miércoles, abril 12

Cele

Es no poder creerlo. Es no poder llorar más. Es no entender. Es enojarse.

Es un vacío en el banquito de piedra que ocupaba al lado del mío desde siempre.

Con Cele crecimos juntas. Yo tenía unos años más, pero eso casi nunca importaba. Bueno, hasta que me hice adolescente y ella seguía siendo una nena; entonces nos distanciamos un poco. Lo que se pueden distanciar dos hermanos o primos cuando están en distintas etapas.

Travesuras, peleas, aventuras, pactos, sustos, escondites, celos, juegos, juegos, juegos.
No éramos tanto de las que corren, trepan, saltan, nadan. Éramos de las que se quedan apartadas y en voz baja planean juegos, bromas, mundos donde sí, después de haber establecido las reglas, jugar y correr toda la tarde. De las que, en cuclillas una enfrente de la otra, planean cómo convencer a los papás de que alguna se quede a dormir en la casa de la otra.

Una vez Cele estaba un poco enferma. Yo me quedé a dormir en su casa. Tomaba un jarabe -según ella- muy feo.
La mamá: Hablando con amigos abajo.
Nosotras: Supuestamente durmiendo hacía más de una hora. Pero estábamos charlando. En eso, le dije que se pase a mi cama, y pusimos adentro de la suya una almohada y una muñeca que tenía el pelo lacio y castaño como el de ella.
Y seguimos charlando juntitas.
Cuando escuchamos que subía Adriana -la mamá-, nos callamos y, con un poco de miedo, nos aguantamos la risa.
Pero cuando empezó a mover la muñeca diciendo en voz baja "Cele, Cele, el jarabe", no pudimos aguantar más. Por suerte la mamá también se rió.
Semanas después nos seguíamos riendo cuando nos acordábamos. Y yo me río ahora cuando lo escribo.

Se me vienen todos los recuerdos juntos. Pero quiero que vengan más.
Cuidar a nuestras hermanitas, escaparnos de nuestros hermanitos. Jugar a la escuela, pompas de detergente, contar historias de terror, escondidas entre los chochos, jugar a las cartas, la perra Estrella, cambiar las reglas de los juegos, tentarnos en la mesa, tentarnos cuando nos retaban. Crear, inventar. Siempre.

En el 2001 o 2002 iba por la vereda de Rivadavia tratando de pasar entre la gente, caminando con mi bici. Iba a comprar helado para llevarle a mi novio. De pronto pensé en Cele. Obviamente, con una sonrisa (mía al recordarla, de ella en mi recuerdo). Hacía mucho, mucho que no la veía ni sabía de ella. De todas formas no fue un "qué será de su vida", sino un sentirla, no tan racional.
Media cuadra después, la ví, parada en la puerta del Shopping Caballito. Fue increíble.
Un encuentro especial.

En realidad esa piedra al lado mío la va a ocupar siempre. Sólo que ahora de una forma distinta.

3 comentarios:

flor dijo...

el banquito es la memoria que es mágica como tus sensaciones.

Cecilia/Margot dijo...

:)

Anónimo dijo...
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