lunes, 29 de septiembre de 2008

Dos helados

Hace algunos meses me encontré con mi ex. El chico que fue mi mejor amigo por cinco años y mi novio/concubino por otros cinco más o menos (on and off, como dicen en ingés). En posts viejos me refiero a él como "mi chico", "ese chico" y "mi ex chico", dependiendo de nuestro estado del momento, y en posts más recientes me refiero a él como R.

Nos encontramos por motus propio en el muy conocido por ambos barrio de Caballito. La primera impresión fue rara, nos vimos iguales pero distintos (no me acordaba que era tan alto). Le dije que lo invitaba a tomar un helado a Pérsicco y, como siempre, terminó pagando él. Lo tomamos en el parque mientras charlábamos y nos reíamos (más que nada yo me reía de sus chistes y le daba pie para más). Se hizo tarde para cosas que cada uno tenía que hacer, así que nos levantamos de nuestro asiento verde y vivo. No le pedí su mano para pararme con mi panza de casi siete meses porque no me pareció. Me acompañó unas cuadras, nos abrazamos brevemente, y nos separamos -él con la bolsa de cosas que había dejado en mi departamento (como la única foto con su abuelo), y yo con trámites que hacer y alguien chiquitito pateándome desde adentro por comer tanto helado.

El sábado pasado estaba en Jauja, la heladería más rica de El Bolsón, tomando un helado con Marcelo (el esposo de mi mamá) y mi bebé Casiel. Marcelo se compró un helado de limón y ananá para darle a probar a Casiel. Yo me pedí mousse de chocolate y dulce de leche con moras salvajes. En un momento Marcelo no entendía la cara de feliz cumpleaños que puse, pero enseguida comprendió: lo veía venir a R. caminando, alto como ya me acordaba. Él también sonrió y se acercó a saludar. Conoció a Casiel (Gael, según él inicialmente), y se quedó charlando un poco. Hicimos chistes los tres y nos contamos algunas novedades cotidianas.
Se fue a comprar el cuartito de helado para llevar (probablemente para compartir con su mujer), volvió a saludar y conversar un poquito más y se fue, más sonriente que al principio. Yo igual.

Me gustó verlo, lo quiero mucho. Siempre melancolía: extraño ser amigos.
Me gustaría que lo sigamos siendo, pero sé que no se puede.
Me consuela pensar que tal vez algún día podamos relacionarnos un poco más que ahora.
Pero no sé, porque si seguimos en esta modalidad de encuentros vamos a engordar mucho.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Famoso y babosa

Miren, es Casiel.


(en la página de Cheeky)

Se imaginan cómo están los abuelos y bisabuelos con el tema, ¿no? ba-bo-sí-si-mos.

Era muy gracioso cuando le hacía tomas de lucha al oso o se lo quería comer.

Para que se acuerden de nosotros cuando lo vean en alguna vidriera de esos locales de ropa.
Es re loco para mí verlo ahí.

martes, 23 de septiembre de 2008

Tuning apequeñado

Estamos en El Bolsón y Casiel está más libre que nunca. Juega en el pasto, gatea en pisos que no son como el nuestro que se desarma y deja astillas, sube escaleras gateando para luego pararse y agarrarse triunfal del pasamanos.

Es muy lindo. Tal vez sea por eso que hoy, cuando quería pasear toda la tarde con el carrito como hacía en Capital Federal, llegó un momento en el que no había forma de que no sea peligroso: se movía, se paraba agarrándose del respaldo, se daba vuelta, se ponía en cuatro patas y se quejaba reclamando su libertad de movimiento.

Como no sabía cómo tranquilizarlo un ratito y necesitaba hacer un par de cosas más metí el celular con MP3 en el bolsillo del carrito, y puse música. La música que le grabé por las dudas a Casiel para las 22 horas de viaje en colectivo hasta acá. Ruidos y Ruiditos, que siempre fue una especie de chupete auditivo, lleno de sonidos que atraen su atención.

¿Vieron esos autos que van por el asfalto con las ventanillas bajas (aunque haga un calor de cagarse y tengan aire), haciendo ostentación de música popular? Bueno, así iba yo hoy, pero al ritmo de "soy un Coya chiquitito, vivo solo en mi ranchito... Con mis ojotas de cuero, yo me voy camino al cerro...".
Todos nos miraban pasar, algunos se codeaban, otros se reian y algunos preguntaban.

Hasta me preguntaron, en un cajero, si había tuneado el carrito.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Diciembre

Una noche de diciembre gateaba, me arrastraba, me abrazaba a Pablo, bailaba tratando de resistir mejor el dolor más fuerte que había sentido hasta ese entonces. Estaba en pleno trabajo de parto, en el departamento de dos ambientes que todavía alquilamos en un cuarto piso. La noche anterior había dormido mal y poco en la casa de mis abuelos, porque había sido nochebuena. Las contracciones empezaron muy tímidamente la mañana de navidad, mientras charlaba con mi abuelo en la mesa de la cocina. Al ser tan regulares sospeché que se acercaba el momento para el cual supuestamente todavía no estábamos listos (la fecha probable de parto era el 7 de enero y todavía faltaban hacer algunas cosas en casa para que esté todo como yo quería). Mis hermanas habían dormido enfrente, en lo de mis tíos, así que desperté a Pablo, me crucé, desayuné un poquito más, y sentí en cada contracción la pequeña confirmación de que sí, había llegado el día. Llamaron un remisse y salimos para casa. En la parte trasera del Sierra gris las contracciones me molestaban un poquito más en cada semáforo, y me puse un poco mal por haber tenido que dormir en Ramos, y no haberle pedido a ningún tío, o que no se hayan ofrecido a llevarnos la noche anterior.
Mis hermanas se fueron a su casa a media cuadra de la nuestra, donde también estaban mi mamá y Marcelo (su esposo) que habían venido especialmente de El Bolsón. Nosotros no queríamos que nadie sepa que estábamos teniendo al bebé porque nos habían aconsejado eso, y nos parecía bien. Así la gente no se ponía nerviosa, no nos afectaba con sus preocupaciones, y no se volvían todos locos, especialmente si el trabajo de parto duraba más de un día. Así que dijimos que tenía contracciones, pero que probablemente eran las mismas que había estado teniendo los días anteriores, supuestamente causadas por un útero sensible y una portadora que no se quedaba quieta un instante.
Estuvimos toda la tarde controlando la intermitencia de las contracciones y su duración. Pablo anotaba, restaba y sumaba, y yo me pasé la tarde repitiendo "otra" y "ya está". En un momento yo estaba en la bañera y para escucharme mientras daba vuelta la casa hizo una especie de gong con un bol de metal y mi peine rosa.

Al llegar a casa e intuyendo un aumento progresivo de la intensidad de las contracciones y por lo tanto la necesidad creciente de que yo no piense ni me preocupe por nada más que parir, le había hecho a Pablo una lista de lo que tenía que hacer. Algunos ítems eran:
- Poner todo lo del parto en estantes del mueble del comedor (material descartable, agua oxigenada, el brochecito para el cordón de bebé, telas limpias de algodón y demás elementos que figuraban en la lista que nos había dado la partera).
- Mover la cama a la pared del espejo y la mesa a la pared de las estanterías.
- Barrer.
- Lavar bien la bañera.
- Pedir helado (los gustos detallados).
- FILMAR.

