algo muy, muy insólito ir al pueblo sólo por la falta de un componente culinario. Había mil cosas más importantes que dejábamos de hacer o comprar para evitar el viaje y el desgaste que implicaba bajar (especialmente con los autos que solíamos tener. Muy pronto escribiré sobre ellos), así que fue grosso que haya dicho que sí. Seguramente veía mi esfuerzo o mi necesidad de que la cena salga perfecta.
Bajamos, y compré las nueces que tanto quería.
Al subir, después de cortar la cebolla, rehogarla, lavar y hervir las espinacas, le pregunté a mi papá a qué se referían exactamente con moscar la nuez. ¿Cómo? me dijo. Y miró el libro abierto sobre la mesa. No, nuez moscada es un condimento, mirá: y me mostró el paquetito de nuez moscada con el mini rallador que tenía en la alacena. Yo estaba en una etapa en la cual leía mucho pero todavía no tenía buen vocabulario, entonces estaba acostumbrada a adivinar el significado de las palabras. Supongo que leyendo una novela no importaba pensar que "moscar" era un sinónimo de "picar". Pero era relevante para llevar a cabo una preparación leyendo una receta. Entonces me puse peor, ya que no era todo perfecto, y por haber tenido que bajar y gastar plata en nueces al pedo. Él me dijo que con nueces quedaba bien igual, y después de que le pregunté un par de veces más (me costaba salirme de la receta), le creí e hice el relleno de las empanadas con nuez moscada y nueces picadas. El repulgue lo hice con un tenedor porque no sabía hacer el tadicional. Hasta las pinté con clara de huevo batida. La tarea continuaba igual de ardua una vez dispuestas en la asadera y metidas en el horno: había que alimentar la cocina económica a leña de una forma en la que el calor sea intermedio y constante.
Quedaron buenísimas las empanadas; no sé si no son las mejores que comí en mi vida. Supongo que es cierto que tiene mucho que ver la onda o el amor con que se hacen (y el humor, porque después de lo trágico del asunto me rei bastante).
Tal vez por eso después me incliné por las carreras de Letras y de Chef: para que no me pase algo así de nuevo.

Avioletándonos

No es en las fiestas. No es en mi cumpleaños ni en cualquier otro tipo de aniversario. Me doy cuenta de que pasó un año más cuando los jacarandás me saludan violetas por las calles porteñas.

No sé cómo voy a hacer en El Bolsón. ¿Allá no pasará el tiempo?
Claro que allá están las cerezas, o las lengas que se colorean desplegando sobre la montaña un permanente rubor otoñal, o los amancays, o el arbusto chin-chin que inunda sus alrededores con aroma a chocolate.

Ya les contaré. Por ahora, disfruto de los jacarandás. Tal vez sea la última vez; no creo, pero quién sabe.