miércoles, julio 23

Rodeada

Estoy en la cama. Me siento muy triste pero no puedo acordarme por qué. No tengo fuerzas. Estoy quieta... quieta y como tonta. Pero de desconsuelo.

Aparece él. Me abraza tan fuerte que me saca aire de los pulmones, así como toda mi tristeza. Se acuesta conmigo.

Me dice:

- Te traje una rosa, pero se me perdió en el camino, no sé bien dónde.

- ¿Te acordás la primer rosa que me regalaste? Ni siquiera me la regalaste vos.

- ¡Ah! Sí... estábamos en el bar ese, donde cantaba jazz un tipo, y como pensó que yo no te la compraba porque no tenía plata, te la compró él.

- Yo no entendía nada, porque el tipo aprovechó cuando fui al baño.

Reímos abrazados. En este momento me siento como en casa. Le pido que me siga hablando. Lo hace.

- ¿Y te acordás cuando jugamos a las escondidas con un montón de amigos, en un campamento, en el bosque, de noche?

- Por suerte era en parejas, si no me moría de miedo.

- Sí, pero nosotros nos escondimos tan bien que no nos encontraban más, y ahí empezamos a darnos besos... y bueno, se cansaron de buscar, y siguieron jugando solos.

- Sí, qué lindo. Y mirábamos las estrellas para ver si se caían y pedíamos deseos. Yo pedía que todo siga bien con vos.

- Yo también.

Me besa los ojos y me dice que me duerma. Yo quiero seguir escuchándolo.

- Bueno, ¿sabés qué me acuerdo siempre? cuando, aunque vivíamos en el segundo piso, tomábamos el ascensor hasta el piso 22, sólo para darnos besos en el camino.

- Yo me miraba en el espejo del ascensor abrazándote, y quería guardar esa imagen para siempre. Te guardo siempre, aunque no quieras, ¿sabés?

- Yo también te guardo. Y vos guardás al cordero de Júpiter.

- ¡Me había olvidado! - le digo, y empezamos a reír, con una risa totalmente diferente a la risa de las cosquillas. Con esa risa que nace de muy adentro, de un lugar donde no hay ni un poquito de luz.

Negro. Todo negro.

Me despierto. De nuevo soledad, de nuevo tristeza. Tengo una agenda en las manos, abierta. Hay una cáscara de maní, toda aplastada, pegada con muchas cintas a una página. Las cintas están amarillas en sus extremos y ya casi no pegan. Al lado de la cáscara quebrada dice "Cordero de Júpiter que me regaló él".

Me rodea la tristeza, y no puedo hacer nada para escaparme.

Y esta vez sé por qué.


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Ésto lo escribí hace un par de años o más y no lo puse acá porque el chico con el que salía lo iba a malinterpretar y en consecuencia hacer mi existencia más complicada; las cosas no estaban nada bien.

Estaba de luto, triste porque extrañaba cierta sensación, y no pensaba (ni quería, tal vez) recuperarla jamás.

Es un rejunte. No se refiere a nadie en especial sino a muchos y a un estado, que depende de la conexión con otro, y generalmente se va extinguiendo (o modificando, dirían los optimistas) de a poco al pasar el tiempo así, de a dos.

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