Después de un par de horas de medir contracciones, en las que Pablo cambió todos los muebles del comedor (parecía el demonio de Tasmania después de tomarse una bebida energizante), llamó a la partera y le contó como iba todo. Ella dijo que esas contracciones eran imposibles, que no podían durar tanto y ser de trabajo de parto, o algo así. Y que iba a pasar por casa la obstetra, pero que no controlemos más o nos íbamos a volver locos.

Dos horas y media más tarde llegó la obstetra, me hizo un tacto, y me dijo que había muy poca dilatación, que las contracciones no eran de trabajo de parto, y que de todas formas le parecía que se iba a desencadenar el parto pero que venía para largo, que tal vez empezaba a la noche o al día siguiente. Nos habían dicho que durante las contracciones de trabajo de parto la parturienta prácticamente no podía hablar, y que así se daban cuenta hasta por teléfono de cómo venía la mano. Yo le decía a la obstetra "ahora estoy teniendo una, y ¿ves? estoy hablando. Pero no es débil, no sé". Nos dijo que la llamemos cuando las contracciones empezaran a ser bien fuertes y se fue.

Ya eran casi las ocho de la noche y le pedí por mensajito a mi mamá que compre té de melisa (relajante), que es lo único que faltaba de la lista de la partera. Recordemos que era navidad (se me complicaba que la gente no se entere de nuestra situación, dado que teníamos que ir a visitar familiares), por lo que mi mamá estuvo horas dando vueltas con su cuñada por la ciudad festiva recorriendo farmacias para comprarme el té. Y en una de esas vueltas las chocaron levemente. Después de todo esto le acercaron a Pablo a la puerta del edificio una caja de té de mezcla de hierbas sedantes que consiguieron en el supermercado, y algunas botellas de Gatorade.
En Ramos Mejía todos estaban preocupados por cómo me había ido, así que llamé y les dije que las contracciones no eran de trabajo de parto (como me había dicho la obstetra). Mi papá llamó más tarde y traté de hablar sin que se note, aunque le conté que tenía algunas contracciones leves. Después de todo eso no hubo más interacciones sociales.

Una hora después de la visita de la obstetra las contracciones eran más fuertes, y a eso de las once de la noche empezaron a ser bien fuertes. Las toleraba en silencio, preferentemente en el piso acolchado con una frazadota, en cuatro patas, reptando o arrodillada. Pablo pasaba de vez en cuando a abrazarme o acariciarme, y no me hablaba porque sabía que no sería productivo.
En un momento le pedí, semi-gruñendo: "haceme acordar que esto duele como la mierda". Me habían dicho que las mujeres, después de parir, liberan una sustancia que entre otras cosas las hace olvidarse del dolor, y no quería que me pase eso.
Nunca pensé que algo me podía doler tanto. Era intolerable. Llegó un punto en el que en cada contracción decía "no puedo, no, no, no, no, no puedo", y hasta fantaseé con una cesárea (pero no se lo dije a nadie). Supuestamente no quería ser negativa y quería que el dolor me atraviese -como dicen-, y cumpla su función sin yo centrarme en él, pero salían tantos nos y nopuedos de mi boca como me lo permitía el aire entre mis cuerdas vocales. En realidad creo que ese inevitable centrarme en el dolor también me ayudó a no pensar, mi mayor obstáculo frente a situaciones tan físicas, animales e instintivas.

Después de las doce de la noche sentí la necesidad de mover las caderas. Literalmente. Estaba en la habitación, bailando. Hembra semidesnuda entonando algún cántico ancestral desplazando su eje y su peso de una a otra planta del pie; pero se me cansaban las piernas, y bailaba en cuatro patas sobre la cama, gimiendo y moviendo columna y cadera.
Pablo, muy acertado, puso el único disco que escuchamos esa noche: Cuerpo y Alma, de Pedro Aznar. Fue gracioso durante el tema que dice muchos aaaaay, ayyyyaaaaaayyyy; yo me lamentaba junto a la música.
También estuve bailando/meciéndome en el baño, y Pablo se acercó a bailar conmigo. Está bellamente filmado, porque la cámara estaba en un trípode. Le dije a Pablo "se encajó", porque sentía algo distinto después de tanto mover los huesos.
Me empecé a cansar. A cansar del dolor constante en su vaivén.
Volví al comedor y me dolía muchísimo, demasiado. Pensé que no podía, pensé que no quería, pensé que era imposible que pase de esa noche. Se me hacía increíble una realidad sin tanto dolor, no me acordaba cómo era la normalidad. En cada oleada de dolor sufría, y en los intermedios mientras menos me movía y mientras menos me hablaban o hablaba, mientras menos pensaba, mejor era. Al pensar o racionalizar una corta frase de Pablo venía inmediatamente otra contracción, como si el cuerpo me dijese "¡basta! esto es lo que importa". Era como un castigo por pensar.
Al mismo tiempo me sentía muy valiente, especial, firme, independiente, fuerte. Yo sabía que estaba todo bien, que esa iba a ser la noche más importante de nuestras vidas hasta ese momento, que estaba haciendo algo grandioso. No es que me lamentaba apichonada, sino que sentía un dolor inexplicable pero también lo aceptaba como parte de algo maravilloso, aunque era casi imposible de sobrellevar.
Me habían dicho que la noche venía larga, que tal vez nacía al día siguiente, así que me hice la boluda y evité llamar a las parteras el mayor tiempo posible. En parte para no molestarlas a la noche -soy así de tonta- y en parte porque no podía tolerar intervención alguna. Me sentía físicamente incapaz de estirarme en una cama para que me hagan un tacto. No quería escuchar a nadie, no quería la presencia de nadie más que Pablo. Entonces lo demoramos un poco, en acuerdo tácito.

Una vez en el piso del comedor, trataba de buscar posiciones donde no me duela tanto. Escuché a Pablo llenar la bañera, y el sonido de un polvo cayendo en el agua. Qué lindo, me está preparando un baño con sales, pensé. Y me puse la meta del baño para bancarme las contracciones esos siguientes minutos. Pero el baño no llegaba. Y de pronto lo vi pasar a Pablo hacia el lavadero y poner algo a centrifugar. Lo llamé desde mi posición cuadrúpeda, le agarré los pelos de la nuca con mi puño derecho, y le dije con mi mejor tono de asesina en un gruñido "¿qué estás lavando, hijo de puta?". Parece que se había puesto a lavar y desinfectar la cortina del baño para usar de protección plástica del piso, para que sea todo más higiénico. Yo había comprado una en un todo por dos pesos pero no la encontró, y decidió usar la parte linda de tela de la cortina que nos había regalado su mamá -no el protector. No lo reté ni nada parecido, pobre. Después de esa pregunta tan sacada volví a lo mío.

Me dieron ganas de ir al baño, lo cual me pareció normal ya que me habían dicho que el cuerpo tiende a evacuar todo unas horas antes de parir. Fui pero no pasaba nada. También me habían dicho que es común sentir ganas de ir al baño en el período expulsivo.
Empecé a tener pérdidas de sangre bastante constantes. Como el volumen de la pérdida no era dentro de la normalidad que nos habían explicado, Pablo llamó a la obstetra. Eran las 2 o 2:30 de la madrugada. Me acuerdo que yo acotaba cosas a lo que decía Pablo, por lo que seguía siendo capaz de hablar de lo más bien y estaba atenta a la llamada. Al notar esto a la obstetra (nos comentaría después) le pareció que faltaba mucho, pero decidió ir a vernos por el tema de las pérdidas, que no eran normales.

Después de un rato de sumergirme cada vez más en el trance oscilante del parto, y no poder creer tanto dolor, me di cuenta de que hacer fuerza me aliviaba, especialmente en cuatro patas o casi acostada boca abajo, en el piso del comedor. Parece que eso es pujar.
En parte estoy segura de que al saber que la obstetra estaba en camino ya me decidí a pujar, y también en parte por mi conciencia de no poder tolerar la presencia de otra persona y que me hagan hablar, escuchar, pensar, o moverme de determinada forma, me entregué todavía más de lleno (si eso es posible) al proceso.
Además de los dolores inconfundibles de las contracciones me dolían las piernas, estaban agotadas. Mis piernitas, pensaba.
Volví a ir al baño, a sentarme en el inodoro casi desnuda. Pablo estaba conmigo, en calzoncillos y acuclillado frente a mí, dándome las manos, acariciándome las piernas, la cara, el pelo. Yo miraba al vacío y tenía la mandíbula cerrada pero labios separados, abiertos. Era consciente de la cara de loca que debería tener.
Hacía fuerza en cada contracción, a veces levantando la pelvis, con la cabeza contra la pared atrás del inodoro y apoyada en mis pies, casi formando un arco con mi cuerpo. Tanta fuerza hacía. En una de esas muy fuerte, con exclamación incluida, rompí la bolsa de aguas. Lo empapé a Pablo de la cintura para abajo, y salpiqué todo. Pablo decía "está bien, rompiste bolsa, no pasa nada", no sé si para tranquilizarme a mí o a él. Yo no necesitaba palabras, al contrario. Esa fue una de las pocas frases que se pronunciaron en ese período. Nos comunicábamos sin hablar. Él usaba su mirada y sus caricias, yo usaba golpecitos, pellizcones, rasguños, gritos, gemidos, gruñidos, caras.
Pablo hacía lo que podía para darme apoyo físico (es muy, muy fuerte, y aprovechamos eso al máximo esa noche), patinándose en el charco de líquido amniótico. Dicen que es como la gelatina justo antes de solidificarse, así que imagínense.
Sentí un poco de alivio al romperse la bolsa, tanto físico como -seguramente- mental. La bañera se estaba llenando para que me de un baño y así relajarme un poco, o al menos cambiar un poco el ambiente, ya que supuestamente la noche venía para largo.
Yo seguía haciendo muchísima fuerza en las contracciones, de forma salvaje. No era como antes que bailaba, me estiraba, rodaba, me mecía o hacía fuerza conscientemente. Era salvaje, la fuerza nacía en otro lado, acompañada por un grito que venía desde mi panza, pasando por el pecho y casi salteando mis cuerdas vocales. Me sentía conectada con algo grandioso, con la totalidad (no la esencia: la totalidad) de mi ser. No, no me sentía conectada con la totalidad de mi ser. Era la totalidad de mi ser.
Yo permanecía en el inodoro, y Pablo me decía una frase que no recuerdo pero demostraba cierto miedito de que haga tanta fuerza ahí sentada.
Pablo en un momento amagó a incorporarse para cerrar la canilla de la bañera, que estaba por rebalsar. Le pegué un puñetazo seco en el hombro izquierdo, de arriba hacia abajo, y bajó de nuevo a acompañarme. Yo no podía tolerar ningún cambio, ni siquiera que él dé un paso hacia la bañera. Después de un ratito él decía "va a rebalsar" bien bajito, y se lo veía preocupado. Yo veía de reojo y sabía que faltaba un poco, aunque sea un minuto más. Y no me importaba que rebalse. Se podía dar vuelta todo el mundo a nuestro alrededor que lo único que quería, sentía y necesitaba era hacer fuerza en ese abrazo con Pablo.
Pero él lo veía desde el punto de vista práctico: sangre + líquido amniótico + agua de la bañera + mujer embarazada haciendo fuerza salvajemente apoyándose en su hombre = alto riesgo de caídas.
Entonces de pronto se convirtió en Flash Gordon y cerró la canilla sin que casi me de cuenta y casi sin soltarme. Yo pensaba que no le íbamos a poder abrir a Alejandra, la obstetra, y trataba de encontrar alguna solución, pero ni siquiera podía dejar a Pablo buscar el celular.

En un momento no sé por qué se me ocurrió llevar la mano a mis genitales, por primera vez en la noche. No me di cuenta automáticamente pero ahí hay algo que no es mío, pensé. Podía sentir la cabecita de Casiel. Apenas me di cuenta se me alivió muchísimo el dolor, y bajé del inodoro: puse la rodilla izquierda y el pie derecho sobre el piso, y en esa posición -que me dijeron después es la posición para parir más primitiva de la que se tiene registro- hice mucha fuerza con el mismo sonido abismal de antes pero ya con vibración de cuerdas vocales incluida. Supongo que es cierto que no hay que hacer fuerza sin contracción, porque no pasó nada. Pasaron unos segundos y lo hice de nuevo, esta vez funcionando. Salió la cabeza de Casiel (junto a mis gritos y alivio y felicidad), que recibí con una mano. Luego, en menos de un respiro los hombritos y el resto del cuerpo, que sostuve con la otra mano. Pablo estaba a mi costado: era una red protectora (que yo sentía fuertísima e inquebrantable) que con un brazo me sostenía fuertemente y con la mano abierta debajo mío cuidaba que no se caiga el bebé.
Casiel salió perfecto y hermoso, emitió unos quejiditos en seguidísima mientras lo levantaba hacia mí para conocerlo y abrazarlo tan emocionada que sentía algo así como amor en oleadas desde mi pecho. Los dos nos quedamos unos instantes extasiados y embobados mirándolo.
Después de verlo, abrazarnos los tres y observar que el bebé estaba bien y que tenía pitito me senté sobre mis piernas flexionadas, y le fui pidiendo muy suavecito a Pablo que le traiga la mantita de algodón a Casiel para abrigarlo, que ponga la filmadora, que me ate el pelo y que me saque el corpiño. Esto último se complicó un poquito porque todavía estaba el cordón uniendo a Casiel con la placenta en mi interior. Casiel se chupaba el dedo entonces le di un poquito de teta ahí en el baño. En seguida Pablo me llevó al piso del comedor con Casiel en brazos y llamó a la obstetra, extático.

-Hola, Ale, ya nació... ¡ya nació! lo tenemos en brazos, acá… ¿estás en la puerta? estoy bajando a buscarte.

Me dijo que Alejandra estaba abajo, que ya venía. Bajó corriendo descalzo dejando huellas de sangre en las baldosas beige de las escaleras (lindo panorama se deben haber imaginado los vecinos, con mis gritos y esa evidencia). La cámara me enfoca todo ese tiempo sola con Casiel en el comedor, y es muy lindo.
La obstetra le dijo a Pablo que cierre la ventana, y bajó las luces. Casiel instantáneamente abrió sus enormes pero hinchados ojitos y los enfocó en los míos, para no separarlos más de mí hasta dormirse. Alejandra me controló, lo miró a Casiel, cortaron el cordón con Pablo, y sacó la placenta, que ya estaba en el canal vaginal.
Después de limpiarme un poco me llevaron a la cama, donde ella me hizo un par de puntos en un pequeño desgarro. Pablo apenas pudo le dijo que ya volvía, fue a la cama del comedor y se desplomó de costado, un poco por impresión, otro por la intensidad de lo vivido, y mucho por cansancios de todo tipo.
Pablo estuvo impresionante, compuso un despliegue tal de agilidad, fuerza, contención, cuidado, estabilidad, atención, paciencia y amor que logró lo que sentí como la perfección.
Casiel nunca fue separado de mis brazos. Se prendió en seguida muy bien a la teta, y yo comí unas uvas en la cama. Luego ambos descansamos un poco, mientras Pablo y Alejandra limpiaban (ella se quedó a observarme unas horas), y tomaban un café en el comedor. El té de hierbas nunca lo tomamos. El Gatorade sí.

