martes, 18 de noviembre de 2008

Los autos en mi vida

Tuvimos, que yo me acuerde: un par de Ford Falcon, un Valiant, un Polara, un par de Renaults (4, 6 y también muy poco tiempo un 12 rural) y un par de Citroëns, o Citronetas. Siempre usados y, por no tener plata para los arreglos, atados con alambre por mi papá, que sabe de mecánica. Vivimos muchas aventuras gracias a los autos, y pasamos muchos nervios, desencuentros y malhumores debido a ellos. Era común estar en alguna vereda del camino sentaditos en el auto o abajo esperando a que mi papá lo arregle (o mi mamá, que fue aprendiendo a la fuerza), o tener que seguir caminando porque ya no andaba más. Conocíamos bastante al gomero y a los mecánicos (jugábamos con las cubiertas, o en la fosa para autos).
No sé qué cosas insólitas hacíamos con cada auto, pero sé que:

- Por momentos mis papás tenían que subir la parte más empinada del camino a casa en marcha atrás, porque no andaba la primera.

- A veces no funcionaban los limpia-parabrisas y usábamos soguitas que iban desde éstos hacia sendas ventanas delanteras para hacer manualmente el movimiento que saca el agua de lluvia.

- Muchas veces andaban sin frenos, lo que se complicaba al vivir en la ladera de una montaña. Frenaban con los cambios, mordiendo la vereda, y a veces con una combinación de disminuir el cambio y que mi mamá se baje del auto en movimiento y le tire piedras grandes bajo las ruedas.

- En un viaje se quedaron sin frenos inesperadamente camino a Bariloche, precisamente en el peligroso y temible cañadón de la mosca (trecho zigzagueante y angosto del camino, con un precipicio en un costado y un paredón montañoso del otro), y mi mamá bajó del auto en movimiento y comenzó a caminar rápidamente a su lado mientras le tiraba piedras frente a las ruedas, esta vez embarazada de 8 meses. Justo en ese momento pasó una familia que se estaba por establecer en El Bolsón, con el trailer de mudanza atrás, y vieron esa escena increíble. Frenaron, los ayudaron a sellar la pérdida de líquido de frenos, y desde ese momento ambas familias nos guardamos un cariño especial. Es el día de hoy que me ven y me recuerdan cómo conocieron a mis padres.

- Una vez mi mamá bajaba de casa sin frenos y un vecino de más abajo que casualmente andaba a pata al vernos bajar se hizo el gracioso, se paró en el medio del camino e hizo señas con los brazos. Mi mamá se desesperó y le gritaba "¡correte, pelotudo!", mientras le hacía un gesto ahuyentador con el brazo. El tipo no entendía por qué mi mamá era tan violenta y maleducada y se quedó paradito al costado del camino mirando.

- A veces, para que arranque uno de los autos, había que pegarle con un palo al burro. El palo (o barra de metal, no me acuerdo) se guardaba en el baúl. Yo ya sabía cuál era el burro (que estaba medio escondido por abajo de las demás partes, era terco y a veces no quería andar, parece), y lo golpeaba al mismo tiempo que mi papá arrancaba el auto, ya que tenía que ser simultáneo.

- En muchas ocasiones andaban sin luces e iluminaban el camino nocturno con una linterna desde la ventana del conductor (manejando con una mano) o, a veces, con mucha confianza, desde la del acompañante. No era muy agradable en invierno.

- Mi mamá, en un Renault 4 que sólo tenía los asientos delanteros, llevó a un conocido que se encontró por el camino y el asiento en el que iba el señor -al no estar amurado al piso del vehículo- cuando mi mamá aceleró un poco se reclinó brusca y totalmente hacia atrás, dejándolo con las patas para arriba. El hombre era muy alto y era psicólogo, y lo mejor de todo es que mi mamá le dijo "cuénteme lo que le pasa", como si estuvieran en una sesión con sofá.

- Una vez que fuimos con mis abuelos maternos al Lago Epuyén, que queda a 46 Km de El Bolsón, por momentos el auto se recalentaba y nos teníamos que bajar todos del vehículo -menos el conductor- para que pueda pasar las partes más empinadas del pedregoso camino.

- Un verano hicimos el viaje desde El Bolsón a Buenos Aires con un Valiant medio fundido y la máxima velocidad que podía alcanzar era 60 Km. por hora, teniendo que parar constantemente para que se enfríe. Son aproximadamente 1800 Km., así que calculen. Creo que fue el viaje más largo de mi vida. ¡Todos nos pasaban! ¡Hasta los camiones! Si no fuera porque paramos en Río Colorado a refrescarnos y me dí una panzada de helados Sin Parar, me moría.

- Tenían un Citroën al que se le zafaban las estrías del volante, y a veces cuando levantaban gente en el camino hacían como que giraba a lo loco en falso, o se quedaban con el volante en la mano, para asustarlos.

- Se había pinchado el radiador de uno de los autos-bote que tuvimos (Valiant o Polara), y había que ponerle agua a cada ratito. A veces cuando mi papá lo destapaba era como una olla a presión que se destapa de golpe todavía en el fuego. Lo hacía con un trapo en la mano, y había que estar lejos porque saltaba agua hirviendo. Él lo destapaba y se alejaba lo más rápido que podía. A veces había que buscar la tapa por los alrededores del auto, ya que no la llegaba a retener y salía disparada.

- Una vez se les había quedado el auto (se escuchaba muuuuucho en casa la frase "se quedó el auto") en una de las subidas a casa y justo estaban mis tíos abuelos. Mi mamá bajó al pueblo con los vecinos en su auto, compró dos pollos en una rotisería para cenar, y cuando subían no vio nuestro auto donde estaba antes varado. Fueron los tres a la comisaría, generaron toda una movilización, hasta involucraron a gendarmería, y cuando subieron a casa con los pollos ya fríos estaba mi papá, que les dijo que un amigo lo había ayudado a llevar el auto al mecánico. Entonces mi papá tuvo que bajar de nuevo a la policía para explicar y que dejen de buscarlo, y parece que para que no los maten alegó que mi mamá estaba medio loquita.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Empanadas especiales

A mis once o doce años, después de que mis papás se separaron no sé de dónde saqué (de algun residuo machista adoptado por ahí) que era bueno que le cocine a mi papá.
Obviamente él no se quejó.
Una de las primeras veces que incursioné en el mundo de la cocina salada busqué en los libros de cocina y me convenció una receta para hacer empanadas de verdura. Compramos todos los ingredientes y, esa tarde, cuando releí la receta para prepararme mentalmente para la tarea me dí cuenta de que faltaba un ingrediente.
Quería que todo sea perfecto, entonces le conté a mi papá y le insistí hasta que accedió a bajar al pueblo. Era algo muy, muy insólito ir al pueblo sólo por la falta de un componente culinario. Había mil cosas más importantes que dejábamos de hacer o comprar para evitar el viaje y el desgaste que implicaba bajar (especialmente con los autos que solíamos tener. Muy pronto escribiré sobre ellos), así que fue grosso que haya dicho que sí. Seguramente veía mi esfuerzo o mi necesidad de que la cena salga perfecta.
Bajamos, y compré las nueces que tanto quería.
Al subir, después de cortar la cebolla, rehogarla, lavar y hervir las espinacas, le pregunté a mi papá a qué se referían exactamente con moscar la nuez. ¿Cómo? me dijo. Y miró el libro abierto sobre la mesa. No, nuez moscada es un condimento, mirá: y me mostró el paquetito de nuez moscada con el mini rallador que tenía en la alacena. Yo estaba en una etapa en la cual leía mucho pero todavía no tenía buen vocabulario, entonces estaba acostumbrada a adivinar el significado de las palabras. Supongo que leyendo una novela no importaba pensar que "moscar" era un sinónimo de "picar". Pero era relevante para llevar a cabo una preparación leyendo una receta. Entonces me puse peor, ya que no era todo perfecto, y por haber tenido que bajar y gastar plata en nueces al pedo. Él me dijo que con nueces quedaba bien igual, y después de que le pregunté un par de veces más (me costaba salirme de la receta), le creí e hice el relleno de las empanadas con nuez moscada y nueces picadas. El repulgue lo hice con un tenedor porque no sabía hacer el tadicional. Hasta las pinté con clara de huevo batida. La tarea continuaba igual de ardua una vez dispuestas en la asadera y metidas en el horno: había que alimentar la cocina económica a leña de una forma en la que el calor sea intermedio y constante.
Quedaron buenísimas las empanadas; no sé si no son las mejores que comí en mi vida. Supongo que es cierto que tiene mucho que ver la onda o el amor con que se hacen (y el humor, porque después de lo trágico del asunto me rei bastante).
Tal vez por eso después me incliné por las carreras de Letras y de Chef: para que no me pase algo así de nuevo.

Avioletándonos

No es en las fiestas. No es en mi cumpleaños ni en cualquier otro tipo de aniversario. Me doy cuenta de que pasó un año más cuando los jacarandás me saludan violetas por las calles porteñas.

No sé cómo voy a hacer en El Bolsón. ¿Allá no pasará el tiempo?
Claro que allá están las cerezas, o las lengas que se colorean desplegando sobre la montaña un permanente rubor otoñal, o los amancays, o el arbusto chin-chin que inunda sus alrededores con aroma a chocolate.

Ya les contaré. Por ahora, disfruto de los jacarandás. Tal vez sea la última vez; no creo, pero quién sabe.

jueves, 30 de octubre de 2008

Cómo llegan

Llevo meses recopilando frases graciosas con las que la gente llega a este blog a través de buscadores. A veces es gracioso el contenido, a veces es graciosa la forma de preguntar o buscar, y a veces las dos cosas.
Las clasifiqué en las siguientes categorías (dejé las búsquedas textuales):

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Preguntas:
(dudo que encuentren algo de esta forma.
Noten qué cómica la forma de buscar)
  • porque se dice que hay una tormenta que se llama santa rosa de lima
(faltaba que ponga “si son tan amables díganme por favor”)
  • quiero saber parte electrica de secarropa frio calor
  • que le puedo regalar a mi preceptora?
  • nicolas cage es lindo o feo
  • puedo sacar a mi hamster al aire libre
  • porque jupiter sal 2 horas antes y dos horas despues de que salga y se meta el sol
  • ¿Como hacer un jodido vivero?
(jajajajaja, me imagino a este navegante sacado y frustrado después de
buscar un rato y no encontrar nada)

Problemas que no me gustaría tener:
  • consecuencias del relampago para una persona embarazada
  • COMO ME DESHAGO DE MIS VECINOS MOLESTOS
  • mi hermana y mi mama se desnudan en casa frente a mi
  • seme cerro el auto como lo abro
  • como puedo actuar contra una vecina paranoica que la tiene tomada comnigo
  • TENGO UN BOXER QUE SE LE DESPRENDE UN LADO DE LA CARA
  • mi encargada me grita
  • YOGA PARA RONQUIDOS

¿Eh? ¿Qué querés?:
  • ejemplo de carta quejandome porque no me apaga reiteradamente
  • quiero que me ayuden a buscar un dilema para comensar la clases de gimnasia

Simplemente graciosos:
  • cartas a theo vang good
  • algo para decir en un brindis de cumpleaños de hermano
  • garrapata que esta debajo de la almohada de una señora que muere
(Quiroga: contento)
  • Personitas chiquitas y muy buenas en el sol
  • consejos a personas nostalgicas
  • como se puede intervenir en una mujer embarazada para que el bebe combie de genero(si se que es varon y yo quiero que sea mujer

Dudas existenciales:
  • quien entendio la pelicula el umbral
  • ¿Nos acercamos a una hecatombe mundial?
  • como se sacaban el pelo antes de que existieran los secadores de pelo

Significados:
  • significado de la bombacha negra
  • significado vamos miti-miti
  • significados bajar la mirada sonreir

Imágenes graciosas (o no tanto):
  • cara de un chico que safo de alguna situacion
  • imagenes niños que se quiebran la muñeca
  • persona imaginandose un futuro lindo

Llegan mucho, mucho por búsquedas sobre rayos de sol, como:
  • cuantos kilometros anda un rayo
  • Aug/21/2008 19:28:27Google Search (que le pasa a una persona q casi nunca toma rayos de sol)
  • Aug/21/2008 20:46:23Google Search (que podria pasarle a una persona que casi nunca toma rayos de sol)
(más de una hora después, pobre, seguía buscando, desde su sótano)
  • PORQUE EL RAYO REBOTA EN EL AGUA
  • cuales son las partes de un rayo de sol
  • cuales son los rayos notables cuando nos paramos frente a un espejo

Hay marcianos que leen mi blog!:
  • q pasa con el agua q se precipita a la tierra q destino tiene
(¡qué forma de buscar!)
  • que puede pasar si un rayo del sol le cae a la persona

Sobre gustos…:
  • utilisima porno
(llegaron varios buscando eso!)

