domingo, julio 25

Saboreando...

En mi infancia, no era demasiado común comer golosinas. El momento de la golosina, entonces, era muy especial. Era cuestión de disfrutar el sabor al máximo posible, comiendo bocados chicos, hasta que se terminaba el chocolate o alfajor. Alargábamos esos instantes lo más que podíamos, al punto de competir a ver a quién le duraba más; el afortunado hacía desear a los demás.
Cuando mis papás se iban a Bariloche, ya que tenían unos clientes ahí (y de paso se iban juntitos un finde), sí o sí nos tenían que traer "lentejitas" de chocolate de "El Turista". Son como los M&Ms, que en esa época no existían (al menos donde yo vivía). Cuando terminábamos de comer cada uno sacaba su bolsa de lenjetitas y las usábamos para hacer formas en la mesa. Así uno tenía una flor de lentejitas, otra tenía una casita... era divertido (como cuando hacíamos formas con los gajos de mandarina). Yo comía los colores parejito, no vaya a ser que me quede sin alguno. Cuando quedaban uno de cada color era más difícil pero más especial comerlos, era como mirar un arcoiris en el momento en el que el sol va tomando más fuerza y la llovizna es casi inminente en su retirada. Lo triste era cuando a alguno ya se le había terminado la bolsa y los demás sacaban su tesoro en el momento del postre.
A medida que fui creciendo, me pude ir comprando golosinas a mi discreción, además mis papás no me decían más que estaba comiendo demasiadas cosas dulces. Por eso, perdió su valor especial.
Hoy estuve con mis abuelos, con mi papá, con mis tíos, y pude ver por qué siempre me pongo triste en su casa de Ramos Mejía. Es porque los días que paso con ellos no van a estar para siempre. Y sentí lo mismo que sentía con las golosinas cuando era chiquita. Me dí cuenta de que hace tiempo que trato de disfrutar cada momento que paso con ellos como si fueran las lentejitas de colores disolviéndose en mi boca.
Cuando estoy en la casa de mis abuelos tengo como una tristeza constante, como una nostalgia a futuro. Me doy cuenta de que lo que está pasando y las personas que están a mi lado no van a estar siempre conmigo, y me da una melancolía de la clase más rara, la melancolía por el momento que estoy viviendo.
Por lo menos mis hermanos y yo no competimos en ésta; al contrario, a ellos también los disfruto.

4 comentarios:

chizz dijo...

ay, a mi me pasa lo mismo, pero me sigue pasando, con los chocolates y demàs. el ultimo cuadradito es re triste comerselo!
y no me pasa con abuelos ni nada, me pasa por ej ahora con mis vacaciones :)

saludos desde sierra ;)

l'obscurité dijo...

Lo difícil es el pasado.

La Garrapata Vegetariana dijo...

Me pasa lo mismo, solo me queda una abuela, que tiene ya sus 93 años, y se que en algún momento dejara este mundo, ese solo hecho me llena de tristeza. Por eso, cada vez que la veo, escucho por décima vez la misma historia, sonriendo y le hago las mismas preguntas que le hice aquella primera vez (las que salieron por la sorpresa de ese primer relato), como sus caramelos extraños (de esos que no sabes de donde los saco porque ya no se venden) y cada tanto me hago una siesta en sus brazos.
Me hiciste sentir todo eso de nuevo.
Gracias.

Margot/Cecilia dijo...

Chizz: A mí me pasa con golosinas que son difíciles de conseguir, como chocolate de Bariloche (sigo con ese tema, aunque ya no son lentejitas), alfajores de la costa, etc.
Disfrutá de las vacaciones!
Besos.

l´obscurité: Supongo que sí, que esa melancolía es peor porque ya se fue para siempre lo que añorás. Pero esa existe en todas las personas: la mayoría extraña aunque sea la infancia. Ni hablar de personas, o de ganas de haberlas conocido mejor antes de que se vayan. Pero me llamaba la atención justamente eso: que mi melancolía no era la común y esperable, sino la melancolía por el presente vivido.

Garrapata Vegetariana: Que bueno encontrar esa coincidencia, yo hago lo mismo con mis abuelos, los escucho aunque me estén contando algo que ya sé de memoria o algo que no me interesa en absoluto. Pero me interesa porque viene de ellos.
De nada :)
Saludos.