Casiel nació a las 4:00 AM del miércoles 26 de diciembre de 2007.

A las 7:50, justo después de que se haya ido Alejandra, decidimos llamar a mi mamá y mis hermanas, antes de dormir. Se bañaron, caminaron cien metros y lo conocieron emocionadísimas. Después también lo conoció Marcelo. Por último llamamos al resto de los abuelos y tíos de Casiel, desconectamos todos los teléfonos y dormimos los tres. Unas horas después se presentó el neonatólogo a hacerle un primer control a Casiel, y lo encontró perfecto.




Es cierto lo que dicen: esa noche fue la noche en la que me encontré con mi verdadera fuerza, con mi poder. En la que fui y supe. En la que el tiempo no existió, el espacio se relativizó, y entendí sin entender. En la que me desnudé, aunque suene cliché, en cuerpo y alma, como el disco de Aznar. Pablo, Casiel y yo éramos todo, éramos uno, éramos poder.
Ya nada va a ser igual en mí, por suerte. Sentí. Entendí. Fui. Soy.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Noviembre

Una noche de noviembre estábamos jugando con mis hermanos a la pelota y nos asustamos con una especie de liebre enorme con cara de caballo. Era difícil jugar a la pelota en mi chacra, ya que estaba en declive por estar en Villa Turismo, en la base del Cerro Piltriquitrón. La pelota se iba rodando lejos constantemente, y había que ir a buscarla. Para colmo generalmente si se detenía era porque se estancaba entre las mosquetas o, con muy mala suerte, en los árboles al otro extremo de la chacra. Un embole. Así fue como surgió el "gracias, María". El otro día estaba chateando con mi hermana, le recordé que podía faltar a la facultad sin quedarse libre porque si le hacían quilombo tenía la posibilidad de usar un certificado médico de la última falta, y me dijo "gracias, María". Casi me muero, me había olvidado. Una vez, jugando a la pelota, ésta se estaba por ir hacia la plantación de boysemberries unos metros más abajo, pero dio contra un pino. Al rebotar volvió hacia mí, que iba corriendo desesperada tratando de evitar ir a buscarla muy lejos (me había tocado el peor lugar de la ronda), y le dije al pino "¡gracias, María!". Mis hermanos se cagaron de risa y esa frasecita quedó para siempre: cuando algo externo (especialmente si era un objeto inanimado), sin querer o sin que le corresponda, te solucionaba un problema, decíamos "gracias, María". Me había olvidado, pero parece que mi hermana no: me contó que a veces esa exclamación se le está por escapar, a riesgo de hacerla quedar como una loca.
La vez que mencioné al principio estábamos jugando y se nos hizo de noche. Los últimos minutos de juego -antes de que nos alcance el grito de "¡al aaaaguaa chicos!"- eran de máximo disfrute; esta vez fueron muchos minutos y se hizo de noche, lo cual no iba a interrumpir el juego. Sólo lo podía interrumpir la voz materna prescribiendo un baño.
No nos daba miedo la oscuridad, al menos alrededor de la casa. Sólo daba un incentivo extra para atrapar la pelota antes de que se vaya por la bajadita después de los pinos a la plantación de frambuesas y boysemberries. No sé por qué, de nuevo yo estaba en esa parte fea de la ronda -o triángulo. La pelota se estaba yendo, yo corría atrás de ella, cuando salió una especie de liebre con cara de mala de entre los pinos. Fue la primera -y no sé si la única- vez que corrí frenéticamente de algo por miedo. Llegué a la puerta de entrada de la casa y no quise salir más, aunque eso significase adelantar la ducha. Le contamos a mi papá y dijo que era una mara, y que eran buenas.
El miedo fue cediendo terreno a otra sensación: por fin había conocido una mara. Mi mamá nos contó un día que a casi todas sus hermanas se las podía relacionar con un animal, por sus nombres. Así, Patricia era pato, y Mónica era mono. Al preguntarle por ella, Marina, nos dijo "¡yo soy mara!". Y nos explicó qué animal era ese. Para mí era algo imaginario, pero lo conocí una noche jugando a la pelota. Así se sumó otro latiguillo a nuestros juegos. No sólo estaba el "gracias, María", sino que también nos asustábamos al grito de "¡la mara!, ¡la mara!".

lunes, 8 de septiembre de 2008

Octubre

Una noche de octubre estaba con unos amigos y mi hermana en el refugio del Cerro Piltriquitrón y nos hicimos señas de luces con unos conocidos que estaban en la loma que nace en la Cordillera, del otro lado del pueblo. Hubo una época, a mis quince años, en la que tres amigos y yo nos hicimos cargo -extraoficialmente- de cuidar el refugio del Piltriquitrón, que estaba abandonado. Nos habíamos enterado de que no había refugieros y decidimos ir muy seguido; total la casa de mi papá quedaba en las rodillas del cerro. También cuidábamos a sus integrantes permanentes: dos gatos y varias plantas. A los gatos le habíamos puesto boludo y tarado. Se habían ganado esos nombres y respondían entusiasmados, pobres.

Desde el pueblo se puede ir en auto hasta la denominada plataforma, desde donde se tiran los parapentistas y donde está enterrado Venzano -personaje importante en la zona: médico, cartógrafo, aviador, geólogo, naturista, andinista, pintor, todavía se usan los mapas de la comarca que dibujó basado en sus observaciones desde las rocosas y heladas alturas. Son 13 kilómetros. Supongo que saliendo desde lo de mi papá nos ahorrábamos unos 4 km, ya que a veces lo hacíamos caminando y otras veces nos llevaban. Desde la plataforma hay que subir caminando por un sendero por momentos algo empinado pero nada peligroso, y en aproximadamente 30 minutos estábamos arriba. Bajar era más fácil y más rápido, lo hacíamos corriendo y/o rodando en menos de 10 minutos. Ya teníamos nombres para ciertas partes del recorrido, como la enorme roca que bautizamos morsa mirando al noroeste. Asimismo, cada uno de nosotros -especialmente el varón- tenía partes del terreno que le pertenecían, ganadas a puros porrazos. La vuelta a la civilización siempre era toda caminando, al menos hasta lo de mi papá. Pero era divertido y relajado, y nos dedicábamos a comer todo lo que habíamos cargado y no habíamos llegado a consumir. En un momento del camino de autos había un cartel que decía "disfrute el paisaje" (tal vez siga estando ahí). ¿Quién necesita esos recordatorios? Estaría bueno de vez en cuando que de la nada te caiga un cartelazo en la cabeza en el que se lea "disfrutá más la vida" o "disfrutá tus días", pero eso es otra historia.

