jueves, julio 31

Enero

Una noche de enero mi mamá exigía a gritos, en la Clínica Bazterrica, que no la rasuren ni le pongan goteo de oxitocina. Iba a nacer Cecilia o Andrés. En eso pasa su médica -con la que ya había tenido a mi hermana Ana-, y le dice a la enfermera afeitadora que está todo bien, que la deje. El goteo se lo ponen, aunque Marina dice y repite que no lo necesita. Al rato se lo tienen que sacar, porque el parto avanza demasiado rápido. La trasladan a la sala de partos ya pujando -le piden que no puje-, y casi nazco en el ascensor. Nací tan rápido que Ricardo, al que hicieron vestir para la ocasión, casi no pudo verme salir.
Nací a las 5 en punto; tocaba cambio de turno de personal. El enfermero, muy amanerado y calzando zuecos, entró en crisis porque había dejado la sala reluciente, y estaba a punto de colgar la gorrita cuando entra mi mamá, y en el pujo final, enchastra todo. Fue tan rápido el parto que resultó un quilombo, y Marina perdió mucha sangre.
Me pusieron en sus brazos, me reconoció, y después me llevaron a limpiarme, y a mi mamá a su habitación. Se sentó en la cama y se desmayó de costado (esta vez le tocaba a ella, en el parto de mi hermana mayor se desmayó mi papá), y cuando se recuperó comenzó a pedir que me lleven con ella. Estuvimos quince minutos separados, y cuando me devolvieron no me habían limpiado bien, por lo que se me dificultó respirar y empecé a expulsar mucosas por la nariz. Pasado ese susto, me prendí a la teta muy bien. Cuando llegó Ana de visita, con sus 2 años y 10 meses, se sacó las zapatillas y se metió en la cama con su mamá y el bebé.



Primera hoja de la carta que mi papá le escribió a un amigo relatando mi nacimiento, y afortunadamente para mí y mi espíritu guardarecuerdos nunca mandó.

miércoles, julio 23

Rodeada

Estoy en la cama. Me siento muy triste pero no puedo acordarme por qué. No tengo fuerzas. Estoy quieta... quieta y como tonta. Pero de desconsuelo.

Aparece él. Me abraza tan fuerte que me saca aire de los pulmones, así como toda mi tristeza. Se acuesta conmigo.

Me dice:

- Te traje una rosa, pero se me perdió en el camino, no sé bien dónde.

- ¿Te acordás la primer rosa que me regalaste? Ni siquiera me la regalaste vos.

- ¡Ah! Sí... estábamos en el bar ese, donde cantaba jazz un tipo, y como pensó que yo no te la compraba porque no tenía plata, te la compró él.

- Yo no entendía nada, porque el tipo aprovechó cuando fui al baño.

Reímos abrazados. En este momento me siento como en casa. Le pido que me siga hablando. Lo hace.

- ¿Y te acordás cuando jugamos a las escondidas con un montón de amigos, en un campamento, en el bosque, de noche?

- Por suerte era en parejas, si no me moría de miedo.

- Sí, pero nosotros nos escondimos tan bien que no nos encontraban más, y ahí empezamos a darnos besos... y bueno, se cansaron de buscar, y siguieron jugando solos.

- Sí, qué lindo. Y mirábamos las estrellas para ver si se caían y pedíamos deseos. Yo pedía que todo siga bien con vos.

- Yo también.

Me besa los ojos y me dice que me duerma. Yo quiero seguir escuchándolo.

- Bueno, ¿sabés qué me acuerdo siempre? cuando, aunque vivíamos en el segundo piso, tomábamos el ascensor hasta el piso 22, sólo para darnos besos en el camino.

- Yo me miraba en el espejo del ascensor abrazándote, y quería guardar esa imagen para siempre. Te guardo siempre, aunque no quieras, ¿sabés?

- Yo también te guardo. Y vos guardás al cordero de Júpiter.

