miércoles, enero 18

Volver

Volví a Buenos Aires a asegurarme de que las plantas vivieran hasta que llegue Clari, a buscar mis apuntes y algunos libros de la facu, ropa, música (¡importante!), y a pagar cuentas.

Antes de irme de acá (hace tres semanas), había descolgado una planta mía, y la había puesto, con Magdalena, en la cocina, en sendas palanganas con agua. Para el potus, que nace de una macetita a la izquierda de la ventana pero se estira groseramente hasta el otro lado del comedor, ida y vuelta encuadrando la mitad de la ventana, se me ocurrió una solución (no podía descolgarla, tan enredada que estaba). Ésta consistió en poner una olla con agua sobre la mesa, y sumergir el extremo de la planta en ella, como un brazo sediento, porque el potus echa raíces y vive en el agua tranquilamente. Iba a tomar agua de ahí. La idea estuvo buena; lo que no estuvo bueno fue olvidar el otro factor necesario: la luz.
En diciembre me fui, apurada, y le cerré la persiana. Así fue como el otro día, al entrar, la encontré moribunda. Ahora está en proceso de recuperación. Espero que me perdone. Esta vez le voy a dejar la persiana abierta, y no me importa si viene el ladrón hombre-araña, que entra por las ventanas (los noticieros siempre tan originales).

Cuando entré a mi casa no ví al potus moribundo en seguida. No pude, porque me habían cortado la luz. Otro cuelgue. Con Clari nos olvidamos de pagar (en realidad, habíamos perdido las facturas, y no sabíamos qué se pagaba y qué no), y me tuve que quedar todo el fin de semana en lo de mis abuelos, en vez de hacer cosas. Igual los pensaba ir a visitar el domingo. Y los disfruté, me gustó ir. Además en su casa sueño mucho, por lo que me encanta dormir ahí.

Recordé uno de mis pasatiempos de cuando viajo en colectivo en la ciudad. Escuchar conversaciones ajenas. Hoy escuché a una mujer que hablaba de su ex: “tener un sueño erótico con él me provoca vomitar a la mañana”.

La luna llena me acompañó la noche del viaje en colectivo. Gigante, amarilla. De pronto comenzó a brillar más y me asusté. Pensé: “¿nadie se da cuenta? eso quiere decir que de golpe el sol está brillando más”. Pero después me di cuenta de que eran mis ojos que estaban cada vez más húmedos.
Para colmo la veía escuchando el tema “Si tu no estás aquí”, que, como masoquista que soy, me bajé después del acontecimiento “vereda de Musimundo bajo la lluvia”. Siempre me burlé de ese tema. Ahora me mata (excepto la parte de “Dios”). Por suerte, en un libro que leí, también en el colectivo, encontré un justificativo:

“Los instrumentos que manejaban los músicos mendigos eran una mandolina, una guitarra, un acordeón y un violín. (...) Aschenbach, sentado ante la balaustrada, se humedecía de cuando en cuando los labios con un refresco de soda y granadina que brillaba, con color rubí, a través del vaso. Sus nervios acogían ansiosos los lánguidos tonos, las melodías sentimentales y vulgares, pues la pasión paraliza el sentido crítico y recibe con delicia todo aquello que en un estado de serenidad se soportaría con disgusto.”

Porque... ¡estoy leyendo! ¡Por fin! Eso sí que es bueno. Si me quieren recomendar algo (prefiero cosas no contemporáneas), escucho atenta. La biblioteca de mi mamá está muy buena, así que es probable que encuentre varias de sus recomendaciones.

Es muy linda la ciudad vacía. Y el calor no me molesta tanto. Extraño la presencia de un lago cerca, pero igual no me jode.
Cuando tomaba sol en la terraza, a veces el ruido de la calle y el calor agobiante me hacían sentir que estaba al lado del lago. Los ruidos se me hacían como los del viento jugando con los árboles y el agua. Estaba ahí, muerta de calor, y me tentaba una rápida zambullida. No iba a ser un chapuzón muy agradable, o uno que pudiera repetir.

Una de las cosas que más voy a extrañar (encabezando la lista está mi hermana): subirme a un taxi un día de lluvia o una noche calurosa, y escuchar tango, mirando la ciudad melancólicamente. Para mí los taxis deberían tener un cartel como las compus, pero que diga “tango inside”.

Estuve leyendo agendas viejas, de esas que lleno todos los años, desde los 16, con citas de libros, recuerdos, cosas que me escriben amigos o conocidos, dibujos, etc. Ellas estuvieron en cumpleaños, viajes, campamentos, fiestas controladas y más descontroladas... en casi todos los eventos de estos últimos diez años. No sé qué haría sin las agendas. Me rescatan muchas veces de los bajones en que caigo. Tal vez las hice para eso. Como un hilito al pasado que me rescata, al conectarse con el presente. En ellas puedo ver que no me perdí del todo, que estuve todos estos años. Y me ayudan a volver a mí, a ser un poco más como la Ceci de 17 años, que era muy fuerte, se cuidaba, brillaba, se respetaba, hacía lo que le hacía bien. La tenía clara. Súmenle una década de años de experiencia en esta vida (¿o será por eso que me debilité?). Voy a arrasar cuando vuelva.

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(Sabían que pasando el mouse por arriba de las palabras subrayaditas se leen acotaciones, ¿no?. Si no lo sabían, se han perdido decenas de comentarios valiosísimos.)

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