Desde el refugio se ve el pueblo (guitarra por la noche, con luces de alumbrado municipal como diapasón y la caja hecha de lumbres hogareñas), la loma del medio y atrás la cordillera, luciendo en otoño su sombrero rojo de lengas. La loma del medio está entre los ríos Quemquemtreu y Azul. Este último divide la loma del medio y el nacimiento de la Cordillera de los Andes. Al menos eso entiendo yo: tal vez alguien de El Bolsón que sabe más (o alguien que sabe más de El Bolsón) lee esto y me corrige, tal vez todo es parte de la cordillera.
Desde ciertos sectores de la loma del medio se puede apreciar el pueblo retozando en el abrazo protector que le ofrece el incondicional Piltriquitrón. Un grupo de conocidos solía ir en esa época al mirador de esta loma a entretenerse a la noche. Eran los chicos un poco rebeldes pero lindos del momento, y uno de ellos tenía una combi que aprovechaban para boludear con calidad. Eso tiene el vivir en un lugar así: podés estar haciendo lo más tarado del mundo, pero tiene otro nivel si levantás la vista y ves semejante paisaje, o aguzás los sentidos y percibís tanta belleza, pureza y perfección. O tal vez eso me pasa a mí con El Bolsón, y a otra persona le pasa estando en Buenos Aires; quizás sea sólo un estado mental.

En esta foto -sacada años después cerca de la plataforma- se ve parte del pueblo, la loma del medio y la cordillera de fondo.



Esta otra fue sacada el mismo día que la anterior y se ve la parte sur del pueblo y el nacimiento de la loma del medio, bien a la derecha (recomiendo ampliarla para ver mejor).



Y, ya que estamos, una foto del piltri sacada por mi hermana hace cinco años.




Habíamos quedado con estos chicos (yo tenía onda con uno, que después fue mi primer noviecito, una de mis amigas tenía onda con otro, y mi amigo era amigo del dueño de la combi) en que si nos pasaba algo les avisábamos haciendo luces con la linterna. Lo que nos pasó fue que nos aburrimos, y queríamos verlos. Entonces salimos con la linterna y empezamos a hacer luces hacia donde adivinábamos estaba el mirador. No me gustaba demasiado ya que mucha gente del pueblo se podía preocupar al ver nuestras señales. Pero lo hicimos y al ratito vimos cómo dos conos formados por los focos de un vehículo iluminando la tierra levantada rotaban hacia nosotros, y al enfrentarse al Piltriquitrón y convertirse en dos círculos amarillos se apagaban y prendían varias veces.

Agarramos un par de cosas y empezamos a bajar rápidamente por el sendero que tanto conocíamos hacia la plataforma, donde los esperaríamos. Al llegar ellos se enojaron un poco porque se habían preocupado, entonces les dijimos que una de las chicas se había torcido un pie. Era verdad: mi amiga se había torcido el tobillo bajando el escalón del refugio (vas a la montaña, pero ¿te esguinzás con un escalón? eso es ironía), y se había quedado arriba porque le costaba caminar. Entonces dos de ellos subieron con mi amigo a buscarla, pero ella no quiso bajar (ahora lo pienso y veo que hizo bien, no era una buena idea bajar al pueblo de noche por ese camino zigzagueante en el que el precipicio a veces está a tu derecha y a veces a tu izquierda en una combi llena de rebeldes alcoholizados). Ahí se enojaron otro poquito, pero después se alegraron de seguir la joda todos juntos. Por suerte tenían bebidas. Me acuerdo que un día escribí en uno de los cuadernos (que eran como libros de actas) del refugio: "quiero que vengan los chicos, y que traigan alcohol!!!", y unos meses más tarde Cele, mi amiga cuatro años más chica, me contó que había leído los cuadernos y se había muerto de risa con lo de boludo y tarado. Y yo pensaba "espero que haya pensado que lo del alcohol era para desinfectarnos", y me quedé preocupada porque su familia había visto esa faceta mía. Se me complicaba a veces combinar mi adolescencia y el comienzo de la joda con mi amistad con una nena de once años, y cuando se mezclaban los dos mundos era raro. Unos años después, cuando me la encontré en bar tomando algo, nos hallamos en una sintonía más similar y fue lindo.

Esa noche, después de un par de horas, los chicos se fueron y nosotros volvimos a nuestro momentáneo hogar donde nos esperaban boludo, tarado y la chica que se había torcido el pie con el escalón, quizás haciendo juego con ellos.
Bastante tiempo después el refugio se quemó y lamenté mucho que se hayan perdido todos esos cuadernos que guardaban años de instantes memorables en cientos de caligrafías distintas.

Hubo otra noche en la que hice señas de luces a la distancia, y fue con mi papá -él desde la chacra y yo desde la casa de mi mamá. Se habían separado hacía poco y no teníamos teléfono en ninguna de las dos casas, lo cual lo hacía todavía más difícil. Un día no sé cómo se nos ocurrió con mi papá hacernos señas de luces. La noche pactada a la hora determinada yo estaba en la casa del pueblo de mi mamá con ella y mi hermano, y mirábamos la parte inferior de la montaña por la ventana de la cocina. De pronto, una lucecita empezó a titilar, y lo supimos: ahí estaban mi papá, Ana y Clari con una linterna, desde la parte más alta de la chacra. Nosotros empezamos a apagar y prender la luz de la cocina, pero sentíamos que no nos veían así que directamente cortábamos la luz del departamento una y otra vez. Estuvieron un rato pero no nos vieron, me enteré al dia siguiente. Supongo que era difícil percibir nuestras señas provenientes desde el pueblo, más iluminado.

Me gustaría aprender código morse para la próxima vez que organice algo así.

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Como para que no quiera y necesite volver allá:


Foto robada de la web. A menos que los ángeles usen zapatillas, fue sacada por un parapentista.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Tengo problemas

¿Justo se me tenía que romper la pc después de un post en el que digo que internet es mi amiga porque ahí es donde aprendo a tejer, a cocinar, busco direcciones, teléfonos, y muchas otras cosas que la hacen muy necesaria en mis días?

Estoy con síndrome de abstinencia. ¡Quiero mi compu, quiero mi compu! Y encima no confío en nadie para que me la arregle y no quiero que nadie la toque sin que yo vea. Y es un vejestorio, eh. Ya sé que soy rara.

Llego a perder todo (¡muchas fotos!) y me mato. No creo, pero ya veré.

Igual no me voy de acá. Ya vuelvo, desde donde sea.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Septiembre


Una noche de septiembre terminé de leer de un saque un libro sobre parto humanizado, que avaló todo lo que mi instinto me venía diciendo, y decidí que quería considerar tener un parto en casa. Un rato después, cuando mi pareja se levantó para ir al trabajo, le dije "Pablo, en realidad no quiero usar la obra social, me parece que quiero un parto en casa, pero después lo hablamos bien". Y me dijo que estaba bien.
Antes de quedar embarazada quería toda la tecnología posible, así que nos metimos en la “mejor” prepaga para maternidad. Estaba entusiasmada porque me iban a dar pantuflitas en la clínica y una afeitadora a mi marido. Al pasar los meses, a medida que mi panza crecía también crecía mi conexión con la naturalidad del embarazo, el parto y el nacimiento, y mi instinto me decía que las cosas no iban a salir como lo había sentido toda mi vida si seguía el camino que estaba tomando. Pero no tenía las herramientas para pensar otro camino. Al leer ese libro, se me presentaron muchas variantes, y vi que no era tan hippie, descocado, ni necesitaba tanta preparación el tenerlo en casa o buscar un parto más natural. Me acuerdo de haberle dicho a mi mamá, con una panza de cinco meses: "estaría bueno tenerlo en casa, pero ya es tarde, eso necesita mucha preparación".