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Creo que el premio se lo lleva la embarazada que le quiere cambiar el sexo al bebé. Dejate de joder, esa mujer está mal en varios aspectos.
Bueno, y el del jodido vivero me encanta.

Igual esto me hizo pensar en las veces que habré buscado cosas ridículas y alguien lo vio en su página de estadísticas. Y bueno, ojalá haya causado alguna risa, como las personas que cité en este post, que me hacen reir cada vez que leo mi recopilación.

domingo, 26 de octubre de 2008

Increable

El otro día cuando vibraba mi celular me acordé de mi hermano Joaquín, que al escucharlo siempre me preguntaba "¿te vas a depilar?". Es un celu viejo, che. Ahora lo usa Pablo.


También me acordé de un diálogo que tuve con mi mamá, mirando embobadas a mi hijo:

Yo: Cómo lo quiero.., me acuerdo cuando me dijiste que vos me querías mucho más que yo a vos.
Má: Ahora me creés.
Yo: En realidad lo dijiste tan convincente que te creí, pero me puse mal, pensaba "pobre, ella sabe que la quiero menos que ella a mí, es muy feo" y me daba pena y trataba de quererte más, para que no sea así.

Y nos reimos.


Ya más de grande, y sólo algunas veces, traté con todas mis fuerzas de querer más.
No funciona.

sábado, 25 de octubre de 2008

Yo quiero..!


Cuando me enteré que habían comentado algo de este blog en el diario Crítica Argentina me caminé todo el barrio para ver si conseguía el número del día anterior -así guardaba de recuerdo el diario-, pero no lo conseguí.
La dueña del departamento de mis hermanas hoy fue a firmar el nuevo contrato y al ver fotos de Casiel dijo "se parece al bebé de Cheeky". ¡Les dijo que el domingo salió en la revista de La Nación!
¡Yo quiero esa revista!!! Lo peor es que en lo de mi abuela ví la revista de ese diario del día de la madre y no estaba ahí (estaba la otra nena). Es raro. ¿Se habrá confundido y era de Clarín?
¡Yo quiero esa revista!!! Como recuerdo, especialmente para Casiel. Me gustaría que dentro de 50 años esté ahí toda ajada, con la fotos de ese hombre cuando era bebé.
Es que, como dice mi abuela, no puedo con mi genio: soy muy guardarecuerdos. Sé que lo notaré no muy alegremente el próximo mes, en plena mudanza.

Update: Hoy, domingo, revisé las revistas Viva de los últimos dos meses en la casa de mi primos y no había ninguna foto de él. Es un misterio, voy a tener que llamar a la dueña del departamento de las chicas. "Hola, ¿Sra. X? Sï, habla la hermana de las chicas que alquilan su departamento, ¿no me regala la revista donde vio a mi bebé? No, no es mi intención ser desubicada... si prefiere se la compro, ponga un precio. No señora, pero, pero... ¡POR FAVOOOOOOOOOR! Mire, le paso con el bebé hoa, señola linna, yo quelo mi levista; tí, toy el bebé. Hola, señora? sí, era mi bebé. Es bastante avanzado para los 10 meses que tiene. No, no le estoy tomando el pelo, es en serio, quiere la revista, sea buena..." (y podría seguir boludeando por un rato pero ya es muy tonto esto). Tengo problemas, lo sé.

martes, 21 de octubre de 2008

Cosas puntuales con dos puntos

Preguntas: ¿Cuántos años es apropiado guardar un souvenir de esos feos (o religiosos y sos atea) antes de tirarlo? Y ¿después de cuánto tiempo es correcto cambiar la foto que te regalaron muy enmarcadita (en la que estás con un ex-alumno, por ejemplo, o con ese primo que no ves nunca) para usar el portaretratos para otra cosa?

Exageración: Abajo de mi almohada (y de la de Pablo, pobre) hay cinco pijamas míos completos, algunos de los cuales son de dos piezas. Debería habilitarles un cajoncito.

Anotado hace meses: El bostezo es como el hilito que une sueño y vigilia. Por eso, cuando Casiel está durmiendo al lado mío y lo escucho bostezar, ya sé que próximamente pedirá teta.

Algunas palabras que me gustan:
  • caléndula
  • caireles
  • ícaro
  • calina (me gusta tanto que me gustaría llamar a una hija así, pero no creo hacerlo, es como decir Karina en chino)
  • tiento
  • barbotina
  • travieso
  • alquimia

Algunas palabras que me gustan en inglés:
  • dandelion
  • valiant
  • manure (no sé por qué).

Algunas palabras graciosas:
  • saltimboque
  • nosocomio
  • cotolengo
  • en inglés: manure (sí sé por qué)
Dato callejero: No quedan bien los hombres con traje elegante pero muy desprolijos (no acicalados; eh! otra palabra para la lista). No es una regla estricta, pero no me gusta cuando tienen la barba desprolija y el pelo largo pero por dejadez.

Comentario de ayer: Por dios, qué bien que le hace el sol a mi ánimo. Y sí, seré Margot...

Es un hecho: El Bolsón me hace bien. Como lo mismo, camino lo mismo, tal vez lloro y me rio lo mismo... pero estoy más linda allá. ¿Cambiará mi metabolismo? ¿Será el aire? ¿Estar feliz? (aunque a veces estaba muy mal pero igual era más yo... más salvaje o en estado natural, sí). Me acuerdo cuando me escribió alguien lindo que leía el blog que pensaba en mí Con cada chica que camina cerca de la sede Puán, triste porque sus zapatitos no brillan como en la plaza de un pueblo. Qué lindo. Es así. Yo brillo más allá.

Importante: Vamos a volver a El Bolsón a vivir, idealmente a fin de año.

lunes, 20 de octubre de 2008

Mierda, carajo (y otras cositas más)

Para irme a El Bolsón Pablo me prestó su celular, así yo podía filmar, sacar fotos (aunque sean de muy baja calidad), y tener Ruidos y Ruiditos disponible para el largo viaje en colectivo con nuestro bebé.
Yo le dejé el mío, que tiene muchos años, y cambiamos de tarjeta sim (la mía dice Unifon, así que imagínense los años que tiene).
No le gustó mucho la funda rosa de mi celu-vejestorio, y tampoco que lo gasten en el laburo, así que decidió no llevarla. En su lugar le puse una media de Casiel, porque a Pablo se le caen mucho las cosas de los bolsillos y el celular iba a vivir muy poco desnudito. Fue muy gracioso cuando a la mañana lo buscaba en la mesita de luz, con la luz del otro celular, y no lo veía porque su querida esposa lo había puesto adentro de una media. Ah, sí, porque yo hago muchas cosas una vez que él y Casiel están dormidos.
Supongo que por la media lo gastaron igual pero su hombría no se vio demasiado afectada.

Me di cuenta de algo usando su celular, al descubrir el nuevo mundo de teclear una sola vez por cada letra deseada y que desde un diccionario aparezca/n la/s palabra/s que encaja/n (parezco Yogurtu Nge hablando del tren). He descubierto que soy una mal hablada, porque lo que más agrego al diccionario son malas palabras.
Supongo que eso en este lugar no se nota.

Ah, ya volví, y ya me regaló su celular (que le había regalado yo), porque es un dulce.

martes, 14 de octubre de 2008

Al nogal!!!

Para que me entiendan más.

Cuando era chiquita, de penitencia, me mandaban al nogal.
Y si éramos dos -supongamos que nos estábamos peleando mi hermano y yo-, entonces el castigo podía variar: "¡Santiago al nogal y Cecilia al tilo!", o "¡Cecilia al nogal y Santiago al pino de allá abajo!", o a veces, especialmente cuando nos peleábamos los tres: "¡Cada uno a su nogal!".
Porque teníamos un nogal cada uno. Yo era amiga del mío: le hablaba, trataba de entenderlo, intentaba no lastimarlo cuando lo trepaba pero lo trepaba mucho porque mi papá me había dicho que a los árboles les gusta cuando los trepan, que es como acariciarlos. También le pedía a los bichitos que a veces tenía, unos negros cuadrados rarísimos, que no lo molesten.

Y bueno, es más entendible que me haya hecho amiga de un jacarandá en Buenos Aires, ¿no?

Y que sea como soy.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Solamente una vez:

- me rapé toda la cabeza

- pedí un autógrafo

- besé a una chica

- bailé salsa y cumbia en un vestidito negro, con tacos bajitos y una panza de ocho meses

- cociné rabas (¡partiendo del calamar!)

- me emborraché con whisky

- tuve un trabajo que aporte a mi jubilación

- tuve sexo con alguien a quien había conocido horas antes

- ví el relieve de las pinceladas en Campo de Trigo con Cuervos, Los comedores de papas, Campos de Trigo y Cipreses, Terraza del Café por la noche, y muchísimos otros cuadros originales de Vincent Van Gogh.

- me mordió un perro

- ví tocar en vivo a Luis Alberto Spinetta

- hice pintadas callejeras nocturnas en aerosol

- busqué y encontré minúsculas piedritas de oro en el río

- me hice un piercing en el ombligo

- me agarré a trompadas con una chica (si cuenta pegarle un par de piñas cuando ella manoteaba el aire cual gallina agarrada de las patas)

- subí al Empire State

- me saqué un poquito de ojo con una tijera

- me hice un tatuaje

- pretendí que un hombre deje a su pareja por mí

martes, 7 de octubre de 2008

Huellas por la vida

Hace unos meses llevamos a nuestro bebé al jardín de mis abuelos en Ramos Mejía y jugó por primera vez descalzo en el pasto.
Después de un rato observé sus pies y manos manchados de tierra, y sentí mucha felicidad.
Y la sigo sintiendo cada vez que se ensucia con tierra, pasto y hojitas.

