miércoles, mayo 18

Anoche

Dormías en el cuarto. Me puse tu campera, sin saber por qué. Respiré tu olor, que es como mío. Aspiraba, llenándome los pulmones de vos y tratando de completar tu espacio adentro de la campera.
Sabía que te ibas. No sabía cuándo y menos sabía cómo.
Odio mis premoniciones, ¿sabés?
Ahora estoy envuelta en tu campera de nuevo. Hace unas horas le decía a Spinetta en un sueño que mi niñez, mi vejez y mi madurez están plegadas en una misma unidad que es mi presente, y que eso se ve en mis ojos honestos, mi expresión melancólica y mi sonrisa perenne.
Tal vez no debería pensar tanto en mí, o soñar conmigo. Pero todo es , aunque piense en cualquier otra cosa. Como en vos, durmiendo en mi cama.
Siempre sola. Las personas me distraen de ese sentimiento con el que miro al mundo, que está bañado de cierto halo tragédico frente a la magnificencia y al mismo tiempo banalidad de las cosas. Creo que es esa la clave de mi anhelo de soledad. Dicen que lo que nos hace humanos es relacionarnos y realmente llegar a otras personas. Lo acepto. Pero no puedo evitar querer estar sola para sentir las cosas con esa luz tenue y cálida que se crea a mi alrededor cuando nada me distrae y puedo sentir, pensar, recordar e imaginar tranquila. Como ahora, envuelta en tu campera.
Soy como una bolsa de arpillera llena de mierda, repartiéndola por donde voy. No sé a quién le escuché esa frase, creo que a mi viejo, o tal vez es una adaptación libre de cualquier otra cosa. Sé que no soy mala, ni siquiera hago cosas teñidas de maldad. Pero últimamente siento una profunda atracción hacia temas como Quiero huir de mí (todo el dolor regado por el mundo / parece que se adhiere en mi caida... / Y vivo en un abismo tan profundo, / lejos de lo mundano de la vida). No me siento más como un fantasma. Asumo mi corporalidad, asumo mi presencia, y la rechazo. Alguien me dijo una vez que frente a las apariciones hay gente que reacciona naturalmente: es más, lo hacen con cierta paz y felicidad. Pero que también hay gente que se espanta, personas a los que un hálito frío les recorre el cuerpo y no entienden nada (son mil fantasmas, al volver / burlándose de mí, / las horas de ese muerto ayer...). Creo que se puede comparar con el estoicismo frente a la vida. Hay gente que toma las desgracias como algo natural, el yang del yin, y hay gente que se congela, que pierde un poco de vida en cada infortunio. Después hay gente como yo, que, sin demasiadas desgracias, igual se siente así (dan ganas de balearse en un rincón).
Me siento como una escultura de arcilla condenada a estar eternamente fresca. Marcada por gente, dedos, golpes. Con la textura de la vida marcada en la piel. No sé por qué te cuento esto a vos. A vos no te lo cuento, no se lo cuento a nadie. Además, ¿qué me podés decir? (tú compras el carmín / y el pote de rubor / que tiembla en tus mejillas, / y ojeras con verdín / para llenar de amor / tu máscara de arcilla. / Tú, / que tímida y fatal / te arreglas el dolor / después de sollozar). No, no te hablo a vos. Para hablarte a vos tendría que hablar de vos y de mí. Pero queda sólo silencio, como cuando ya no sé qué decirte y te habla mi panza con sus ruidos nerviosos.
“Vos no te podés quejar”, me digo. “La vida no te trata mal”. Pero no, no se mide todo en lo exterior. También se mide adentro, en las partes que se te atrofiaron, las que se pudrieron, las que te olvidaste, las que te inventaste, las que te robaste, las que te forzaron a poner.
La noche me seduce, sacándose de a poco las capas de su cómplice vestimenta, mientras yo me interno en mis pensamientos aferrada a esta prenda tuya (en esta noche tan fría y tan mía / pensando siempre en lo mismo me abismo).
Los libros me miran y se ríen. Ellos son ahora un misterio hermético para mí; los colecciono, los huelo, los apilo, los quiero, los espío. Pero no puedo, no me siento capaz de leerlos, de acercarme (ríe siempre, milonguera, bullanguera, casquivana, / para qué quieres amargar tu vida / pensando en esas cosas que no pueden ser. / Corre un velo a tu pasado, sé milonga, sé mundana). Yo no quiero que la literatura sea algo así en mi vida, algo que nunca pude lograr y me acompañe para siempre (contame tu condena, / decime tu fracaso, / ¿no ves la pena que me ha herido?), pero lo siento imposible, cada vez más lejano.
Vos sabés que no puedo dormirme escuchando tango porque mi corazón se acelera, no al ritmo de la música, sino al ritmo de las palabras que transmiten desesperación, tristeza, decepciones, desencuentros. Así como este piso es un excelente conductor del sonido, yo soy la portadora ideal de esos sentimientos, y soy como un imán para ellos (late un corazón, / déjalo latir... / Miente mi soñar, / déjame mentir...). La gente. La gente me decepciona, yo los decepciono, yo me decepciono entre ellos. Es todo un engaño, una inercia, alejándonos de la verdad de cada uno, con algunos acercamientos cada vez más espaciados (dentro de mí mismo me he perdido, / ciego de llorar una ilusión). En un momento escribí que nunca voy a alcanzar el barco que me lleva, pero que estoy segura de que me estoy acercando. Hoy no sé si me estoy acercando, alejando, o es un ida y vuelta constante a la simpleza, las esencias, el contacto verdadero. Definitivamente se siente como un alejamiento, así como la escultura de arcilla va perdiendo su forma original (sé que fue todo de barro, / de barro mi vida, / de barro mi amor).
¿Será éste el momento en el que, colgando de un ventanal al infinito, los dedos de la única mano que me sostiene se están cansando, y dudan que alguna vez haya existido la seguridad, a punto de entregarse —entregarme— a la caída por entero? (¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón! / La vida es una herida absurda).
No sé si estoy sola. Con tu campera como sudario, me duermo. Cierro los ojos, lejos tuyo, lejos de todos, pero cerca.
Cerca.

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