Yo quería que no me metan ninguna sustancia; yo quería que no me corten; yo quería que me esperen lo que me tengan que esperar; que me dejen libre; que lo dejen a Pablo libre; que no nos asusten; que no nos manipulen para amoldarnos a su comodidad; que no me separen, en lo posible, del bebé; que no le hagan cosas innecesarias al bebé. Yo sabía –y siempre supe- que iba a estar todo bien en mi parto, pero que no sólo dependía de mí, de Pablo y del bebé sino también de la gente con la que eligiéramos hacerlo.
Al hacerse más presentes esas inquietudes, cuando el libro avaló lo que me venía diciendo mi instinto, tanteé la posibilidad de lograr un parto totalmente natural dentro de la prepaga. Decidí hablar del tema con mi obstetra (al que había elegido luego de pasar por otros tres que no me convencieron al principio del embarazo), que era divino pero me dijo cosas como "es una estupidez no darte la epidural", "si te duele una muela ¿que hacés?, ¿te ponés anestesia o dejás que se pudra?", "está bien, no te pongo oxitocina, pero si el parto no avanza en dos horas vas a cesárea", "es muy raro que una primeriza se salve de la episiotomía", "vos vas a tener suero desde el principio y el feto va a estar constantemente monitoreado y si cambian los latidos vas a cesárea". De esa charla me fui mal pero al mismo tiempo más aliviada, porque al menos él fue sincero y yo ya sabía lo que me esperaba si seguía con él.
A raíz de esa conversación empecé a averiguar en mi amiga internet (donde aprendo a tejer, a cocinar, busco direcciones, teléfonos, y muchas otras cosas que la hacen muy necesaria en mis días), y encontré varios grupos de profesionales que asisten y asesoran la clase de embarazo, parto y crianza que yo quería lograr y que iba con lo que queríamos Pablo y yo. Leí otro libro y varias notas, mientras le iba contando a Pablo y pasándole lecturas.

Lo que fui aprendiendo, que se confirmaba mientras más mujeres y hombres me contaban sobre sus experiencias en establecimientos tanto privados como públicos, es que se genera una reacción en cadena por un intento de los profesionales de la salud de controlar el parto, que casi siempre termina en cesárea o en un acontecimiento no del todo agradable, donde los protagonistas son los médicos y asistentes y la mujer es un objeto –y uno enfermo. El marido/papá directamente casi no figura. Tienen todo armado para ser fábricas de bebés y todo dispuesto para la comodidad de los médicos, con respecto a tiempos, condiciones y procedimientos. Se trata al parto como una enfermedad cuando no lo es. Y se contradicen cosas que no solo son obvias por sentido común sino que -por ejemplo- están recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (y se hacen rutinariamente cosas que están altamente contraindicadas por la OMS).

Me di cuenta de que en las clínicas privadas es inusual un parto sin anestesia peridural. Hasta les parece muy raro que alguien les diga que no la quiere. Raro y estúpido, y no sólo a los médicos, sino a la gente de esta ciudad en general. Pero esa anestesia no es inofensiva, tanto física como emocionalmente. Parece que "anula" la hipófisis, y no se segrega más oxitocina natural (que es una hormona que se libera en el parto o cuando se amamanta, y parece que también en el orgasmo y cuando estamos enamorados), que conduce las contracciones. Entonces, se pasa a la segunda instancia, que es poner un goteo de oxitocina (que no es oxitocina, en realidad), lo cual hace las contracciones más violentas y seguidas, así logrando lo que quieren: obtener un parto en menos de dos horas. Pero en la mayoría de los casos hay que ir a cesárea porque las contracciones al no ser naturales causan sufrimiento fetal, entre otras cosas. La mamá naturalmente genera contracciones que tanto ella como el bebé pueden soportar: pero si hacen todo así, arruinan irreversiblemente el proceso. Además el dolor en el parto es, entre otras cosas, lo que ayuda a despertar el instinto animal que hace que se pueda vivir de la mejor forma -y sobrellevar- semejante labor, sin dejar lugar a que la mente aporte miedos, angustias, distracciones, preocupaciones, enojos, ideas, que sólo traban el proceso. Y es lo que enfatiza las ganas de pujar: porque muchas veces pujando se lo alivia.
El índice de cesáreas en Capital Federal es de un 50% a 60% en hospitales públicos y un 80% a 90% en clínicas privadas, cuando debería ser un 10% de todos los partos. Increíble. Y ni hablar de la episiotomía: obviamente como los tejidos no tuvieron el tiempo necesario, no están listos para que salga la cabeza del bebé. Así que, si después de todo eso, se logra un parto por vía baja, seguramente va con episiotomía -que la hacen de rutina, obviamente. La OMS recomienda que es mejor un desgarro del tipo o nivel uno o dos que una episiotomía, porque la episiotomía es cortar directamente todo, incluido el músculo. Frente a un inminente desgarro de grado tres, es bueno un corte. Pero si no: no. Pero no hay con qué darle, la hacen mucho antes de que corone el bebé.

También averiguamos lo que le podían hacer al bebé como rutina innecesaria:
- Cortar el cordón en seguida, cuando es mejor que quede hasta que deje de latir, ya que la placenta le manda todo "lo bueno" (hierro, etc.) al ver que el bebé salió, y es muy beneficioso para el primer tiempo. Además lo obligan a introducirse en el medio aéreo de golpe, cuando podría estar tosiendo, eliminando secreciones, y recibiendo oxígeno por el cordón hasta estar listo para usar sus pulmoncitos.
- Separarlo de la mamá, aunque es lo primero que necesita y a lo que está acostumbrado.
- Meterle sondas -una gástrica y otra anal- cuando no es necesario hacerlo de rutina y es totalmente invasivo y violento para el pobre bebé. Se pueden controlar las obstrucciones en una primera instancia de otras formas no tan agresivas, con un estetoscopio y observando al bebé.
- Pesarlo, bañarlo, manipularlo, pincharlo, ponerle un líquido en los ojos, en vez de dejarlo con la mamá y la teta (y el papá) que es lo mejor que puede pasarle y lo que necesita.
- Si pesa aunque sea apenas menos de 3 Kg., va a incubadora por un par de días en observación, cuando, de nuevo, la mejor incubadora en este caso (que no es que peligra realmente su salud) es la mamá.
A veces hasta le dan leche de fórmula y suero, sin siquiera preguntar. Y las vacunas, que son un tema aparte.
La posibilidad de que le hicieran algunas de estas cosas nos angustiaba. Y las cosas que podrían llegar a hacerle fuera de la rutina normal -presentada alguna mínima eventualidad-, ni nos queríamos imaginar. No confiábamos en la forma en que eran tratados los recién nacidos sanos por el sistema médico.

Entonces el panorama era que en los partos normalmente se hacía una reacción en cadena de procesos que no necesitaban ser rutinarios, que empezaban con un suero y la inmovilidad de la madre en posición acostada y el monitoreo fetal constante con un cinturón (lo que impide que el parto avance bien y las cosas circulen como deben), al ir todo lento siguiendo con un goteo de oxitocina y/o rompimiento de bolsa, que iba de la mano con la peridural, y ahí o terminaba en cesárea, en la mayoría de los casos, o si no en parto vaginal pero con episiotomía y un bebé sometido a un proceso violento por demás (con contracciones tan duras y brutas, no naturales), y al que le esperaba todavía más con las rutinas que le harían a él.

