viernes, septiembre 12

Noviembre

Una noche de noviembre estábamos jugando con mis hermanos a la pelota y nos asustamos con una especie de liebre enorme con cara de caballo. Era difícil jugar a la pelota en mi chacra, ya que estaba en declive por estar en Villa Turismo, en la base del Cerro Piltriquitrón. La pelota se iba rodando lejos constantemente, y había que ir a buscarla. Para colmo generalmente si se detenía era porque se estancaba entre las mosquetas o, con muy mala suerte, en los árboles al otro extremo de la chacra. Un embole. Así fue como surgió el "gracias, María". El otro día estaba chateando con mi hermana, le recordé que podía faltar a la facultad sin quedarse libre porque si le hacían quilombo tenía la posibilidad de usar un certificado médico de la última falta, y me dijo "gracias, María". Casi me muero, me había olvidado. Una vez, jugando a la pelota, ésta se estaba por ir hacia la plantación de boysemberries unos metros más abajo, pero dio contra un pino. Al rebotar volvió hacia mí, que iba corriendo desesperada tratando de evitar ir a buscarla muy lejos (me había tocado el peor lugar de la ronda), y le dije al pino "¡gracias, María!". Mis hermanos se cagaron de risa y esa frasecita quedó para siempre: cuando algo externo (especialmente si era un objeto inanimado), sin querer o sin que le corresponda, te solucionaba un problema, decíamos "gracias, María". Me había olvidado, pero parece que mi hermana no: me contó que a veces esa exclamación se le está por escapar, a riesgo de hacerla quedar como una loca.
La vez que mencioné al principio estábamos jugando y se nos hizo de noche. Los últimos minutos de juego -antes de que nos alcance el grito de "¡al aaaaguaa chicos!"- eran de máximo disfrute; esta vez fueron muchos minutos y se hizo de noche, lo cual no iba a interrumpir el juego. Sólo lo podía interrumpir la voz materna prescribiendo un baño.
No nos daba miedo la oscuridad, al menos alrededor de la casa. Sólo daba un incentivo extra para atrapar la pelota antes de que se vaya por la bajadita después de los pinos a la plantación de frambuesas y boysemberries. No sé por qué, de nuevo yo estaba en esa parte fea de la ronda -o triángulo. La pelota se estaba yendo, yo corría atrás de ella, cuando salió una especie de liebre con cara de mala de entre los pinos. Fue la primera -y no sé si la única- vez que corrí frenéticamente de algo por miedo. Llegué a la puerta de entrada de la casa y no quise salir más, aunque eso significase adelantar la ducha. Le contamos a mi papá y dijo que era una mara, y que eran buenas.
El miedo fue cediendo terreno a otra sensación: por fin había conocido una mara. Mi mamá nos contó un día que a casi todas sus hermanas se las podía relacionar con un animal, por sus nombres. Así, Patricia era pato, y Mónica era mono. Al preguntarle por ella, Marina, nos dijo "¡yo soy mara!". Y nos explicó qué animal era ese. Para mí era algo imaginario, pero lo conocí una noche jugando a la pelota. Así se sumó otro latiguillo a nuestros juegos. No sólo estaba el "gracias, María", sino que también nos asustábamos al grito de "¡la mara!, ¡la mara!".

No hay comentarios.: