lunes, noviembre 28

Fin de semana

Viernes. Pearl Jam! Sentirme afuera de todo (cosa que no me disgusta tanto). Pasar más tiempo analizando cómo siento las cosas que sintiéndolas.
Sigo pensando que mi vida es como la de Abre los ojos o Vainilla Sky. Esa vida que elegís tener, que es un sueño pero lo sentís real. Por eso... ¿no se supone que tenía que ser linda? Bueno, en realidad no es FEA, si la miro objetivamente. Pero... ¿no tendría que sentirse bien? ¿No tendría que estar conforme? Pensar todo esto en alguno de los temas de Pearl Jam, probablemente Even Flow. Cuando termina pienso “¿quien dijo que yo quería ser pastelera y tener que trabajar mañana?”

Sábado. Salir del trabajo, pasar a buscar algunas de mis cosas de la casa de “mi ex chico”. Pretender que no me afecta. Que a cinco pasos de la puerta de mi edificio, muy cargada, y dejando que todos los autos de la avenida parados por el semáforo vean cómo una chica (‘cause I´m just a girl, so pretty and petite, so why won’t you leave me alone?) se las arregla sola con tantas bolsas, se me desfonde una y se destrocen las 3 botellas de agua con gas que me había traído del laburo, vidrios por todos lados. Que un chico me alcance el secador de pelo que quedó a un metro y medio. Tratar de juntar los vidrios y cortarme. Bajar a los diez minutos, a lo abuela para barrer la vereda.

Domingo. Decidir caminar, no tomar el colectivo (está lindo). Ir por la calle con un ramo de rosas y un aire de “diva-no-me-importa-nada”. Mirándome en las vidrieras para comprobar que sí, este pantalón me queda bien. Sentirme una chica de película, aunque nunca haya tenido sentido para mí que las flores cortadas sean un regalo (“prefiero una planta de verdad, viva, aunque sea un yuyito de la esquina”). Darme cuenta de que esa frase se alejó un poco de mí.
Que una señora me pare para preguntarme dónde conseguí las flores, tan lindas. Que otra mujer me diga, mientras compro damascos en el supermercado chino, que mis flores son muy lindas.
Que se me vaya todo ese glamour a la mierda cuando una cajera me dice “señora, por acá”.

Pasearme por mi casa en mi conjunto de culotte y tank top con estampado de cebra (impunemente).

Realizar una limpieza en cadena –duración: toda la tarde- en el mismo conjunto, pensando en el merecido premio que va a ser el vaso de esa cerveza fría que compré en el mercadito.

Que no baste con los damascos, y bajar a comprar cuatro sanguchitos de miga, y otra cerveza (por las dudas).

Cada vez soy más Bridget Jones.
¿Y la actitud cuándo llega?

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