Me preguntó si eso cambiará, y cuándo.

domingo, 5 de octubre de 2008

Supervivencia auditiva

Creo que ahora entiendo el mecanismo que hace mi marido para poner en off mi voz. Lo hago todos los días con Ruidos y Ruiditos, la única música que me deja escuchar Casiel. Es el chupete auditivo. Tengo cuatro Cds, pero ya me sé todos los temas de memoria. Y todas las notitas. Y todos los matices que hacen con la voz. Y todas las pifiadas. Trato de poner otra música -aunque sea de niños-, pero lo máximo que podemos negociar es un Jack Johnson o un Piojos y piojitos. Un ratito, más no. Y de música de grandes me he vuelto oyente casi exclusiva de Silvio Rodriguez a la fuerza, porque después de probar todos los Cds, es el único músico que acepta sin protestar.
Entonces ya directamente pongo Ruidos... y no lo escucho. Aunque debo decir que a veces me noto alterada y de pronto me doy cuenta que es un tema en particular (como el de la mosca, que parece satánico).
Ahora, me pregunto... ¿así se sentirá mi marido conmigo? Lo único que sé es que a veces en las reuniones familiares o con amigos tengo que mirarlo y decirle "Pablo: on", para que mueva el interruptor en su cabeza, aunque sea por unos minutos. O, cuando mi frase se queda flotando en el aire de la sordera conyugal y está mi hermana con nosotros, me dice compinche "off" o "está en off", porque ya sabe. Y bueno, al menos eso le da un toque de humor para que yo no empiece a querer cambiar el interruptor de un tazazo en la cabeza.

jueves, 2 de octubre de 2008

Padres vs. abuelos vs. hermanos

En El Bolsón estuve lidiando bastante con abuelos que quieren darle alimentos “incorrectos” a Casiel. Me cuesta ponerme firme o “generar conflictos” pero lo hago lo mejor que puedo. El otro día mi suegro le daba un pedazo de asado para chupar. Marcelo le dio un poquito de factura. Y yo los reto, Casiel no come ni papillas de verduritas y frutas porque todavía mucho no le atraen, y le respeto sus tiempos. Obvio que si le dan algo salado y sabroso como la carne o algo azucarado y grasoso como un churro le va a gustar. Y aunque pueda comerlos, yo le quiero dar lo mejor, y rezongo, reto, argumento, quedo como una estricta al pedo. Me gastan cuando le doy galletas de arroz integral inflado sin azúcar y sin sal, si él quiere picar algo. En parte, como Casiel no se siente tan atraído por la comida todavía, tengo esas galletas para darle algo cuando la gente alega que el nene quiere comer y le trata de encajar un pedazo de pan, raviol o lo que sea.
Hoy le decía a mi mamá “entiendo, son abuelos, ya vivieron esto y ya saben que tal vez no es tan importante, pero yo soy la mamá y me toca preocuparme y tomarme el trabajo de darle lo que me parece mejor; vos me dijiste recién que me hacías papilla de banana, manzana y naranja para que sea muy nutritivo”. Y la hicieron a mi hermana vegetariana sus dos primeros años.
¿Ahora les toca malcriar y a mí ser la mala?

Más tarde, mi mamá y Marcelo miraron el boletín de mi hermano. Una materia ya se la lleva, y tiene otras 4 abajo. Las demás: justas. Ellos estaban preocupados, analizando qué hacer. Yo sentía la tormenta venírsele a mi hermano, y como no lo veía tan crucial les dije “bueno, pero está de novio, yo cuando me puse de novia me bajaron todas las notas”, y trataba de minimizar la preocupación y el posterior reto a mi hermanito. Pensaba “de última se lleva par de materias… no es tan grave”. Y ahí me dí cuenta: es el rol de padres el ser así, medio jodidos. Y que los demás nos vean como unos exagerados.

Yo soy una débil, necesito la aprobación ajena. Parece que, por suerte, ser mamá me va a hacer desligarme mucho de esa necesidad. El amor y preocupación por Casiel es más fuerte que la necesidad de validación externa. Yo crezco, al mismo tiempo que lo miro crecer a él tratando que sea de la mejor manera y desarrollándose de una forma sana, pura y luminosa.
Igual, también tengo la suerte de que con Pablo coincidamos con respecto a la crianza que le queremos dar a nuestro hijo (si no, ¡qué pesadilla!), así que él se encarga de marcar límites a los demás cuando estamos los tres juntos.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Códigos

Hoy fui a almorzar a la chacra de mi suegro, con él y su mamá Marta. Marta vive en Bariloche en un hogar para ancianos (una casa para viejos pelotudos, según ella) y tiene un poco de Alzheimer. Ella habla mucho de su casa en Moreno y de sus bichos: el loro Pepe, la gata gris con sus gatitos, la tortuga, el pescadito y el perro. Siempre dije que me caen muy bien los viejitos y viejitas. Bueno, ella tiene todo lo que me gusta en ellos: inocencia pícara, buen humor, ganas de comunicar y de hablar de las cosas simples pero no superfluas de la vida.
La chacra queda a unos 20 o 30 kilómetros del pueblo, en el cerro Saturnino, y tiene una vista espectacular. En un momento del largo y terroso camino en el asiento trasero del Renault 12 ella dijo -señalándome con su mano y con sus ojos gris azulado tan vivaces: “Ceci como ésta sólo hay una”. Daniel hablaba de que estaba contento de que yo sea la mujer de su hijo, entonces él asintió y respondió repitiendo lo mismo. Obviamente me gustó escuchar esas cosas, lo que Martita dijo tenía mucho más significado que lo obvio de la cualidad irrepetible de cada individuo, y eso me pone contenta.

Charlar con Martita fue de lo más lindo. Es buenísima, y está siempre de buen humor. Tiene el pelo largo, blanco con algunos rayos de un rubio hermoso, y mucha chispa. En muchísimos momentos yo me decía “acordate esta frase, es para el blog”, pero después, obviamente, me olvidé todas.
¡Es que la tiene muy clara! Me hacía morir de risa. Es como una nena y vale la pena tenerle paciencia porque es una hermosa.
Aunque se desoriente o repita las historias éstas siempre tienen algún detalle nuevo, además si se le preguntan cosas ella la tiene muy clara y es posible y valioso aprender de su vida.
Me dieron ganas de pasar más tiempo con ella.

Conocí a otro ser, aunque no me dieron ganas de estar cerca suyo. Estaba caminando con Casiel a upa por la parte noreste de la chacra, observando cómo dos teros defendían su nido volando bajo y chillándonos, cuando desde un arbusto a unos pasos sentí como un bufido. El arbusto (que era bastante grande) se movía y de su interior salían resoplidos y gruñidos. Por un instante me quedé quieta esperando que salga algo y me ataque, y mirando rápidamente de reojo dónde refugiarnos. Me acordé que por ahí había jabalíes y me fui despacito, al mismo tiempo que miraba el arbusto amenazante y los árboles cercanos imaginándome cómo treparme con Casiel en brazos.
Volví a la casa caminando y desbordando adrenalina, y le pregunté pálida a mi suegro si era posible que ese encuentro haya sido con un chancho o jabalí salvaje. Me dijo que sí, y que eran peligrosísimos, que lo había pensado cuando me fui pero no se imaginó que justo hubiera uno, que lo habían estado jodiendo desde hace un tiempo. Que a veces atacan y con la fuerza y los colmillotes que tienen pasan corriendo y te pueden sacar un pedazo. Lindo panorama. Suerte que mi instinto me hizo dar media vuelta y volver despacito.
Tal vez los teros me estaban avisando.

Después del asado el abuelo de Casiel agarró la escopeta, buscó a cinco vecinos que estaban trabajando en una construcción más abajo y, cargados ellos de machetes, fueron a buscarlo. Martita no quería que lo mate y decía que era su hijo el que había invadido el territorio del jabalí. Daniel decía que se lo iba a comer. Yo me sentía mal por haber delatado su escondite.
No lo encontraron.
Pero dijo mi suegro que ni él sólo con la escopeta va a buscarlo, porque es peligroso. Así que imagínenme a mí ahí, a un par de metros, con Casiel en brazos.

Pero Casiel es chancho jabalí en el horóscopo chino (como su papá) y bueno, entre ellos hay códigos.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Dos helados

Hace algunos meses me encontré con mi ex. El chico que fue mi mejor amigo por cinco años y mi novio/concubino por otros cinco más o menos (on and off, como dicen en ingés). En posts viejos me refiero a él como "mi chico", "ese chico" y "mi ex chico", dependiendo de nuestro estado del momento, y en posts más recientes me refiero a él como R.

Nos encontramos por motus propio en el muy conocido por ambos barrio de Caballito. La primera impresión fue rara, nos vimos iguales pero distintos (no me acordaba que era tan alto). Le dije que lo invitaba a tomar un helado a Pérsicco y, como siempre, terminó pagando él. Lo tomamos en el parque mientras charlábamos y nos reíamos (más que nada yo me reía de sus chistes y le daba pie para más). Se hizo tarde para cosas que cada uno tenía que hacer, así que nos levantamos de nuestro asiento verde y vivo. No le pedí su mano para pararme con mi panza de casi siete meses porque no me pareció. Me acompañó unas cuadras, nos abrazamos brevemente, y nos separamos -él con la bolsa de cosas que había dejado en mi departamento (como la única foto con su abuelo), y yo con trámites que hacer y alguien chiquitito pateándome desde adentro por comer tanto helado.

El sábado pasado estaba en Jauja, la heladería más rica de El Bolsón, tomando un helado con Marcelo (el esposo de mi mamá) y mi bebé Casiel. Marcelo se compró un helado de limón y ananá para darle a probar a Casiel. Yo me pedí mousse de chocolate y dulce de leche con moras salvajes. En un momento Marcelo no entendía la cara de feliz cumpleaños que puse, pero enseguida comprendió: lo veía venir a R. caminando, alto como ya me acordaba. Él también sonrió y se acercó a saludar. Conoció a Casiel (Gael, según él inicialmente), y se quedó charlando un poco. Hicimos chistes los tres y nos contamos algunas novedades cotidianas.
Se fue a comprar el cuartito de helado para llevar (probablemente para compartir con su mujer), volvió a saludar y conversar un poquito más y se fue, más sonriente que al principio. Yo igual.

Me gustó verlo, lo quiero mucho. Siempre melancolía: extraño ser amigos.
Me gustaría que lo sigamos siendo, pero sé que no se puede.
Me consuela pensar que tal vez algún día podamos relacionarnos un poco más que ahora.
Pero no sé, porque si seguimos en esta modalidad de encuentros vamos a engordar mucho.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Famoso y babosa

Miren, es Casiel.


(en la página de Cheeky)

Se imaginan cómo están los abuelos y bisabuelos con el tema, ¿no? ba-bo-sí-si-mos.

Era muy gracioso cuando le hacía tomas de lucha al oso o se lo quería comer.

Para que se acuerden de nosotros cuando lo vean en alguna vidriera de esos locales de ropa.
Es re loco para mí verlo ahí.

martes, 23 de septiembre de 2008

Tuning apequeñado

Estamos en El Bolsón y Casiel está más libre que nunca. Juega en el pasto, gatea en pisos que no son como el nuestro que se desarma y deja astillas, sube escaleras gateando para luego pararse y agarrarse triunfal del pasamanos.

Es muy lindo. Tal vez sea por eso que hoy, cuando quería pasear toda la tarde con el carrito como hacía en Capital Federal, llegó un momento en el que no había forma de que no sea peligroso: se movía, se paraba agarrándose del respaldo, se daba vuelta, se ponía en cuatro patas y se quejaba reclamando su libertad de movimiento.

