sábado, octubre 9

Lo que se ve

En chef me conocen por mi mirada.
Cuando empecé, hace un año y medio, tuve que llamar a un compañero la tercer semana, y después de los saludos fue mas o menos así:

F: Ah, sos la de Entre Rios?
Yo: No, esa es Esmeralda, yo soy la bajita, de pelo castaño...
F: Ah, la de ojos grandes, la observadora.
Yo: Si, soy así, pero cómo sabías? Cómo te diste cuenta que era observadora?
F: Porque siempre estás re atenta mirando todo, yo me di cuenta.
Yo: Ah, entonces vos también sos observador.
F: Y sí, sobre todo de las chicas.

Y ahí aprendí que todo lo que diga este hombre era de ese tono que oscila entre amador y admirador de las mujeres, y baboso. Como cuando dijo "aguante la primavera", porque usábamos menos ropa, o una vez que lo saludé en la esquina, no me reconoció, y después lo contaba muy graciosamente en la clase, diciendo que no sabía que tenía tetas.

Pero bueno, para lo que más me sirvió la conversación fue para darme cuenta de que no pasaba tan desapercibida como pensaba, que no podía ir mirando todo como un fantasma que no está físicamente en el lugar, aunque me sienta de esa forma. El no quererte ayuda a eso: a percibir más a los demás. Porque como "no estás" en el lugar, podés ser el narrador casi omnisciente de los hechos. Pero no, la gente me percibe a mí también. Igualmente eso de no existir en el lugar fue sólo al principio, cuando medía y observaba el ambiente antes de lanzarme a él. Una vez lanzada, fue muy divertido también, aunque no abandoné la cuota de observación.

Hay veces que me zarpo con esto de la mirada que se cree invisible. Como cuando me colgué mirando fijamente, y hasta entornando los ojos, las orejas de una compañera que estaba enfrente mío en un pasillo (se había puesto dos aritos en un solo agujerito), y mi amiga Esmeralda me codeó mal porque ya estaba ojeando a la mina. No me doy cuenta.

Últimamente mi mirada no es conocida por su sagacidad sino por lo demacrada que está en las clases de cocina. Son los sábados, como hoy. Curso a las 14 y me levanto a las 13 casi siempre. Es cosa de entrar al instituto y que todos mis compañeros se rían de mi cara.
Es como un código tácito que hay, y yo me río con ellos. Vamos llevando cuenta de mi récord de levantamiento tarde.
Lo malo es que tener los ojos como cachimote es muy alevoso en las clases de cocina. Una cosa es tener pelo suelto para esconder un poco la mirada... pero con la gorra puesta? Todo lo que hay es la caripela y encima un marco blanco alrededor. Es un escrache a mi belleza (modestia aparte).
Esta vez decidí maquillarme. Me compré base, cubreojeras, rubor! nunca había usado casi ninguna de estas cosas. Me puse mis sombras, aunque las marrones me las afanaron, máscara, y un poco de labial.
Cuando llegué, todos se sorprendieron y me dijeron que hoy no estaba con cara de dormida, y no podían creer que me había levantado hacía una hora y cuarto. Yo les respondí "Y... la magia del maquillaje". Y ahí de nuevo mi compañera Esmeralda diciéndome bajito "nos les digas, no les digas!", lo que me causó mucha gracia. Será la voz de mi moral?

Entonces me empezaron a llamar "ojitos". En un momento viene el profesor, a ayudarnos con el strudel que estábamos haciendo, y todos me decían "ella, con sus ojitos...". El profesor gira y me mira. Momento incómodo de 5 a 7 segundos mirándonos cara a cara, a medio brazo mío de distancia (nunca fui muy buena con las medidas, no sé cuánto es eso en centímetros, puede ser de 20 a 50). Dice "son como los de mi hermana", con cara de tierno (es un poco tierno, en realidad). Típico comentario de cuando te metés en algo y no sabés de qué están hablando, para salir de un momento incómodo. Igual creo que el profe había perdido toda posibilidad de incomodez desde que hizo la famosa agachada plomero, de la que casi todos fuimos testigos.
Yo entonces me dí cuenta de que acababa de pasar el límite. El límite divide simplemente estar en un momento de vergüenza, y ponerme colorada. Yo ya sabía que estaba en el lado de la coloración facial. Pero tarda unos instantes en llegar. El profe me elije para estirar el strudel* con él y mostrarlo a la clase (y encima exhibicionista!!!). Es como estira un pizzero pero de a dos. Y claro, yo me puse nerviosa, la coloración llegaba... Se me rompió la masa. Yo bordó. Todos riéndose. El profe me empieza a gastar y me dice que me puse nerviosa porque pensé que me quería tocar las manos. Coloración. Sale la Ceci malcriada y gime "no se rían de miiiii....". Pero ella también se reía mucho.

Después en las clases teóricas, parece que, como con el tipo del principio, no eran mis ojitos los que llamaban la atención. El profesor de Marketing, que casualmente era el mismo que el de las clases de cocina prácticas, se sienta al lado mío para ver mi trabajo y me mira alternadamente: pechos - ojos - pechos - ojos, y hablamos más de mi pueblito y mi vida que de mi trabajo. Con él no me jode, por mi típico edipo profesoral. Pero que después de un rato venga a sentarse al lado mío esa compañera que nadie soporta, a la que le decimos la bonaerense (da miedo!!!), y me haya relojeado MAL mientras hablábamos, me sorprendió un poco. Fue raro que me esté mirando tanto las tetas. Lo más incómodo fue cuando hablábamos de E24, y me contaba que no era tan feo, que ella no se impresionaba, y que lo que más le gustaba eran los partos, las partes de la vagina.

*"para estirar el strudel". No sé si vengo con el cerebro así por venir de las clases de cocina, pero mis compañeros ya se estarían riendo. Como cuando hoy la profesora de francés dijo "esta regla funciona con todos los verbos que terminan en «GER»".

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