jueves, marzo 2

Un metro y dos centímetros plegados en mi ropero.
Un metro y dos centímetros de mirarte a los ojos y ver esas palabras que dejaste en el río.
De saber ciento dos veces que tenés esa luz -alma de diamante.
De cielos que se multiplican -naranjas, transparentes, insomnes, de gris y azul gastado, con jirones de luz, starry nights, de negro quebradizo, con esquirlas de acero profundo- y, cómplices, se separan del horizonte; una gota viscosa que pende intensamente tras estos ojos y me abarca cuando pienso en vos.
Un metro y dos centímetros de piedras gemelas, de rocas que se abren en capas, de gemas abrazadas por raíces, de piedras que recorren el cauce del río.
De poder mirarte con mis ojos de niña -vértigo- y poder sentir tu ausencia con mis ojos de mujer.
Un metro y dos centímetros es el largo del río, y a cada palmo hay uno de esos instantes nuestros -alerces, cassettes, hormigas, puentes- grabados en la madera amarilla, como quedaste impreso en mi todo -en mi nada.
El tiempo también se plegará.
El tiempo se plegará en nuestras almas.

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