Como no sabía cómo tranquilizarlo un ratito y necesitaba hacer un par de cosas más metí el celular con MP3 en el bolsillo del carrito, y puse música. La música que le grabé por las dudas a Casiel para las 22 horas de viaje en colectivo hasta acá. Ruidos y Ruiditos, que siempre fue una especie de chupete auditivo, lleno de sonidos que atraen su atención.

¿Vieron esos autos que van por el asfalto con las ventanillas bajas (aunque haga un calor de cagarse y tengan aire), haciendo ostentación de música popular? Bueno, así iba yo hoy, pero al ritmo de "soy un Coya chiquitito, vivo solo en mi ranchito... Con mis ojotas de cuero, yo me voy camino al cerro...".
Todos nos miraban pasar, algunos se codeaban, otros se reian y algunos preguntaban.

Hasta me preguntaron, en un cajero, si había tuneado el carrito.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Diciembre

Una noche de diciembre gateaba, me arrastraba, me abrazaba a Pablo, bailaba tratando de resistir mejor el dolor más fuerte que había sentido hasta ese entonces. Estaba en pleno trabajo de parto, en el departamento de dos ambientes que todavía alquilamos en un cuarto piso. La noche anterior había dormido mal y poco en la casa de mis abuelos, porque había sido nochebuena. Las contracciones empezaron muy tímidamente la mañana de navidad, mientras charlaba con mi abuelo en la mesa de la cocina. Al ser tan regulares sospeché que se acercaba el momento para el cual supuestamente todavía no estábamos listos (la fecha probable de parto era el 7 de enero y todavía faltaban hacer algunas cosas en casa para que esté todo como yo quería). Mis hermanas habían dormido enfrente, en lo de mis tíos, así que desperté a Pablo, me crucé, desayuné un poquito más, y sentí en cada contracción la pequeña confirmación de que sí, había llegado el día. Llamaron un remisse y salimos para casa. En la parte trasera del Sierra gris las contracciones me molestaban un poquito más en cada semáforo, y me puse un poco mal por haber tenido que dormir en Ramos, y no haberle pedido a ningún tío, o que no se hayan ofrecido a llevarnos la noche anterior.
Mis hermanas se fueron a su casa a media cuadra de la nuestra, donde también estaban mi mamá y Marcelo (su esposo) que habían venido especialmente de El Bolsón. Nosotros no queríamos que nadie sepa que estábamos teniendo al bebé porque nos habían aconsejado eso, y nos parecía bien. Así la gente no se ponía nerviosa, no nos afectaba con sus preocupaciones, y no se volvían todos locos, especialmente si el trabajo de parto duraba más de un día. Así que dijimos que tenía contracciones, pero que probablemente eran las mismas que había estado teniendo los días anteriores, supuestamente causadas por un útero sensible y una portadora que no se quedaba quieta un instante.
Estuvimos toda la tarde controlando la intermitencia de las contracciones y su duración. Pablo anotaba, restaba y sumaba, y yo me pasé la tarde repitiendo "otra" y "ya está". En un momento yo estaba en la bañera y para escucharme mientras daba vuelta la casa hizo una especie de gong con un bol de metal y mi peine rosa.

Al llegar a casa e intuyendo un aumento progresivo de la intensidad de las contracciones y por lo tanto la necesidad creciente de que yo no piense ni me preocupe por nada más que parir, le había hecho a Pablo una lista de lo que tenía que hacer. Algunos ítems eran:
- Poner todo lo del parto en estantes del mueble del comedor (material descartable, agua oxigenada, el brochecito para el cordón de bebé, telas limpias de algodón y demás elementos que figuraban en la lista que nos había dado la partera).
- Mover la cama a la pared del espejo y la mesa a la pared de las estanterías.
- Barrer.
- Lavar bien la bañera.
- Pedir helado (los gustos detallados).
- FILMAR.

Después de un par de horas de medir contracciones, en las que Pablo cambió todos los muebles del comedor (parecía el demonio de Tasmania después de tomarse una bebida energizante), llamó a la partera y le contó como iba todo. Ella dijo que esas contracciones eran imposibles, que no podían durar tanto y ser de trabajo de parto, o algo así. Y que iba a pasar por casa la obstetra, pero que no controlemos más o nos íbamos a volver locos.

Dos horas y media más tarde llegó la obstetra, me hizo un tacto, y me dijo que había muy poca dilatación, que las contracciones no eran de trabajo de parto, y que de todas formas le parecía que se iba a desencadenar el parto pero que venía para largo, que tal vez empezaba a la noche o al día siguiente. Nos habían dicho que durante las contracciones de trabajo de parto la parturienta prácticamente no podía hablar, y que así se daban cuenta hasta por teléfono de cómo venía la mano. Yo le decía a la obstetra "ahora estoy teniendo una, y ¿ves? estoy hablando. Pero no es débil, no sé". Nos dijo que la llamemos cuando las contracciones empezaran a ser bien fuertes y se fue.

Ya eran casi las ocho de la noche y le pedí por mensajito a mi mamá que compre té de melisa (relajante), que es lo único que faltaba de la lista de la partera. Recordemos que era navidad (se me complicaba que la gente no se entere de nuestra situación, dado que teníamos que ir a visitar familiares), por lo que mi mamá estuvo horas dando vueltas con su cuñada por la ciudad festiva recorriendo farmacias para comprarme el té. Y en una de esas vueltas las chocaron levemente. Después de todo esto le acercaron a Pablo a la puerta del edificio una caja de té de mezcla de hierbas sedantes que consiguieron en el supermercado, y algunas botellas de Gatorade.
En Ramos Mejía todos estaban preocupados por cómo me había ido, así que llamé y les dije que las contracciones no eran de trabajo de parto (como me había dicho la obstetra). Mi papá llamó más tarde y traté de hablar sin que se note, aunque le conté que tenía algunas contracciones leves. Después de todo eso no hubo más interacciones sociales.

Una hora después de la visita de la obstetra las contracciones eran más fuertes, y a eso de las once de la noche empezaron a ser bien fuertes. Las toleraba en silencio, preferentemente en el piso acolchado con una frazadota, en cuatro patas, reptando o arrodillada. Pablo pasaba de vez en cuando a abrazarme o acariciarme, y no me hablaba porque sabía que no sería productivo.
En un momento le pedí, semi-gruñendo: "haceme acordar que esto duele como la mierda". Me habían dicho que las mujeres, después de parir, liberan una sustancia que entre otras cosas las hace olvidarse del dolor, y no quería que me pase eso.
Nunca pensé que algo me podía doler tanto. Era intolerable. Llegó un punto en el que en cada contracción decía "no puedo, no, no, no, no, no puedo", y hasta fantaseé con una cesárea (pero no se lo dije a nadie). Supuestamente no quería ser negativa y quería que el dolor me atraviese -como dicen-, y cumpla su función sin yo centrarme en él, pero salían tantos nos y nopuedos de mi boca como me lo permitía el aire entre mis cuerdas vocales. En realidad creo que ese inevitable centrarme en el dolor también me ayudó a no pensar, mi mayor obstáculo frente a situaciones tan físicas, animales e instintivas.

Después de las doce de la noche sentí la necesidad de mover las caderas. Literalmente. Estaba en la habitación, bailando. Hembra semidesnuda entonando algún cántico ancestral desplazando su eje y su peso de una a otra planta del pie; pero se me cansaban las piernas, y bailaba en cuatro patas sobre la cama, gimiendo y moviendo columna y cadera.
Pablo, muy acertado, puso el único disco que escuchamos esa noche: Cuerpo y Alma, de Pedro Aznar. Fue gracioso durante el tema que dice muchos aaaaay, ayyyyaaaaaayyyy; yo me lamentaba junto a la música.
También estuve bailando/meciéndome en el baño, y Pablo se acercó a bailar conmigo. Está bellamente filmado, porque la cámara estaba en un trípode. Le dije a Pablo "se encajó", porque sentía algo distinto después de tanto mover los huesos.
Me empecé a cansar. A cansar del dolor constante en su vaivén.
Volví al comedor y me dolía muchísimo, demasiado. Pensé que no podía, pensé que no quería, pensé que era imposible que pase de esa noche. Se me hacía increíble una realidad sin tanto dolor, no me acordaba cómo era la normalidad. En cada oleada de dolor sufría, y en los intermedios mientras menos me movía y mientras menos me hablaban o hablaba, mientras menos pensaba, mejor era. Al pensar o racionalizar una corta frase de Pablo venía inmediatamente otra contracción, como si el cuerpo me dijese "¡basta! esto es lo que importa". Era como un castigo por pensar.
Al mismo tiempo me sentía muy valiente, especial, firme, independiente, fuerte. Yo sabía que estaba todo bien, que esa iba a ser la noche más importante de nuestras vidas hasta ese momento, que estaba haciendo algo grandioso. No es que me lamentaba apichonada, sino que sentía un dolor inexplicable pero también lo aceptaba como parte de algo maravilloso, aunque era casi imposible de sobrellevar.
Me habían dicho que la noche venía larga, que tal vez nacía al día siguiente, así que me hice la boluda y evité llamar a las parteras el mayor tiempo posible. En parte para no molestarlas a la noche -soy así de tonta- y en parte porque no podía tolerar intervención alguna. Me sentía físicamente incapaz de estirarme en una cama para que me hagan un tacto. No quería escuchar a nadie, no quería la presencia de nadie más que Pablo. Entonces lo demoramos un poco, en acuerdo tácito.

Una vez en el piso del comedor, trataba de buscar posiciones donde no me duela tanto. Escuché a Pablo llenar la bañera, y el sonido de un polvo cayendo en el agua. Qué lindo, me está preparando un baño con sales, pensé. Y me puse la meta del baño para bancarme las contracciones esos siguientes minutos. Pero el baño no llegaba. Y de pronto lo vi pasar a Pablo hacia el lavadero y poner algo a centrifugar. Lo llamé desde mi posición cuadrúpeda, le agarré los pelos de la nuca con mi puño derecho, y le dije con mi mejor tono de asesina en un gruñido "¿qué estás lavando, hijo de puta?". Parece que se había puesto a lavar y desinfectar la cortina del baño para usar de protección plástica del piso, para que sea todo más higiénico. Yo había comprado una en un todo por dos pesos pero no la encontró, y decidió usar la parte linda de tela de la cortina que nos había regalado su mamá -no el protector. No lo reté ni nada parecido, pobre. Después de esa pregunta tan sacada volví a lo mío.

Me dieron ganas de ir al baño, lo cual me pareció normal ya que me habían dicho que el cuerpo tiende a evacuar todo unas horas antes de parir. Fui pero no pasaba nada. También me habían dicho que es común sentir ganas de ir al baño en el período expulsivo.
Empecé a tener pérdidas de sangre bastante constantes. Como el volumen de la pérdida no era dentro de la normalidad que nos habían explicado, Pablo llamó a la obstetra. Eran las 2 o 2:30 de la madrugada. Me acuerdo que yo acotaba cosas a lo que decía Pablo, por lo que seguía siendo capaz de hablar de lo más bien y estaba atenta a la llamada. Al notar esto a la obstetra (nos comentaría después) le pareció que faltaba mucho, pero decidió ir a vernos por el tema de las pérdidas, que no eran normales.