Eso es lo usual, y a veces también se apura a la embarazada y le despegan la membrana, le ponen prostaglandina en algún tacto de las últimas semanas -sin siquiera decirle, ya que piensan que deben inducir el parto (se lo hicieron a una amiga y a una conocida, y parece que es común)-, o la fuerzan a inducir el parto artificialmente por una cuestión de fechas o a cesárea apurándola o con pretextos como que existe circular de cordón (la realidad es que el bebé se enrosca y desenrosca constantemente).

La mayoría de los procedimientos médicos antes mencionados son realmente útiles y extraordinarios cuando son necesarios. Debemos agradecer que existan y que haya profesionales entrenados para hacerlos. Pero usarlos metodológicamente en partos sin patologías es tratar de dominar lo indomable. Es intervenir artificialmente en uno de los actos más primitivos del ser humano. Es tratar de prever, planear, determinar y estructurar los partos en un molde cuando cada parto es diferente, así como es diferente cada vez que se hace el amor.

Leí en algún lado que en un embarazo de bajo riesgo es menos factible que pase algo si el parto transcurre en la casa, ya que –entre otros factores, como que la mujer se siente más cómoda con sus cosas, sus olores y en un lugar propio e íntimo- en clínicas y hospitales, al intervenir el hombre en algo totalmente fisiológico y natural, hay más tendencia a alterar el proceso y que éste se complique. Lo ideal sería que los partos sean en los hogares o en casas de partos o instituciones específicamente aptas para eso, y que los hospitales y clínicas estén preparados para recibir a la madre y al bebé si hace falta, con el equipo que los acompaña (parteras, idealmente), suministrando todo lo que sea necesario (transporte, profesionales, insumos, tecnología e instrumental médico).

Recuerdo que en una clase de gimnasia para embarazadas (a la que fui una sola vez), la profesora al leer mi ficha mencionó mi interés en tener un parto en casa, y todas me miraron, absorbiendo con sus bocas abiertas de asombro todo el aire del salón. Una de las panzonas me dijo: "pero... ¿no te da miedo? a mi me daría miedo no tenerlo en una clínica", y yo le contesté: "a mí me da más miedo todo lo que me harían en el hospital". Automáticamente me arrepentí un poco, porque tal vez las asusté. Quizás esa noche no durmió la pobre chica. Pero que se jodan, me daba bronca porque estaban todas asustadísimas y totalmente desinformadas. No sabían nada de lo que pasaba en un parto, especialmente fisiológicamente. Si algo te asusta: ¡informate! ¡averiguá! Hasta le preguntaron a la profesora, en la charla que tomaba lugar después de la clase, qué era la peridural. Ellas se entregaban a las manos de los médicos, parteras, anestesistas, enfermeras, neonatólogos y pediatras como vacas temerosas al matadero. Ellas colaboraban con el sistema de "fábrica de bebés" siendo sólo envases. Es cruel mi forma de decirlo, y no es taaan así. Pero me sacaban.


A raíz de ir aprendiendo todo esto me contacté con tres de las personas o agrupaciones de personas que pugnan por un parto fisiológico y natural, dos de ellos autores de los libros que mencioné. Fuimos con Pablo a tres charlas distintas en distintos barrios de esta ciudad, donde escuchamos testimonios, hicimos y escuchamos muchas preguntas y sus respuestas, miramos videos, y conocimos a las personas que podrían acompañarnos en ese camino que todavía no habíamos decidido del todo tomar. Luego fuimos a tres consultas, una por cada charla: la primera con un médico y las otras dos con parteras.
Nos dimos cuenta de que es casi imposible "pelear" al sistema desde adentro, y que no es lo mejor que el parto sea una lucha con la institución. Si se quiere un cambio es bueno movilizarse pero desde otros lados. Es demasiado valioso un parto/nacimiento como para arriesgarse así, casi ingenuamente, pensando que por imponernos, plantarnos con fuerza, por nuestros gritos o por llevar un documento que muestra las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, los hospitales y clínicas van a cambiar sus métodos y su organización. Además hay muchísimos profesionales que lo hacen de buena fe, porque realmente piensan que es lo mejor, porque les enseñaron así.

Un mes después de la noche en que leí el libro ya prácticamente decidíamos cómo encarar un parto en casa. No sólo por esto de que queríamos evitar al sistema tan equivocado y hasta a veces perverso, sino porque también aprendimos que el parto/nacimiento es algo natural y parte de la vida familiar y de la intimidad de la pareja, y que es muy hermoso si puede suceder de la misma forma que empezó: en la intimidad de nuestra casa, y de una forma tan hermosa y amorosa. Que no hay que verlo como una enfermedad, sino como algo con una connotación sexual, muy especial e íntimo y familiar; con cierto riesgo, sí, por lo que hay que tomar recaudos, pero que lo ideal era que suceda en casa naturalmente, dado que las instituciones no estaban preparadas para hacer las cosas bien.

Entonces, mientras terminábamos de decidir cuál de las dos parteras iba a acompañarnos, saqué turno con tres obstetras más de mi prepaga, que me habían recomendado como "los más potables de la cartilla". Quería tener alternativas dentro de la prepaga, por las dudas, con una orientación similar a la nuestra. El primero me dijo casi lo mismo que mi ex-obstetra, y que sería imposible encontrar lo que quería en este sistema. Que deje de buscar y me amolde al mismo. Que si él hiciese los partos como los quiero yo, no podría hacer los X partos que hacía al mes (1: él no hace los partos. 2: adaptan a las parturientas a sus comodidades o a sus billeteras y encima te lo dicen en la cara).
El segundo me dijo que no iba a estar para mi fecha probable de parto pero que estaba de acuerdo con que el parto sea lo más natural posible dentro de lo que la situación y la clínica permitan. Que era complicado, y que me comunique con grupos que hacen partos en casa, porque era lo que más iba conmigo. Le dije que ya había ido a algunas charlas, y le pedí que me diga, como médico, si realmente funciona la teoría del "plan B" para emergencias. Si se puede llegar a la clínica al haber una complicación en el parto en casa. Me dijo que las patologías se ven venir, y dan tiempo a llegar.
La tercera tenía un enfoque mucho más como el nuestro, aunque sentí que llegado el caso tendería aunque sea levemente hacia la búsqueda de la patología y la intervención quizás innecesaria. Nos quedamos con ella como mejor opción dentro de la prepaga, para seguir teniendo estudios y medicamentos "gratis" y por las dudas.

A todo esto ya habíamos elegido quiénes nos iban a acompañar e íbamos a reuniones de preparto y controles con ellas. Aprendí de a poco a escuchar a mi cuerpo, a desactivar mi mente cuando es necesario, a divertirme, a soltar, a sentir más, a confiar, a traspasar obstáculos o al menos intentarlo con todo mi ser, a sentir mi poder. Con Pablo fuimos acercándonos a conocer lo que pasa fisiológicamente, emocionalmente y a nivel de pareja en el parto y posparto, y nos íbamos preparando para el gran acontecimiento.

Como casi entrando al octavo mes se me complicaba barajar el doble control del embarazo (el de las parteras y el "fingido" con la obstetra para mantenerme como paciente), y la obstetra empezaba a querer intervenir (quiso hacerme un tacto innecesario), mi partera nos recomendó que directamente tengamos al bebé en casa con ella y una obstetra con la que ella trabajaba, en vez de con ella y otra partera. Y si pasaba algo íbamos a la clínica con esta médica. La conocimos y decidimos que eso nos cerraba más. Hice muchas averiguaciones y trámites en la prepaga, ya que teníamos un plan cerrado, y logré que llegado el caso la dejen pasar a ella y nos cubran la internación y el anestesista en una clínica a doce cuadras de casa.

