lunes, febrero 6

En lo de mi papá

El olor a dulce de frambuesas y de ciruelas.
Salir de la casa, sentir la montaña que me abraza. Verla bien de cerca.
Caminar unos pasos, comer un par de frambuesas que saco de las plantas, y correr por el pasto. Pasar entre dos manzanos y que una rama me acaricie el pelo, mientras me acerco al arroyo.

Ahí está mi planta. El mejor regalo de cumple (le pasó cerca el hecho de que mi hermano Tiago, en el momento de elegir su día franco, haya elegido los jueves, sabiendo que mi cumple caía ese día. Casi me muero cuando me lo dijo. Es un tierno).
Mi planta es un chilco, y cuando voy a visitar a mi papá, lo riego.
Es lo primero que hago; ir a ver al chilco. Los perros ya van para allá porque saben dónde voy.
Espero verlo florecer algún día. Espero que viva.


Escuchar las campanadas del reloj de péndulo. Recordar odiarlas en las noches de insomnio (no puedo saber la hora cuando se me hizo tarde o sé que voy a dormir poco), y recordar que eran lo único que me ataba a la realidad de la noche cuando leía libros enteros, sin poder dejarlos, en el silencio de la casa dormida.
Una campanada para las y media. Hay que esperar media hora más para saber qué y media es.

Ver desde la cama las estrellas, la silueta de la montaña y las copas de los árboles arañando el cielo.

Despertar con olor a tostadas, y que el arce que vigiló mis sueños me diga buen día a través de la ventana.
Desayunar con el dulce de frambuesas.
Salir, ver al sol justo cuando se asoma por detrás de la montaña.
Ir a cosechar guindas (haré guindas al natural para futuras selvas negras).
Recorrer el bosquecito de arces, escoltada por los tres perros, que parecen moscardones.
Pasar por donde están los maquis. Recordar el juego en el cual no podíamos tocar el piso, yendo de árbol en árbol, porque había monstruos (inspirados en la película "Temblores").
Saber que lo jugaría de nuevo.

Bajar al pueblo caminando, pasar por la chacra de mi infancia. Resistir las ganas terribles de meterme. Cercada por los pinos y cipreses, permanece ahí, como un mundo mágico, inalcanzable, que existe en mi mente y solo recorro en sueños. Pero es algo imprescindible, vital para mi presente. Me gustaría ir a ver a mi nogal, al tilo. Al ciprés gigante que ejercía su dominio indiscutido en el centro de la chacra. O al pino que a mis nueve años tenía mi altura exacta, y ya debe ser altísimo. Estaba metido en una selva de árboles y mosquetas, casi imposible de alcanzar. Tal vez ahora está a la vista. O tal vez no está más.

Exactamente una hora después de salir de la casa de mi papá, llegar a la de mi mamá, y prepararme para el trabajo.
Así cualquiera está listo para el primer día de trabajo.

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A pedido del público:
Chilco
El chilco es un arbusto.