Después de un rato de sumergirme cada vez más en el trance oscilante del parto, y no poder creer tanto dolor, me di cuenta de que hacer fuerza me aliviaba, especialmente en cuatro patas o casi acostada boca abajo, en el piso del comedor. Parece que eso es pujar.
En parte estoy segura de que al saber que la obstetra estaba en camino ya me decidí a pujar, y también en parte por mi conciencia de no poder tolerar la presencia de otra persona y que me hagan hablar, escuchar, pensar, o moverme de determinada forma, me entregué todavía más de lleno (si eso es posible) al proceso.
Además de los dolores inconfundibles de las contracciones me dolían las piernas, estaban agotadas. Mis piernitas, pensaba.
Volví a ir al baño, a sentarme en el inodoro casi desnuda. Pablo estaba conmigo, en calzoncillos y acuclillado frente a mí, dándome las manos, acariciándome las piernas, la cara, el pelo. Yo miraba al vacío y tenía la mandíbula cerrada pero labios separados, abiertos. Era consciente de la cara de loca que debería tener.
Hacía fuerza en cada contracción, a veces levantando la pelvis, con la cabeza contra la pared atrás del inodoro y apoyada en mis pies, casi formando un arco con mi cuerpo. Tanta fuerza hacía. En una de esas muy fuerte, con exclamación incluida, rompí la bolsa de aguas. Lo empapé a Pablo de la cintura para abajo, y salpiqué todo. Pablo decía "está bien, rompiste bolsa, no pasa nada", no sé si para tranquilizarme a mí o a él. Yo no necesitaba palabras, al contrario. Esa fue una de las pocas frases que se pronunciaron en ese período. Nos comunicábamos sin hablar. Él usaba su mirada y sus caricias, yo usaba golpecitos, pellizcones, rasguños, gritos, gemidos, gruñidos, caras.
Pablo hacía lo que podía para darme apoyo físico (es muy, muy fuerte, y aprovechamos eso al máximo esa noche), patinándose en el charco de líquido amniótico. Dicen que es como la gelatina justo antes de solidificarse, así que imagínense.
Sentí un poco de alivio al romperse la bolsa, tanto físico como -seguramente- mental. La bañera se estaba llenando para que me de un baño y así relajarme un poco, o al menos cambiar un poco el ambiente, ya que supuestamente la noche venía para largo.
Yo seguía haciendo muchísima fuerza en las contracciones, de forma salvaje. No era como antes que bailaba, me estiraba, rodaba, me mecía o hacía fuerza conscientemente. Era salvaje, la fuerza nacía en otro lado, acompañada por un grito que venía desde mi panza, pasando por el pecho y casi salteando mis cuerdas vocales. Me sentía conectada con algo grandioso, con la totalidad (no la esencia: la totalidad) de mi ser. No, no me sentía conectada con la totalidad de mi ser. Era la totalidad de mi ser.
Yo permanecía en el inodoro, y Pablo me decía una frase que no recuerdo pero demostraba cierto miedito de que haga tanta fuerza ahí sentada.
Pablo en un momento amagó a incorporarse para cerrar la canilla de la bañera, que estaba por rebalsar. Le pegué un puñetazo seco en el hombro izquierdo, de arriba hacia abajo, y bajó de nuevo a acompañarme. Yo no podía tolerar ningún cambio, ni siquiera que él dé un paso hacia la bañera. Después de un ratito él decía "va a rebalsar" bien bajito, y se lo veía preocupado. Yo veía de reojo y sabía que faltaba un poco, aunque sea un minuto más. Y no me importaba que rebalse. Se podía dar vuelta todo el mundo a nuestro alrededor que lo único que quería, sentía y necesitaba era hacer fuerza en ese abrazo con Pablo.
Pero él lo veía desde el punto de vista práctico: sangre + líquido amniótico + agua de la bañera + mujer embarazada haciendo fuerza salvajemente apoyándose en su hombre = alto riesgo de caídas.
Entonces de pronto se convirtió en Flash Gordon y cerró la canilla sin que casi me de cuenta y casi sin soltarme. Yo pensaba que no le íbamos a poder abrir a Alejandra, la obstetra, y trataba de encontrar alguna solución, pero ni siquiera podía dejar a Pablo buscar el celular.

En un momento no sé por qué se me ocurrió llevar la mano a mis genitales, por primera vez en la noche. No me di cuenta automáticamente pero ahí hay algo que no es mío, pensé. Podía sentir la cabecita de Casiel. Apenas me di cuenta se me alivió muchísimo el dolor, y bajé del inodoro: puse la rodilla izquierda y el pie derecho sobre el piso, y en esa posición -que me dijeron después es la posición para parir más primitiva de la que se tiene registro- hice mucha fuerza con el mismo sonido abismal de antes pero ya con vibración de cuerdas vocales incluida. Supongo que es cierto que no hay que hacer fuerza sin contracción, porque no pasó nada. Pasaron unos segundos y lo hice de nuevo, esta vez funcionando. Salió la cabeza de Casiel (junto a mis gritos y alivio y felicidad), que recibí con una mano. Luego, en menos de un respiro los hombritos y el resto del cuerpo, que sostuve con la otra mano. Pablo estaba a mi costado: era una red protectora (que yo sentía fuertísima e inquebrantable) que con un brazo me sostenía fuertemente y con la mano abierta debajo mío cuidaba que no se caiga el bebé.
Casiel salió perfecto y hermoso, emitió unos quejiditos en seguidísima mientras lo levantaba hacia mí para conocerlo y abrazarlo tan emocionada que sentía algo así como amor en oleadas desde mi pecho. Los dos nos quedamos unos instantes extasiados y embobados mirándolo.
Después de verlo, abrazarnos los tres y observar que el bebé estaba bien y que tenía pitito me senté sobre mis piernas flexionadas, y le fui pidiendo muy suavecito a Pablo que le traiga la mantita de algodón a Casiel para abrigarlo, que ponga la filmadora, que me ate el pelo y que me saque el corpiño. Esto último se complicó un poquito porque todavía estaba el cordón uniendo a Casiel con la placenta en mi interior. Casiel se chupaba el dedo entonces le di un poquito de teta ahí en el baño. En seguida Pablo me llevó al piso del comedor con Casiel en brazos y llamó a la obstetra, extático.

-Hola, Ale, ya nació... ¡ya nació! lo tenemos en brazos, acá… ¿estás en la puerta? estoy bajando a buscarte.

Me dijo que Alejandra estaba abajo, que ya venía. Bajó corriendo descalzo dejando huellas de sangre en las baldosas beige de las escaleras (lindo panorama se deben haber imaginado los vecinos, con mis gritos y esa evidencia). La cámara me enfoca todo ese tiempo sola con Casiel en el comedor, y es muy lindo.
La obstetra le dijo a Pablo que cierre la ventana, y bajó las luces. Casiel instantáneamente abrió sus enormes pero hinchados ojitos y los enfocó en los míos, para no separarlos más de mí hasta dormirse. Alejandra me controló, lo miró a Casiel, cortaron el cordón con Pablo, y sacó la placenta, que ya estaba en el canal vaginal.
Después de limpiarme un poco me llevaron a la cama, donde ella me hizo un par de puntos en un pequeño desgarro. Pablo apenas pudo le dijo que ya volvía, fue a la cama del comedor y se desplomó de costado, un poco por impresión, otro por la intensidad de lo vivido, y mucho por cansancios de todo tipo.
Pablo estuvo impresionante, compuso un despliegue tal de agilidad, fuerza, contención, cuidado, estabilidad, atención, paciencia y amor que logró lo que sentí como la perfección.
Casiel nunca fue separado de mis brazos. Se prendió en seguida muy bien a la teta, y yo comí unas uvas en la cama. Luego ambos descansamos un poco, mientras Pablo y Alejandra limpiaban (ella se quedó a observarme unas horas), y tomaban un café en el comedor. El té de hierbas nunca lo tomamos. El Gatorade sí.

Casiel nació a las 4:00 AM del miércoles 26 de diciembre de 2007.

A las 7:50, justo después de que se haya ido Alejandra, decidimos llamar a mi mamá y mis hermanas, antes de dormir. Se bañaron, caminaron cien metros y lo conocieron emocionadísimas. Después también lo conoció Marcelo. Por último llamamos al resto de los abuelos y tíos de Casiel, desconectamos todos los teléfonos y dormimos los tres. Unas horas después se presentó el neonatólogo a hacerle un primer control a Casiel, y lo encontró perfecto.




Es cierto lo que dicen: esa noche fue la noche en la que me encontré con mi verdadera fuerza, con mi poder. En la que fui y supe. En la que el tiempo no existió, el espacio se relativizó, y entendí sin entender. En la que me desnudé, aunque suene cliché, en cuerpo y alma, como el disco de Aznar. Pablo, Casiel y yo éramos todo, éramos uno, éramos poder.
Ya nada va a ser igual en mí, por suerte. Sentí. Entendí. Fui. Soy.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Noviembre

Una noche de noviembre estábamos jugando con mis hermanos a la pelota y nos asustamos con una especie de liebre enorme con cara de caballo. Era difícil jugar a la pelota en mi chacra, ya que estaba en declive por estar en Villa Turismo, en la base del Cerro Piltriquitrón. La pelota se iba rodando lejos constantemente, y había que ir a buscarla. Para colmo generalmente si se detenía era porque se estancaba entre las mosquetas o, con muy mala suerte, en los árboles al otro extremo de la chacra. Un embole. Así fue como surgió el "gracias, María". El otro día estaba chateando con mi hermana, le recordé que podía faltar a la facultad sin quedarse libre porque si le hacían quilombo tenía la posibilidad de usar un certificado médico de la última falta, y me dijo "gracias, María". Casi me muero, me había olvidado. Una vez, jugando a la pelota, ésta se estaba por ir hacia la plantación de boysemberries unos metros más abajo, pero dio contra un pino. Al rebotar volvió hacia mí, que iba corriendo desesperada tratando de evitar ir a buscarla muy lejos (me había tocado el peor lugar de la ronda), y le dije al pino "¡gracias, María!". Mis hermanos se cagaron de risa y esa frasecita quedó para siempre: cuando algo externo (especialmente si era un objeto inanimado), sin querer o sin que le corresponda, te solucionaba un problema, decíamos "gracias, María". Me había olvidado, pero parece que mi hermana no: me contó que a veces esa exclamación se le está por escapar, a riesgo de hacerla quedar como una loca.
La vez que mencioné al principio estábamos jugando y se nos hizo de noche. Los últimos minutos de juego -antes de que nos alcance el grito de "¡al aaaaguaa chicos!"- eran de máximo disfrute; esta vez fueron muchos minutos y se hizo de noche, lo cual no iba a interrumpir el juego. Sólo lo podía interrumpir la voz materna prescribiendo un baño.
No nos daba miedo la oscuridad, al menos alrededor de la casa. Sólo daba un incentivo extra para atrapar la pelota antes de que se vaya por la bajadita después de los pinos a la plantación de frambuesas y boysemberries. No sé por qué, de nuevo yo estaba en esa parte fea de la ronda -o triángulo. La pelota se estaba yendo, yo corría atrás de ella, cuando salió una especie de liebre con cara de mala de entre los pinos. Fue la primera -y no sé si la única- vez que corrí frenéticamente de algo por miedo. Llegué a la puerta de entrada de la casa y no quise salir más, aunque eso significase adelantar la ducha. Le contamos a mi papá y dijo que era una mara, y que eran buenas.
El miedo fue cediendo terreno a otra sensación: por fin había conocido una mara. Mi mamá nos contó un día que a casi todas sus hermanas se las podía relacionar con un animal, por sus nombres. Así, Patricia era pato, y Mónica era mono. Al preguntarle por ella, Marina, nos dijo "¡yo soy mara!". Y nos explicó qué animal era ese. Para mí era algo imaginario, pero lo conocí una noche jugando a la pelota. Así se sumó otro latiguillo a nuestros juegos. No sólo estaba el "gracias, María", sino que también nos asustábamos al grito de "¡la mara!, ¡la mara!".

lunes, 8 de septiembre de 2008

Octubre

Una noche de octubre estaba con unos amigos y mi hermana en el refugio del Cerro Piltriquitrón y nos hicimos señas de luces con unos conocidos que estaban en la loma que nace en la Cordillera, del otro lado del pueblo. Hubo una época, a mis quince años, en la que tres amigos y yo nos hicimos cargo -extraoficialmente- de cuidar el refugio del Piltriquitrón, que estaba abandonado. Nos habíamos enterado de que no había refugieros y decidimos ir muy seguido; total la casa de mi papá quedaba en las rodillas del cerro. También cuidábamos a sus integrantes permanentes: dos gatos y varias plantas. A los gatos le habíamos puesto boludo y tarado. Se habían ganado esos nombres y respondían entusiasmados, pobres.

