domingo, marzo 12

Más (y repito temas, para colmo)

¿Es normal sentir que tu psicóloga te está lavando el cerebro? En la última sesión sentí esto, y me cerré un poco. Ahora tengo miedo a abrirme porque me va a meter conceptos suyos, que no tienen por qué ser los correctos, y si tengo conceptos de alguien en la cabeza quiero tener los míos. A lo sumo los míos trabajados con ayuda de terapia, pero no los de ella. Se puede equivocar feo, además. Y yo soy re frágil. Me afecta mucho todo (
la escultura de arcilla condenada a estar eternamente fresca).

No dejo de sorprenderme (o de disfrutar sorprendiendo a la gente) con el tema de mi edad. El viernes un chico de 15 años me daba 18, 19. Después le dijimos 22. Y decía "no, no lo puedo creer". Si sólo hubiera sabido que en realidad son 26.
Hablando con un alemán en el boliche tampoco me creyó (él dijo 20, 21), y me llevó a la luz para ver bien. Y siguió sin creerme.
A mi papá, a veces, por la calle, sus conocidos le hacen el (ya típico) chiste: "¿dónde guardás el retrato?" (por Dorian).
Está bueno haber heredado eso.

El otro día fui a ver a mi papá al trabajo. Toqué el timbre de su oficina, en el primer piso, y le pedí que baje a abrirme. En eso, escucho Adios Nonino. En el patio del bar de la esquina había un guitarrista tocándolo, para mi alegría. Me quedé ahí mirando y escuchando. Al ratito me acuerdo de mi papá. Estaba a media cuadra, en la puerta de la oficina, con cara de preocupado: ¡Pensé que había sido una alucinación!

Estoy en su casa. Otra vez vine a purificarme un poco. En un rato voy a ir a juntar manzanas, y estoy haciendo una torta de mousse de chocolate, practicando un poco para un casamiento para el que me encargaron tortas.

Diálogo de ayer:
Yo: Si una torta me queda a $ 20 de costo, ¿a cuánto la cobro?
Padre: A $ 40.
Yo: Eso dijo R... eh, no, no hablo más con R... (con cara de pícara).
Mujer de mi papá: Jaja, tenés que decirnos "eso hubiera dicho R... si hablase con él".
Yo: Jajaja, sí. (y les conté lo del boxer/pijama).

Hoy a la mañana bajé a desayunar, y mi papá leyó el logo de mi buzo gigante naranja y gris con capucha. Yo le dije "era de...", y la mujer de mi papá me interrumpió "es de R...". Y se reían.

Después estaba haciendo el punto letra para el bizcochuelo (que, by the way, me quedó HERMOSO), y adivinen: ¿qué letra hice? (se logra el punto letra cuando, levantando la cuchara, batidor o lo que sea, hacés una letra y queda ahí en la superficie de la preparación, no se va en seguida). Bueno, hice la R. Es así, la hice todo el año en el trabajo, varias veces al día. Ya quedó automático. A lo sumo es la R de repostería, ¿no?
No sé, pero ahí me reía sola.

Hoy fui a ver y regar el chilco y en el camino ví una manzana ahí, en el árbol; separada de las demás, amarilla con reflejos rojos y verdes. Mientras me acordaba de mi infancia, de algún modo enmarcada por los manzanos y las manzanas de mi chacra, me dí cuenta de que quería recordar más. Volví los cinco pasos que había dado, y la agarré. Es increíble cómo estoy por comer algo que hacía un segundo estaba conectado con el árbol, siendo parte de él, con fluidos en común. Estoy comiendo vida. Si hubiera algo como esencia de la vida (si se vendiesen frasquitos, por ejemplo), no se compararía con comer una manzana, una frambuesa, una frutilla, cuando apenas están sacadas de la planta.
Y cuando la mordí fue impresionante. Los recuerdos me golpearon como si me hubiera envuelto un ventarrón cálido desde atrás.
Jugando con mis hermanos, el galpón es nuestra casa. Afuera llueve. Somos una familia pobre en época de guerra sufriendo las inclemencias del tiempo. Los valientes van, de a turnos, a buscar el alimento. Las manzanas. Los más atrevidos vamos al mejor manzano, que está más lejos. Manzanas cortadas puestas en recipientes con agua: sopa. Manzanas picadas: puré. Manzanas enteras: manzanas.
Y de vez en cuando se enfermaba alguno (nos gustaba jugar a sufrir, creo que justo había leído Mujercitas), y le poníamos paños fríos. Después se aburría de estar tanto tiempo quieto y mágicamente se curaba.

Ya junté manzanas (ésta es una especie de actualización), y fue más complicado de lo que pensaba. Primero hay que rastrillar el suelo, para sacar las manzanas que se cayeron solas y están todas agusanadas y con tijeretas. Después sí, sacudir el árbol. Hay cinco manzanos pegados (no sé cuántos serán en realidad, tal vez son dos, pero hay cinco troncos). Tuve que detectar, bajo instrucción de mi papá, el que tenía las manzanas rojas, y sacudir ese. Parada en el piso lo traté de mover, y el guacho apenas si temblaba. Entonces me trepé. Un pie en cada uno de otros dos troncos, a un metro y medio del suelo, colgada del de las manzanas rojas, sacudiendo con todas mis fuerzas. No caía mucha fruta, así que subí hasta los dos metros. Habré logrado tirar un kilo y medio de manzanas. Pero yo quería tres o cuatro. Volví decepcionada a avisarle a mi papá que lo haga él. Justo había visitas, así que no se pudo. Entonces fui al galpón, para agarrar una soga, lacear una parte alta del manzano y sacudir de esa forma. Pero el galpón tenía un candado (¡vándalos de la montaña!). ¿Qué había al lado de la puerta del galpón? Dos escaleras. Agarré una, y la llevé hasta el manzano. La puse en uno de los troncos, y subí como pude por entre las ramas. Estaba en el último escalón de la escalera. Sacudí mucho y, ahí sí, cayeron los tres kilos más que necesitaba. Lo malo era ver desde arriba cómo los perros comían mis manzanas! ¡Coman de las que se cayeron solas, finos! Quedé toda rasguñada. ¿Qué te pasó? No, estuve juntando manzanas. Peleando con un manzano, mas bien.
Lo peor de todo fue ir a buscar una manzana que estaba al lado de un árbol, olvidarme que en ese árbol estaba apoyado el rastrillo, pisar la parte de abajo y que me pegue de lleno en la cabeza, como en los dibujitos. Me hago la granjera pero me falta el detalle del rastrillo. Creo que uno es considerado un granjero de ley cuando por fin domina el tema de no pegarse con el rastrillo en la cara. Una vez, a los once o doce años, fui a preguntarle algo a mi papá, que estaba desyuyando la huerta, y me pasó algo terrible: pisé el rastrillo, pero no apoyadito en un árbol como hoy. El rastrillo estaba acostado en el piso. Así que imaginen la fuerza con la que me dio en la nariz. Quedé medio tonta. No sabía si llorar o ponerme a reir. Hice las dos cosas, y me fui calladita por donde había venido, de la vergüenza que tenía (mi papá, por suerte, estaba de espaldas).

Así que mañana se hace jalea de manzanas, gracias a mi pequeña aventura. Creo que me merezco un frasco.

1 comentario:

Anónimo dijo...
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