- ¡Me había olvidado! - le digo, y empezamos a reír, con una risa totalmente diferente a la risa de las cosquillas. Con esa risa que nace de muy adentro, de un lugar donde no hay ni un poquito de luz.

Negro. Todo negro.

Me despierto. De nuevo soledad, de nuevo tristeza. Tengo una agenda en las manos, abierta. Hay una cáscara de maní, toda aplastada, pegada con muchas cintas a una página. Las cintas están amarillas en sus extremos y ya casi no pegan. Al lado de la cáscara quebrada dice "Cordero de Júpiter que me regaló él".

Me rodea la tristeza, y no puedo hacer nada para escaparme.

Y esta vez sé por qué.


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Ésto lo escribí hace un par de años o más y no lo puse acá porque el chico con el que salía lo iba a malinterpretar y en consecuencia hacer mi existencia más complicada; las cosas no estaban nada bien.

Estaba de luto, triste porque extrañaba cierta sensación, y no pensaba (ni quería, tal vez) recuperarla jamás.

Es un rejunte. No se refiere a nadie en especial sino a muchos y a un estado, que depende de la conexión con otro, y generalmente se va extinguiendo (o modificando, dirían los optimistas) de a poco al pasar el tiempo así, de a dos.

martes, julio 15

Sitiada

No hice cheesecake, lasagna o selva negra, como había prometido.
No fui a pasear a la montaña.
No caminé por el pueblo con mi hermoso bebé, cómo había planeado.
No fui a la feria, todavía.

En cambio: me engripé (o lo que sea). Traqueítis. Y viví por primera vez el miedo de madre con hijo afiebrado.

Mi casamiento, que fue acá, fue "diferente" en un buen sentido. Hicimos lo que quisimos, y realmente brillamos. No hubo ni un dejo de acartonamiento, y elegimos qué tradiciones seguir y cuáles dejar de lado. Preparamos un baile de flamenco árabe, me hice una corona de flores secas, y hasta tuvimos una torta de flores violetas con muñecos hippies.

La gripe la tuve que encarar de una forma más natural por estar amamantando, y fue posible gracias a estar acá. Té de mosqueta rojo y humeante, jarabe de sauco, mimos de madre, crema de caléndula para las paspaduras, té de mosqueta e hibiscus con miel, y para Casiel mimos de todos y vapor de agua pura.

Esas cosas son mágicas. Las recomiendo.

Tal vez me haga dealer de tés, cremas y jarabes mágicos en Buenos Aires.
Los mimos por ahora no los comercializo.

domingo, julio 6

Autóctonos

No son los que arreglan subtes atrás de mi edificio, que se saludan y dan portazos a las seis de la mañana. Ahora son los teros y bandurrias los que despiertan a mi hijo y en consecuencia a mí, y me hacen bailar por la habitación oscura con un bodoque de siete kilos que dice "baaa-baa-baaaaa", se ríe, y pega grititos. Al menos ahora lo puedo considerar como un ritual animal matutino.

viernes, julio 4

Tres de mis verdes

Verde de verdad, verde puro, de El Bolsón.
Casiel mira asombrado el movimiento de los árboles a través de las ventanas.
Yo miro extasiada en mi interior cómo crecen los brotes y se llenan de savia curadora las heridas: es contagioso el verde de acá.

Verde de deja vu. Tejo unas pantuflas para regalarle a un niño que quiero mucho, y al hacer el eterno punto elástico me acuerdo cuando en mi adolescencia me tejí un pullover de ese mismo verde, todo en punto elástico. Dos para arriba, dos para abajo; dos del derecho, dos del revés. Y mi mamá lo terminó, porque tanto no sabía.

Verde de madre, porque lo confieso: guardé un pañal de mi hijo, con caca, para mostrarle a mi marido cómo había hecho con espinacas por primera vez.

A veces me gusta el verde.