Desde el pueblo se puede ir en auto hasta la denominada plataforma, desde donde se tiran los parapentistas y donde está enterrado Venzano -personaje importante en la zona: médico, cartógrafo, aviador, geólogo, naturista, andinista, pintor, todavía se usan los mapas de la comarca que dibujó basado en sus observaciones desde las rocosas y heladas alturas. Son 13 kilómetros. Supongo que saliendo desde lo de mi papá nos ahorrábamos unos 4 km, ya que a veces lo hacíamos caminando y otras veces nos llevaban. Desde la plataforma hay que subir caminando por un sendero por momentos algo empinado pero nada peligroso, y en aproximadamente 30 minutos estábamos arriba. Bajar era más fácil y más rápido, lo hacíamos corriendo y/o rodando en menos de 10 minutos. Ya teníamos nombres para ciertas partes del recorrido, como la enorme roca que bautizamos morsa mirando al noroeste. Asimismo, cada uno de nosotros -especialmente el varón- tenía partes del terreno que le pertenecían, ganadas a puros porrazos. La vuelta a la civilización siempre era toda caminando, al menos hasta lo de mi papá. Pero era divertido y relajado, y nos dedicábamos a comer todo lo que habíamos cargado y no habíamos llegado a consumir. En un momento del camino de autos había un cartel que decía "disfrute el paisaje" (tal vez siga estando ahí). ¿Quién necesita esos recordatorios? Estaría bueno de vez en cuando que de la nada te caiga un cartelazo en la cabeza en el que se lea "disfrutá más la vida" o "disfrutá tus días", pero eso es otra historia.

Desde el refugio se ve el pueblo (guitarra por la noche, con luces de alumbrado municipal como diapasón y la caja hecha de lumbres hogareñas), la loma del medio y atrás la cordillera, luciendo en otoño su sombrero rojo de lengas. La loma del medio está entre los ríos Quemquemtreu y Azul. Este último divide la loma del medio y el nacimiento de la Cordillera de los Andes. Al menos eso entiendo yo: tal vez alguien de El Bolsón que sabe más (o alguien que sabe más de El Bolsón) lee esto y me corrige, tal vez todo es parte de la cordillera.
Desde ciertos sectores de la loma del medio se puede apreciar el pueblo retozando en el abrazo protector que le ofrece el incondicional Piltriquitrón. Un grupo de conocidos solía ir en esa época al mirador de esta loma a entretenerse a la noche. Eran los chicos un poco rebeldes pero lindos del momento, y uno de ellos tenía una combi que aprovechaban para boludear con calidad. Eso tiene el vivir en un lugar así: podés estar haciendo lo más tarado del mundo, pero tiene otro nivel si levantás la vista y ves semejante paisaje, o aguzás los sentidos y percibís tanta belleza, pureza y perfección. O tal vez eso me pasa a mí con El Bolsón, y a otra persona le pasa estando en Buenos Aires; quizás sea sólo un estado mental.

En esta foto -sacada años después cerca de la plataforma- se ve parte del pueblo, la loma del medio y la cordillera de fondo.



Esta otra fue sacada el mismo día que la anterior y se ve la parte sur del pueblo y el nacimiento de la loma del medio, bien a la derecha (recomiendo ampliarla para ver mejor).



Y, ya que estamos, una foto del piltri sacada por mi hermana hace cinco años.




Habíamos quedado con estos chicos (yo tenía onda con uno, que después fue mi primer noviecito, una de mis amigas tenía onda con otro, y mi amigo era amigo del dueño de la combi) en que si nos pasaba algo les avisábamos haciendo luces con la linterna. Lo que nos pasó fue que nos aburrimos, y queríamos verlos. Entonces salimos con la linterna y empezamos a hacer luces hacia donde adivinábamos estaba el mirador. No me gustaba demasiado ya que mucha gente del pueblo se podía preocupar al ver nuestras señales. Pero lo hicimos y al ratito vimos cómo dos conos formados por los focos de un vehículo iluminando la tierra levantada rotaban hacia nosotros, y al enfrentarse al Piltriquitrón y convertirse en dos círculos amarillos se apagaban y prendían varias veces.

Agarramos un par de cosas y empezamos a bajar rápidamente por el sendero que tanto conocíamos hacia la plataforma, donde los esperaríamos. Al llegar ellos se enojaron un poco porque se habían preocupado, entonces les dijimos que una de las chicas se había torcido un pie. Era verdad: mi amiga se había torcido el tobillo bajando el escalón del refugio (vas a la montaña, pero ¿te esguinzás con un escalón? eso es ironía), y se había quedado arriba porque le costaba caminar. Entonces dos de ellos subieron con mi amigo a buscarla, pero ella no quiso bajar (ahora lo pienso y veo que hizo bien, no era una buena idea bajar al pueblo de noche por ese camino zigzagueante en el que el precipicio a veces está a tu derecha y a veces a tu izquierda en una combi llena de rebeldes alcoholizados). Ahí se enojaron otro poquito, pero después se alegraron de seguir la joda todos juntos. Por suerte tenían bebidas. Me acuerdo que un día escribí en uno de los cuadernos (que eran como libros de actas) del refugio: "quiero que vengan los chicos, y que traigan alcohol!!!", y unos meses más tarde Cele, mi amiga cuatro años más chica, me contó que había leído los cuadernos y se había muerto de risa con lo de boludo y tarado. Y yo pensaba "espero que haya pensado que lo del alcohol era para desinfectarnos", y me quedé preocupada porque su familia había visto esa faceta mía. Se me complicaba a veces combinar mi adolescencia y el comienzo de la joda con mi amistad con una nena de once años, y cuando se mezclaban los dos mundos era raro. Unos años después, cuando me la encontré en bar tomando algo, nos hallamos en una sintonía más similar y fue lindo.

Esa noche, después de un par de horas, los chicos se fueron y nosotros volvimos a nuestro momentáneo hogar donde nos esperaban boludo, tarado y la chica que se había torcido el pie con el escalón, quizás haciendo juego con ellos.
Bastante tiempo después el refugio se quemó y lamenté mucho que se hayan perdido todos esos cuadernos que guardaban años de instantes memorables en cientos de caligrafías distintas.

Hubo otra noche en la que hice señas de luces a la distancia, y fue con mi papá -él desde la chacra y yo desde la casa de mi mamá. Se habían separado hacía poco y no teníamos teléfono en ninguna de las dos casas, lo cual lo hacía todavía más difícil. Un día no sé cómo se nos ocurrió con mi papá hacernos señas de luces. La noche pactada a la hora determinada yo estaba en la casa del pueblo de mi mamá con ella y mi hermano, y mirábamos la parte inferior de la montaña por la ventana de la cocina. De pronto, una lucecita empezó a titilar, y lo supimos: ahí estaban mi papá, Ana y Clari con una linterna, desde la parte más alta de la chacra. Nosotros empezamos a apagar y prender la luz de la cocina, pero sentíamos que no nos veían así que directamente cortábamos la luz del departamento una y otra vez. Estuvieron un rato pero no nos vieron, me enteré al dia siguiente. Supongo que era difícil percibir nuestras señas provenientes desde el pueblo, más iluminado.

Me gustaría aprender código morse para la próxima vez que organice algo así.

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Como para que no quiera y necesite volver allá:


Foto robada de la web. A menos que los ángeles usen zapatillas, fue sacada por un parapentista.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Tengo problemas

¿Justo se me tenía que romper la pc después de un post en el que digo que internet es mi amiga porque ahí es donde aprendo a tejer, a cocinar, busco direcciones, teléfonos, y muchas otras cosas que la hacen muy necesaria en mis días?

Estoy con síndrome de abstinencia. ¡Quiero mi compu, quiero mi compu! Y encima no confío en nadie para que me la arregle y no quiero que nadie la toque sin que yo vea. Y es un vejestorio, eh. Ya sé que soy rara.

Llego a perder todo (¡muchas fotos!) y me mato. No creo, pero ya veré.

Igual no me voy de acá. Ya vuelvo, desde donde sea.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Septiembre


Una noche de septiembre terminé de leer de un saque un libro sobre parto humanizado, que avaló todo lo que mi instinto me venía diciendo, y decidí que quería considerar tener un parto en casa. Un rato después, cuando mi pareja se levantó para ir al trabajo, le dije "Pablo, en realidad no quiero usar la obra social, me parece que quiero un parto en casa, pero después lo hablamos bien". Y me dijo que estaba bien.
Antes de quedar embarazada quería toda la tecnología posible, así que nos metimos en la “mejor” prepaga para maternidad. Estaba entusiasmada porque me iban a dar pantuflitas en la clínica y una afeitadora a mi marido. Al pasar los meses, a medida que mi panza crecía también crecía mi conexión con la naturalidad del embarazo, el parto y el nacimiento, y mi instinto me decía que las cosas no iban a salir como lo había sentido toda mi vida si seguía el camino que estaba tomando. Pero no tenía las herramientas para pensar otro camino. Al leer ese libro, se me presentaron muchas variantes, y vi que no era tan hippie, descocado, ni necesitaba tanta preparación el tenerlo en casa o buscar un parto más natural. Me acuerdo de haberle dicho a mi mamá, con una panza de cinco meses: "estaría bueno tenerlo en casa, pero ya es tarde, eso necesita mucha preparación".

Yo quería que no me metan ninguna sustancia; yo quería que no me corten; yo quería que me esperen lo que me tengan que esperar; que me dejen libre; que lo dejen a Pablo libre; que no nos asusten; que no nos manipulen para amoldarnos a su comodidad; que no me separen, en lo posible, del bebé; que no le hagan cosas innecesarias al bebé. Yo sabía –y siempre supe- que iba a estar todo bien en mi parto, pero que no sólo dependía de mí, de Pablo y del bebé sino también de la gente con la que eligiéramos hacerlo.
Al hacerse más presentes esas inquietudes, cuando el libro avaló lo que me venía diciendo mi instinto, tanteé la posibilidad de lograr un parto totalmente natural dentro de la prepaga. Decidí hablar del tema con mi obstetra (al que había elegido luego de pasar por otros tres que no me convencieron al principio del embarazo), que era divino pero me dijo cosas como "es una estupidez no darte la epidural", "si te duele una muela ¿que hacés?, ¿te ponés anestesia o dejás que se pudra?", "está bien, no te pongo oxitocina, pero si el parto no avanza en dos horas vas a cesárea", "es muy raro que una primeriza se salve de la episiotomía", "vos vas a tener suero desde el principio y el feto va a estar constantemente monitoreado y si cambian los latidos vas a cesárea". De esa charla me fui mal pero al mismo tiempo más aliviada, porque al menos él fue sincero y yo ya sabía lo que me esperaba si seguía con él.
A raíz de esa conversación empecé a averiguar en mi amiga internet (donde aprendo a tejer, a cocinar, busco direcciones, teléfonos, y muchas otras cosas que la hacen muy necesaria en mis días), y encontré varios grupos de profesionales que asisten y asesoran la clase de embarazo, parto y crianza que yo quería lograr y que iba con lo que queríamos Pablo y yo. Leí otro libro y varias notas, mientras le iba contando a Pablo y pasándole lecturas.

Lo que fui aprendiendo, que se confirmaba mientras más mujeres y hombres me contaban sobre sus experiencias en establecimientos tanto privados como públicos, es que se genera una reacción en cadena por un intento de los profesionales de la salud de controlar el parto, que casi siempre termina en cesárea o en un acontecimiento no del todo agradable, donde los protagonistas son los médicos y asistentes y la mujer es un objeto –y uno enfermo. El marido/papá directamente casi no figura. Tienen todo armado para ser fábricas de bebés y todo dispuesto para la comodidad de los médicos, con respecto a tiempos, condiciones y procedimientos. Se trata al parto como una enfermedad cuando no lo es. Y se contradicen cosas que no solo son obvias por sentido común sino que -por ejemplo- están recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (y se hacen rutinariamente cosas que están altamente contraindicadas por la OMS).

Me di cuenta de que en las clínicas privadas es inusual un parto sin anestesia peridural. Hasta les parece muy raro que alguien les diga que no la quiere. Raro y estúpido, y no sólo a los médicos, sino a la gente de esta ciudad en general. Pero esa anestesia no es inofensiva, tanto física como emocionalmente. Parece que "anula" la hipófisis, y no se segrega más oxitocina natural (que es una hormona que se libera en el parto o cuando se amamanta, y parece que también en el orgasmo y cuando estamos enamorados), que conduce las contracciones. Entonces, se pasa a la segunda instancia, que es poner un goteo de oxitocina (que no es oxitocina, en realidad), lo cual hace las contracciones más violentas y seguidas, así logrando lo que quieren: obtener un parto en menos de dos horas. Pero en la mayoría de los casos hay que ir a cesárea porque las contracciones al no ser naturales causan sufrimiento fetal, entre otras cosas. La mamá naturalmente genera contracciones que tanto ella como el bebé pueden soportar: pero si hacen todo así, arruinan irreversiblemente el proceso. Además el dolor en el parto es, entre otras cosas, lo que ayuda a despertar el instinto animal que hace que se pueda vivir de la mejor forma -y sobrellevar- semejante labor, sin dejar lugar a que la mente aporte miedos, angustias, distracciones, preocupaciones, enojos, ideas, que sólo traban el proceso. Y es lo que enfatiza las ganas de pujar: porque muchas veces pujando se lo alivia.
El índice de cesáreas en Capital Federal es de un 50% a 60% en hospitales públicos y un 80% a 90% en clínicas privadas, cuando debería ser un 10% de todos los partos. Increíble. Y ni hablar de la episiotomía: obviamente como los tejidos no tuvieron el tiempo necesario, no están listos para que salga la cabeza del bebé. Así que, si después de todo eso, se logra un parto por vía baja, seguramente va con episiotomía -que la hacen de rutina, obviamente. La OMS recomienda que es mejor un desgarro del tipo o nivel uno o dos que una episiotomía, porque la episiotomía es cortar directamente todo, incluido el músculo. Frente a un inminente desgarro de grado tres, es bueno un corte. Pero si no: no. Pero no hay con qué darle, la hacen mucho antes de que corone el bebé.

También averiguamos lo que le podían hacer al bebé como rutina innecesaria:
- Cortar el cordón en seguida, cuando es mejor que quede hasta que deje de latir, ya que la placenta le manda todo "lo bueno" (hierro, etc.) al ver que el bebé salió, y es muy beneficioso para el primer tiempo. Además lo obligan a introducirse en el medio aéreo de golpe, cuando podría estar tosiendo, eliminando secreciones, y recibiendo oxígeno por el cordón hasta estar listo para usar sus pulmoncitos.
- Separarlo de la mamá, aunque es lo primero que necesita y a lo que está acostumbrado.
- Meterle sondas -una gástrica y otra anal- cuando no es necesario hacerlo de rutina y es totalmente invasivo y violento para el pobre bebé. Se pueden controlar las obstrucciones en una primera instancia de otras formas no tan agresivas, con un estetoscopio y observando al bebé.
- Pesarlo, bañarlo, manipularlo, pincharlo, ponerle un líquido en los ojos, en vez de dejarlo con la mamá y la teta (y el papá) que es lo mejor que puede pasarle y lo que necesita.
- Si pesa aunque sea apenas menos de 3 Kg., va a incubadora por un par de días en observación, cuando, de nuevo, la mejor incubadora en este caso (que no es que peligra realmente su salud) es la mamá.
A veces hasta le dan leche de fórmula y suero, sin siquiera preguntar. Y las vacunas, que son un tema aparte.
La posibilidad de que le hicieran algunas de estas cosas nos angustiaba. Y las cosas que podrían llegar a hacerle fuera de la rutina normal -presentada alguna mínima eventualidad-, ni nos queríamos imaginar. No confiábamos en la forma en que eran tratados los recién nacidos sanos por el sistema médico.

Entonces el panorama era que en los partos normalmente se hacía una reacción en cadena de procesos que no necesitaban ser rutinarios, que empezaban con un suero y la inmovilidad de la madre en posición acostada y el monitoreo fetal constante con un cinturón (lo que impide que el parto avance bien y las cosas circulen como deben), al ir todo lento siguiendo con un goteo de oxitocina y/o rompimiento de bolsa, que iba de la mano con la peridural, y ahí o terminaba en cesárea, en la mayoría de los casos, o si no en parto vaginal pero con episiotomía y un bebé sometido a un proceso violento por demás (con contracciones tan duras y brutas, no naturales), y al que le esperaba todavía más con las rutinas que le harían a él.

Eso es lo usual, y a veces también se apura a la embarazada y le despegan la membrana, le ponen prostaglandina en algún tacto de las últimas semanas -sin siquiera decirle, ya que piensan que deben inducir el parto (se lo hicieron a una amiga y a una conocida, y parece que es común)-, o la fuerzan a inducir el parto artificialmente por una cuestión de fechas o a cesárea apurándola o con pretextos como que existe circular de cordón (la realidad es que el bebé se enrosca y desenrosca constantemente).

La mayoría de los procedimientos médicos antes mencionados son realmente útiles y extraordinarios cuando son necesarios. Debemos agradecer que existan y que haya profesionales entrenados para hacerlos. Pero usarlos metodológicamente en partos sin patologías es tratar de dominar lo indomable. Es intervenir artificialmente en uno de los actos más primitivos del ser humano. Es tratar de prever, planear, determinar y estructurar los partos en un molde cuando cada parto es diferente, así como es diferente cada vez que se hace el amor.

Leí en algún lado que en un embarazo de bajo riesgo es menos factible que pase algo si el parto transcurre en la casa, ya que –entre otros factores, como que la mujer se siente más cómoda con sus cosas, sus olores y en un lugar propio e íntimo- en clínicas y hospitales, al intervenir el hombre en algo totalmente fisiológico y natural, hay más tendencia a alterar el proceso y que éste se complique. Lo ideal sería que los partos sean en los hogares o en casas de partos o instituciones específicamente aptas para eso, y que los hospitales y clínicas estén preparados para recibir a la madre y al bebé si hace falta, con el equipo que los acompaña (parteras, idealmente), suministrando todo lo que sea necesario (transporte, profesionales, insumos, tecnología e instrumental médico).

Recuerdo que en una clase de gimnasia para embarazadas (a la que fui una sola vez), la profesora al leer mi ficha mencionó mi interés en tener un parto en casa, y todas me miraron, absorbiendo con sus bocas abiertas de asombro todo el aire del salón. Una de las panzonas me dijo: "pero... ¿no te da miedo? a mi me daría miedo no tenerlo en una clínica", y yo le contesté: "a mí me da más miedo todo lo que me harían en el hospital". Automáticamente me arrepentí un poco, porque tal vez las asusté. Quizás esa noche no durmió la pobre chica. Pero que se jodan, me daba bronca porque estaban todas asustadísimas y totalmente desinformadas. No sabían nada de lo que pasaba en un parto, especialmente fisiológicamente. Si algo te asusta: ¡informate! ¡averiguá! Hasta le preguntaron a la profesora, en la charla que tomaba lugar después de la clase, qué era la peridural. Ellas se entregaban a las manos de los médicos, parteras, anestesistas, enfermeras, neonatólogos y pediatras como vacas temerosas al matadero. Ellas colaboraban con el sistema de "fábrica de bebés" siendo sólo envases. Es cruel mi forma de decirlo, y no es taaan así. Pero me sacaban.


A raíz de ir aprendiendo todo esto me contacté con tres de las personas o agrupaciones de personas que pugnan por un parto fisiológico y natural, dos de ellos autores de los libros que mencioné. Fuimos con Pablo a tres charlas distintas en distintos barrios de esta ciudad, donde escuchamos testimonios, hicimos y escuchamos muchas preguntas y sus respuestas, miramos videos, y conocimos a las personas que podrían acompañarnos en ese camino que todavía no habíamos decidido del todo tomar. Luego fuimos a tres consultas, una por cada charla: la primera con un médico y las otras dos con parteras.
Nos dimos cuenta de que es casi imposible "pelear" al sistema desde adentro, y que no es lo mejor que el parto sea una lucha con la institución. Si se quiere un cambio es bueno movilizarse pero desde otros lados. Es demasiado valioso un parto/nacimiento como para arriesgarse así, casi ingenuamente, pensando que por imponernos, plantarnos con fuerza, por nuestros gritos o por llevar un documento que muestra las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, los hospitales y clínicas van a cambiar sus métodos y su organización. Además hay muchísimos profesionales que lo hacen de buena fe, porque realmente piensan que es lo mejor, porque les enseñaron así.

Un mes después de la noche en que leí el libro ya prácticamente decidíamos cómo encarar un parto en casa. No sólo por esto de que queríamos evitar al sistema tan equivocado y hasta a veces perverso, sino porque también aprendimos que el parto/nacimiento es algo natural y parte de la vida familiar y de la intimidad de la pareja, y que es muy hermoso si puede suceder de la misma forma que empezó: en la intimidad de nuestra casa, y de una forma tan hermosa y amorosa. Que no hay que verlo como una enfermedad, sino como algo con una connotación sexual, muy especial e íntimo y familiar; con cierto riesgo, sí, por lo que hay que tomar recaudos, pero que lo ideal era que suceda en casa naturalmente, dado que las instituciones no estaban preparadas para hacer las cosas bien.

