miércoles, agosto 13

Junio

Una noche de junio el chico con el que salía y yo tratábamos de romper el vidrio de su auto en las calles de Washington DC. Habíamos ido a un bar, y cuando volvíamos él (en posts muuuy viejos me refiero a él como "el chico K", porque se llamaba Kari) se dio cuenta de que no tenía las llaves. No volvimos al bar porque recreó sus pasos y suponía haberlas dejado adentro del auto. Así fue. Peor fue la vez que directamente se olvidó en qué estacionamiento pago había dejado el auto en una ciudad extraña. No daba recorrer todos los estacionamientos de la ciudad. Por suerte este chico decía que tenía mucha capacidad cerebral para cosas raras, y se acordó después de un rato. Kari era mitad estadounidense y mitad finlandés, y se consideraba inteligentísimo, un prodigio; decía que su psicoanalista (al que lo había mandado el padre, que trabajaba en la CIA pero yo no podía decir nada) le cobraba baratísimo porque enriquecía mucho su conocimiento de la mente humana con él.
Al ver las llaves adentro del auto, no sabía qué hacer. Se lo acababa de comprar, era un Saturn azul metalizado. Empezó a decir que le iba salir más que alguien venga a abrirlo que comprar el vidrio nuevo (ya dije, era un genio). Entonces, decidimos romper el vidrio. Siempre había querido darle una buena patada a un vidrio de auto, así que lo hice, con todas las ganas. Pobre, mi pie.
Él también le pegó de varias formas, pero nada. Entonces agarramos unos bloques de cemento que había cerca, y lo golpeamos con eso. El más grande tuvimos que arrojarlo entre los dos sobre el vidrio, y sólo hizo unos rasguños.
Yo era muy temperamental (creo que se aprecia en mis ganas de romper un vidrio de una patada) y estaba medio borracha, así que me hice la ofendida con él por pelotudo y me fui caminando. Estaba acostumbrada a que al hacer eso me sigan, así que más bronca me dio todavía cuando Kari seguía mirando pensativamente el interior del Saturn, probablemente recreando en su mente el cuento de Alí Babá. Yanquis fríos de mierda, pensé, embroncada especialmente porque era más sano que yo (quería histeria, quería que me psicopatee un poquito). Por supuesto que a las dos cuadras di media vuelta y me volví. Cuando pasé por donde estaba el auto, había un patrullero y dos policías, que estaban hablando con Kari. Me hice la boluda y seguí caminando, pero uno de ellos me llamó. Yo sonreí pícara, como si mi abuela me hubiera descubierto robando caramelos de arriba del piano, y me arrimé a la charla.
Dijeron que los habían llamado anónimamente por vandalismo o robo, y no podían creer la decisión que habíamos tomado. Le preguntaron el número de patente sin que la vea y algunas cosas más -como cuánto habíamos tomado-, y después de un rato abrieron la puerta (no lo hicieron en seguida para sermonearnos cuando todavía tenían el poder total de nuestro futuro inmediato). Tardaron un segundo, con un listoncito flexible rojo. Y eso más bronca nos dio.
Después nos dieron un último sermón, y unos folletos. Eran cuatro páginas en blanco y negro de historietas en español con mensajes anti-crimen, anti-drogas, y pro-dios. Palabras clave: historietas, y español. ¿No será mucho?
Lo que más me molestó es que las marquitas quedaron en "mi" vidrio y nunca pude ver bien el paisaje.
A mí me divirtió mucho todo, de todas formas.
Supongo que a él esas marquitas le recordaban todos los días su mal criterio. Me pregunto si seguirá siendo el mismo

(boludo).

3 comentarios:

flor dijo...

jajaja, me encantó el uso de los paréntesis en este relato. No puedo imaginarte encabronada pero creo que es mejor no saberlo.

besos a Casiel!

Anónimo dijo...

Hola Cecilia, te felicito por lo del diario, te lo mereces!!!.

Margot/Cecilia dijo...

flor: es cierto; mejor no conocerlo, soy medio Hulk.
Le doy tus besos, pero guardate para cuando nos veamos, que espero sea pronto.
Beso!

anónimo: Gracias!!! snif. :´)

Saludos!