miércoles, mayo 4

Pasan los años...

Y se siente cada vez más cómo la truculenta mano del devenir nos quita el aire con su fiebre frenética de hálitos vitales.
No más libertad total. Nunca la hubo, y siempre la hay, pero ahora ni siquiera se siente. Cada movida significativa parece ser tropezar sobre la primera ficha de una espiral de dominó que se cierra sobre sí misma, anulando todos los demás caminos posibles.
Todo tiene consecuencias, una estrella que brilla opaca y roba la vida a millones que quedan flotando en la ignorancia, como las respuestas a las preguntas que nadie va a hacer.
Damos vueltas sobre nosotros mismos, en cada giro (o elección) eclipsando o iluminándonos desde adentro, en ese juego de luces con la fatalidad que nos constituye como personas.
Y acá me encuentro en un ida y vuelta, subiendo y bajando esta escalera casi eterna, tan larga como las ilusiones que solía tener, aunque ahora sólo me dedique a correr, subiendo, bajando, reconociendo algunas texturas, salteando otras. Pero como gritó Enrique en la novela que estoy leyendo, nadie regresa, nunca, a ningún sitio.
El día que la mano se cierre del todo, se entenderá que no importa el dominó, no importan las espirales que tan macabras nos parecían, no importa el ida y vuelta.
Importa girar en la luz. Girar con gracia, girar dando manotazos en el vacío, girar torpemente, girar sintiendo toda la gravedad del aire que nos rodea. Volver, dejar, escapar, buscar, mirar. Mirar de verdad. Girando como sea pero festejando la propia luz.

Por supuesto que ya será demasiado tarde.

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