miércoles, octubre 1

Códigos

Hoy fui a almorzar a la chacra de mi suegro, con él y su mamá Marta. Marta vive en Bariloche en un hogar para ancianos (una casa para viejos pelotudos, según ella) y tiene un poco de Alzheimer. Ella habla mucho de su casa en Moreno y de sus bichos: el loro Pepe, la gata gris con sus gatitos, la tortuga, el pescadito y el perro. Siempre dije que me caen muy bien los viejitos y viejitas. Bueno, ella tiene todo lo que me gusta en ellos: inocencia pícara, buen humor, ganas de comunicar y de hablar de las cosas simples pero no superfluas de la vida.
La chacra queda a unos 20 o 30 kilómetros del pueblo, en el cerro Saturnino, y tiene una vista espectacular. En un momento del largo y terroso camino en el asiento trasero del Renault 12 ella dijo -señalándome con su mano y con sus ojos gris azulado tan vivaces: “Ceci como ésta sólo hay una”. Daniel hablaba de que estaba contento de que yo sea la mujer de su hijo, entonces él asintió y respondió repitiendo lo mismo. Obviamente me gustó escuchar esas cosas, lo que Martita dijo tenía mucho más significado que lo obvio de la cualidad irrepetible de cada individuo, y eso me pone contenta.

Charlar con Martita fue de lo más lindo. Es buenísima, y está siempre de buen humor. Tiene el pelo largo, blanco con algunos rayos de un rubio hermoso, y mucha chispa. En muchísimos momentos yo me decía “acordate esta frase, es para el blog”, pero después, obviamente, me olvidé todas.
¡Es que la tiene muy clara! Me hacía morir de risa. Es como una nena y vale la pena tenerle paciencia porque es una hermosa.
Aunque se desoriente o repita las historias éstas siempre tienen algún detalle nuevo, además si se le preguntan cosas ella la tiene muy clara y es posible y valioso aprender de su vida.
Me dieron ganas de pasar más tiempo con ella.

Conocí a otro ser, aunque no me dieron ganas de estar cerca suyo. Estaba caminando con Casiel a upa por la parte noreste de la chacra, observando cómo dos teros defendían su nido volando bajo y chillándonos, cuando desde un arbusto a unos pasos sentí como un bufido. El arbusto (que era bastante grande) se movía y de su interior salían resoplidos y gruñidos. Por un instante me quedé quieta esperando que salga algo y me ataque, y mirando rápidamente de reojo dónde refugiarnos. Me acordé que por ahí había jabalíes y me fui despacito, al mismo tiempo que miraba el arbusto amenazante y los árboles cercanos imaginándome cómo treparme con Casiel en brazos.
Volví a la casa caminando y desbordando adrenalina, y le pregunté pálida a mi suegro si era posible que ese encuentro haya sido con un chancho o jabalí salvaje. Me dijo que sí, y que eran peligrosísimos, que lo había pensado cuando me fui pero no se imaginó que justo hubiera uno, que lo habían estado jodiendo desde hace un tiempo. Que a veces atacan y con la fuerza y los colmillotes que tienen pasan corriendo y te pueden sacar un pedazo. Lindo panorama. Suerte que mi instinto me hizo dar media vuelta y volver despacito.
Tal vez los teros me estaban avisando.

Después del asado el abuelo de Casiel agarró la escopeta, buscó a cinco vecinos que estaban trabajando en una construcción más abajo y, cargados ellos de machetes, fueron a buscarlo. Martita no quería que lo mate y decía que era su hijo el que había invadido el territorio del jabalí. Daniel decía que se lo iba a comer. Yo me sentía mal por haber delatado su escondite.
No lo encontraron.
Pero dijo mi suegro que ni él sólo con la escopeta va a buscarlo, porque es peligroso. Así que imagínenme a mí ahí, a un par de metros, con Casiel en brazos.

Pero Casiel es chancho jabalí en el horóscopo chino (como su papá) y bueno, entre ellos hay códigos.

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