domingo, mayo 17

¡Salsa!

El viernes a la noche salí con mi amiga y me divertí muchísimo. Como dijo Pablo, hacía más de dos años que no salía de verdad.
Fuimos a una fiesta de salsa que nos mencionaron en las clases de los martes. En las que, by the way, nos pasaron de grado: ahora vamos, como siempre, al nivel inicial y nos quedamos la segunda hora en el nivel más avanzado. Y realmente está bueno, porque los hombres nos llevan re bien y ahí aprendemos más.
Pero donde realmente aprendimos es ¡en la fiesta de salsa!

No había mucha gente, y yo conocía a casi todos de las fiestas que organizaba mi hermana salsera. Eso estuvo buenísimo para mí: bailé con todos conocidos. Al principio pensé que no iba a bailar, pero me sacaron, bailé, me encantó, y seguí toda la noche. Quedamos tan cebadas que cuando nos echaron del lugar (luces prendidas y demás), fuimos a un boliche a seguir bailando. Ahí ya no conocía a tanta gente, y había muchos niños (estaba la hija de mi amiga, así que imagínense el cambio).

Descubrí lo lindo de bailar.

Y me sentí linda yo a través de la mirada externa, lo cual me hizo bien. Piropos, miradas, atenciones, ese tipo de cosas. Yo no fomenté nada, es más, me la pasé diciendo que estaba casada y que mi marido estaba en casa cuidando al babé (frente a eso a veces recibía reacciones típicas, según Pablo, que son agarrarse la cabeza y lamentarse, decirme que mi marido es un hombre afortunado, y la más desubicada: decirme que no parece que haya tenido un bebé, por mi cuerpo).

Conocí más a los compañeros de salsa, y, junto a los salseros viejos que ya conozco, forman un grupo muy lindo.

Me dieron ganas de que Pablo los conozca a todos también. Ya se dará, porque en un par de semanas hay una reunión dominguera en la que juntan a todos los grupos y podemos ir con quien querramos.

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