lunes, junio 20

Narciso sin espejo

Yeya era mi abuela. Yo tenía catorce años cuando se murió. Un día fui a su casa, que estaba huérfana desde hace una semana, así como mi mamá y sus hermanas. Me dijeron que elija algo de su cómoda. Yo miré un ratito lo que había ahí, y pensé: “¿me podré elegir ese espejo antiguo gigante colgado ahí arriba?”.
Había muchos perfumes. A ella le encantaban los perfumes caros. Me llamó la atención uno cuya tapa era una flor.
Un narciso.
Lo agarré, mirándolo por unos instantes como un tesoro, sabiendo que desde ese día sería importante para mí. Y así fue que me acompañó hasta hoy. A veces pienso que es una forma de llevar a Yeya siempre conmigo. Y también, a esta altura, es parte de mí; la gente que me conoce y lo huele lo asocia automáticamente conmigo.
¿Algún día dejarán de fabricarlo? Si es así, ¿perderé el nexo con mi abuela? ¿Estaría desapareciendo otra fracción de ella en el mundo? ¿O algo mío? ¿Perderé mi esencia? Eso pasa cuando la esencia viene de afuera. Mi esencia no la voy a perder. Tampoco la conexión con Yeya. Además, mis primitas me llaman “Yeye”, que aunque esté pronunciado “ieie”, también me recuerda a ella. Igualmente, si tuviera mucha plata, llenaría todo un estante de mi placard de Narcisse de Chloé, por las dudas.

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