Entonces, mientras terminábamos de decidir cuál de las dos parteras iba a acompañarnos, saqué turno con tres obstetras más de mi prepaga, que me habían recomendado como "los más potables de la cartilla". Quería tener alternativas dentro de la prepaga, por las dudas, con una orientación similar a la nuestra. El primero me dijo casi lo mismo que mi ex-obstetra, y que sería imposible encontrar lo que quería en este sistema. Que deje de buscar y me amolde al mismo. Que si él hiciese los partos como los quiero yo, no podría hacer los X partos que hacía al mes (1: él no hace los partos. 2: adaptan a las parturientas a sus comodidades o a sus billeteras y encima te lo dicen en la cara).
El segundo me dijo que no iba a estar para mi fecha probable de parto pero que estaba de acuerdo con que el parto sea lo más natural posible dentro de lo que la situación y la clínica permitan. Que era complicado, y que me comunique con grupos que hacen partos en casa, porque era lo que más iba conmigo. Le dije que ya había ido a algunas charlas, y le pedí que me diga, como médico, si realmente funciona la teoría del "plan B" para emergencias. Si se puede llegar a la clínica al haber una complicación en el parto en casa. Me dijo que las patologías se ven venir, y dan tiempo a llegar.
La tercera tenía un enfoque mucho más como el nuestro, aunque sentí que llegado el caso tendería aunque sea levemente hacia la búsqueda de la patología y la intervención quizás innecesaria. Nos quedamos con ella como mejor opción dentro de la prepaga, para seguir teniendo estudios y medicamentos "gratis" y por las dudas.

A todo esto ya habíamos elegido quiénes nos iban a acompañar e íbamos a reuniones de preparto y controles con ellas. Aprendí de a poco a escuchar a mi cuerpo, a desactivar mi mente cuando es necesario, a divertirme, a soltar, a sentir más, a confiar, a traspasar obstáculos o al menos intentarlo con todo mi ser, a sentir mi poder. Con Pablo fuimos acercándonos a conocer lo que pasa fisiológicamente, emocionalmente y a nivel de pareja en el parto y posparto, y nos íbamos preparando para el gran acontecimiento.

Como casi entrando al octavo mes se me complicaba barajar el doble control del embarazo (el de las parteras y el "fingido" con la obstetra para mantenerme como paciente), y la obstetra empezaba a querer intervenir (quiso hacerme un tacto innecesario), mi partera nos recomendó que directamente tengamos al bebé en casa con ella y una obstetra con la que ella trabajaba, en vez de con ella y otra partera. Y si pasaba algo íbamos a la clínica con esta médica. La conocimos y decidimos que eso nos cerraba más. Hice muchas averiguaciones y trámites en la prepaga, ya que teníamos un plan cerrado, y logré que llegado el caso la dejen pasar a ella y nos cubran la internación y el anestesista en una clínica a doce cuadras de casa.

Después de mucho trabajo, de mucho aprender, de mucha introspección, mucho observar y averiguar ya había tomado forma nuestro plan de embarazo/parto/nacimiento/primera crianza.
No sólo lo emocional nos hizo llegar a esa decisión, sino también lo lógico. No teníamos duda de que estábamos haciendo lo correcto y estábamos felices de haber llegado a ese camino. Sentíamos que estábamos haciendo las cosas bien –pasara lo que pasara-, y que le dábamos lo mejor a Casiel, y a nosotros mismos.

¿Quién sabe? Así como ese libro me ayudó a hacer el clic de "se puede", tal vez este escrito que da cuenta de ese recorrido tan importante en nuestras vidas que hicimos con mucho trabajo le llegue a alguna persona (si es que alguien llega hasta acá abajo), la movilice aunque sea mínimamente y la ayude en la creación de su recorrido personal.



Links:
www.parirconparteras.com.ar
www.tierradepartos.com.ar
www.nacimientoenfamilia.com.arwww.dandoaluz.net
www.partos.com.ar
www.partolibre.com.ar
www.partohumanizado.com.ar
www.doulasdeargentina.com.arwww.elpartoesnuestro.es
www.relacahupan.org
www.crianzanatural.comwww.busquedapermanente.blogspot.com
www.parterianatural.com.ar
www.doulaamorosamente.blogspot.com
www.soniacavia.com.ar

Recomendaciones de la OMS sobre el parto y el nacimiento

Callate y Pujá, un corto (un poco fuerte, aviso).

martes, 19 de agosto de 2008

Agosto

Una noche de agosto estaba con tres amigos en una carpa en el bosque, y sentimos unos ruidos extrañísimos. Habíamos ido de campamento al primer morro, que nace detrás de la casa de mi papá, en el cerro Piltriquitrón. Osito, Mary, R (que años después fue mi novio) y yo habíamos caminado media hora desde la última calle que hay antes del bosque cada vez más puro de montaña, hasta encontrar un lugar con arroyito, vista del pueblo -que en esa época a la noche se veía como una guitarra eléctrica, cuyo diapasón eran las luces de la avenida principal- y hasta una tímida cascada. Habiendo acampado en un pequeño claro al lado del arroyo, y ya listos para dormir, sentimos a lo lejos un sonido como de golpes secos. Yo los tranquilicé diciendo que estábamos cerca de Villa Turismo y podía ser que por algún misterioso fenómeno acústico escuchemos a alguien trabajando en su casa, pero no me convencía mi explicación, especialmente porque era alrededor de la una de la madrugada. El ruido se fue acercando, y nosotros parecíamos concursantes arrojando frenéticamente posibles explicaciones, el ganador siendo el que nos convencía y por ende tranquilizaba a todos. Nada parecía suficientemente razonable, y lo sabíamos. Lo que elegimos para tratar de superar ese miedo y pasar la noche fue: hay una rama en el arroyo que golpea un tronco. Pero los ruidos eran demasiado regulares en su irregularidad.
Yo había elegido un lugar estratégico: entre Mary y R. Creo que a nadie le gusta estar contra las paredes de la carpa (lo único que divide el sueño tranquilo del insondable mundo del bosque oscuro es una tela), así que nosotras mandamos a los varones a los costados.
El ruido de la rama seguía y, para desgracia nuestra, confirmamos que lo que estaba pasando no se trataba de algo explicable dentro de la normalidad de un bosque cuando empezó a sonar una campanita. El tintineo se fue acercando hacia el frente de nuestra carpa, mientras que el golpe seco seguía su ritmo escalofriante ahora más lejos y a nuestra derecha.
La teoría que ganó en este nuevo concurso fue que había alguna manada de ganado, y que la campanita estaba en el cuello de alguno de los animales. Yo ahí empecé a contarles de Mariposa, la vaca de mi vecina.
Pero, ¿y los palazos? pregunté.
Y... el ganado no creo. La rama en el arroyo.
La vaca y la rama no nos convencían pero tratábamos -quietos- de dormir cuando sentimos a nuestra izquierda una ramita quebrarse a menos de dos metros de la carpa, con ese crujido que hace una varilla de madera seca cuando alguien la pisa. Punto cúlmine de miedo, con reacciones diversas: Osito dijo "pasame el .45", y daba más risa que miedo. Mary estaba petrificada; parecía una momia, callada y quieta en su bolsa de dormir. R estaba en shock nervioso, prácticamente llorando. Yo abrí el cierre de la carpa, salí, y grité "¿¡quién mierda está ahí afuera!?". Ahí sentí algo que me tiraba del pullover hacia adentro de la carpa: era R, al mismo tiempo que me gritaba en un susurro "¡NO! ¿estás loca?".

No sentimos más ruidos, pero tardamos bastante en dormirnos. A la mañana siguiente Osito usó sus conocimientos de boy scout y se puso a examinar los alrededores de la carpa. No vimos pisadas ajenas; sí había huellas y caquitas de oveja. En mi opinión no eran frescas, pero le adjudicaron al animal el susto de la noche anterior. Ella había pisado la ramita, y tenía una campanita en el cuello. A mí me parecía que lo que habíamos escuchado tenía un tinte demasiado humano (o ex-humano) como para que haya sido la ovejita y una rama trabada en el arroyo. Fue una de las veces que más me asusté en mi vida.
Ese día bajamos, y le contamos a todo el mundo. Era difícil explicar el miedo que habíamos sentido, y todavía no había salido El proyecto Blair Witch como para comparar.

Ese año terminé la secundaria, me fui a vivir a Estados Unidos y, después de un par de años, en una de mis visitas a El Bolsón, mi hermano me confesó que había sido él.
Mi hermano, mi-ex-novio-que-terminó-siendo-su-amigo, y otro compañero mío habían subido a oscuras (como la casa de mi papá está sobre esa última calle de la Villa, el morro es como nuestro patio gigante en forma de cerro) con un hacha y una campana a cuestas, y se habían dividido para asustarnos. Mi compañero hachaba un tronco bastante lejos hacia el norte, mi hermano esperó un ratito y empezó con la campanita unos metros hacia el oeste, y mi ex novio se había ido acercando hasta llegar muy cerca de la carpa para escuchar nuestras reacciones. Quedó impresionado con la mía (ya dije en un post anterior que le gustaban mis ovarios loquitos), y se reía mucho de Osito y de R. Bueno, muchos lo hicimos después de esa noche.
Los tres macabros, en vez de usar un palo, subieron con un hacha para hacer ruidos más asesinos. ¡Y la campanita! Hay que ser guachos...
Dice mi ex novio de la secundaria que estuvo parado muy cerca mío cuando salí de la carpa. ¡Qué miedo! Me llegaba a tocar y me moría de un infarto.
Cuando mi hermano me contó que había sido él, lo primero que le dije fue, con los ojos aún bien abiertos de asombro y una sonrisa gigante:
Gracias. Estuvo buenísimo.

viernes, 15 de agosto de 2008

Julio

Una noche de julio estaba recién acostada en mi cama, en la oscuridad del cuarto que compartía con mis hermanos. Esa habitación de ciprés que tenía una salamandra. Mis papás se habían separado hacía poco, así que estábamos sensibles. Esa noche nos habíamos quedado Santi y yo en lo que en ese momento era lo de mi papá. Procedimos a saludarnos, cada uno desde su cama, y mi papá desde la habitación de al lado:

Padre: Hasta mañana, chicos
Ceci: Hasta mañana, pá.
Santi: Que sueñes con los angelitos, papi.
Padre: Que sueñes con los angelitos, Santi.
Santi: Que sueñes con los angelitos, Ceci.
Ceci: Que sueñes con los angelitos, Santi.
(y eso que no éramos creyentes)

Yo ahí me puse a pensar que nunca le había dicho a mi hermano que lo quería. Nos matábamos bastante, y además mi familia no era muy demostrativa.
Entonces, estuve como dos minutos intentándolo. ¡No podía decirlo! Cuando estaba a punto de pronunciar la primera sílaba (las otras dos vendrían naturalmente después) se apoderaba de mí una especie de pudor petrificante. Una y otra vez. Hasta que al final tomé coraje -como cuando, a la orilla del lago, empiezo a caminar decidida y me sumerjo de pronto en el agua helada-, y le dije "te quiero".
Y él me dijo "yo también". Me dio mucho amor ese diálogo. Y me imaginaba a mi papá, emocionado, del otro lado de la pared machimbrada. Dormí especialmente bien esa noche. No era como meterme en el lago helado; sentía una calidez única, muy reconfortante.