Después de mucho trabajo, de mucho aprender, de mucha introspección, mucho observar y averiguar ya había tomado forma nuestro plan de embarazo/parto/nacimiento/primera crianza.
No sólo lo emocional nos hizo llegar a esa decisión, sino también lo lógico. No teníamos duda de que estábamos haciendo lo correcto y estábamos felices de haber llegado a ese camino. Sentíamos que estábamos haciendo las cosas bien –pasara lo que pasara-, y que le dábamos lo mejor a Casiel, y a nosotros mismos.

¿Quién sabe? Así como ese libro me ayudó a hacer el clic de "se puede", tal vez este escrito que da cuenta de ese recorrido tan importante en nuestras vidas que hicimos con mucho trabajo le llegue a alguna persona (si es que alguien llega hasta acá abajo), la movilice aunque sea mínimamente y la ayude en la creación de su recorrido personal.



Links:
www.parirconparteras.com.ar
www.tierradepartos.com.ar
www.nacimientoenfamilia.com.arwww.dandoaluz.net
www.partos.com.ar
www.partolibre.com.ar
www.partohumanizado.com.ar
www.doulasdeargentina.com.arwww.elpartoesnuestro.es
www.relacahupan.org
www.crianzanatural.comwww.busquedapermanente.blogspot.com
www.parterianatural.com.ar
www.doulaamorosamente.blogspot.com
www.soniacavia.com.ar

Recomendaciones de la OMS sobre el parto y el nacimiento

Callate y Pujá, un corto (un poco fuerte, aviso).

martes, 19 de agosto de 2008

Agosto

Una noche de agosto estaba con tres amigos en una carpa en el bosque, y sentimos unos ruidos extrañísimos. Habíamos ido de campamento al primer morro, que nace detrás de la casa de mi papá, en el cerro Piltriquitrón. Osito, Mary, R (que años después fue mi novio) y yo habíamos caminado media hora desde la última calle que hay antes del bosque cada vez más puro de montaña, hasta encontrar un lugar con arroyito, vista del pueblo -que en esa época a la noche se veía como una guitarra eléctrica, cuyo diapasón eran las luces de la avenida principal- y hasta una tímida cascada. Habiendo acampado en un pequeño claro al lado del arroyo, y ya listos para dormir, sentimos a lo lejos un sonido como de golpes secos. Yo los tranquilicé diciendo que estábamos cerca de Villa Turismo y podía ser que por algún misterioso fenómeno acústico escuchemos a alguien trabajando en su casa, pero no me convencía mi explicación, especialmente porque era alrededor de la una de la madrugada. El ruido se fue acercando, y nosotros parecíamos concursantes arrojando frenéticamente posibles explicaciones, el ganador siendo el que nos convencía y por ende tranquilizaba a todos. Nada parecía suficientemente razonable, y lo sabíamos. Lo que elegimos para tratar de superar ese miedo y pasar la noche fue: hay una rama en el arroyo que golpea un tronco. Pero los ruidos eran demasiado regulares en su irregularidad.
Yo había elegido un lugar estratégico: entre Mary y R. Creo que a nadie le gusta estar contra las paredes de la carpa (lo único que divide el sueño tranquilo del insondable mundo del bosque oscuro es una tela), así que nosotras mandamos a los varones a los costados.
El ruido de la rama seguía y, para desgracia nuestra, confirmamos que lo que estaba pasando no se trataba de algo explicable dentro de la normalidad de un bosque cuando empezó a sonar una campanita. El tintineo se fue acercando hacia el frente de nuestra carpa, mientras que el golpe seco seguía su ritmo escalofriante ahora más lejos y a nuestra derecha.
La teoría que ganó en este nuevo concurso fue que había alguna manada de ganado, y que la campanita estaba en el cuello de alguno de los animales. Yo ahí empecé a contarles de Mariposa, la vaca de mi vecina.
Pero, ¿y los palazos? pregunté.
Y... el ganado no creo. La rama en el arroyo.
La vaca y la rama no nos convencían pero tratábamos -quietos- de dormir cuando sentimos a nuestra izquierda una ramita quebrarse a menos de dos metros de la carpa, con ese crujido que hace una varilla de madera seca cuando alguien la pisa. Punto cúlmine de miedo, con reacciones diversas: Osito dijo "pasame el .45", y daba más risa que miedo. Mary estaba petrificada; parecía una momia, callada y quieta en su bolsa de dormir. R estaba en shock nervioso, prácticamente llorando. Yo abrí el cierre de la carpa, salí, y grité "¿¡quién mierda está ahí afuera!?". Ahí sentí algo que me tiraba del pullover hacia adentro de la carpa: era R, al mismo tiempo que me gritaba en un susurro "¡NO! ¿estás loca?".

No sentimos más ruidos, pero tardamos bastante en dormirnos. A la mañana siguiente Osito usó sus conocimientos de boy scout y se puso a examinar los alrededores de la carpa. No vimos pisadas ajenas; sí había huellas y caquitas de oveja. En mi opinión no eran frescas, pero le adjudicaron al animal el susto de la noche anterior. Ella había pisado la ramita, y tenía una campanita en el cuello. A mí me parecía que lo que habíamos escuchado tenía un tinte demasiado humano (o ex-humano) como para que haya sido la ovejita y una rama trabada en el arroyo. Fue una de las veces que más me asusté en mi vida.
Ese día bajamos, y le contamos a todo el mundo. Era difícil explicar el miedo que habíamos sentido, y todavía no había salido El proyecto Blair Witch como para comparar.

Ese año terminé la secundaria, me fui a vivir a Estados Unidos y, después de un par de años, en una de mis visitas a El Bolsón, mi hermano me confesó que había sido él.
Mi hermano, mi-ex-novio-que-terminó-siendo-su-amigo, y otro compañero mío habían subido a oscuras (como la casa de mi papá está sobre esa última calle de la Villa, el morro es como nuestro patio gigante en forma de cerro) con un hacha y una campana a cuestas, y se habían dividido para asustarnos. Mi compañero hachaba un tronco bastante lejos hacia el norte, mi hermano esperó un ratito y empezó con la campanita unos metros hacia el oeste, y mi ex novio se había ido acercando hasta llegar muy cerca de la carpa para escuchar nuestras reacciones. Quedó impresionado con la mía (ya dije en un post anterior que le gustaban mis ovarios loquitos), y se reía mucho de Osito y de R. Bueno, muchos lo hicimos después de esa noche.
Los tres macabros, en vez de usar un palo, subieron con un hacha para hacer ruidos más asesinos. ¡Y la campanita! Hay que ser guachos...
Dice mi ex novio de la secundaria que estuvo parado muy cerca mío cuando salí de la carpa. ¡Qué miedo! Me llegaba a tocar y me moría de un infarto.
Cuando mi hermano me contó que había sido él, lo primero que le dije fue, con los ojos aún bien abiertos de asombro y una sonrisa gigante:
Gracias. Estuvo buenísimo.

viernes, 15 de agosto de 2008

Julio

Una noche de julio estaba recién acostada en mi cama, en la oscuridad del cuarto que compartía con mis hermanos. Esa habitación de ciprés que tenía una salamandra. Mis papás se habían separado hacía poco, así que estábamos sensibles. Esa noche nos habíamos quedado Santi y yo en lo que en ese momento era lo de mi papá. Procedimos a saludarnos, cada uno desde su cama, y mi papá desde la habitación de al lado:

Padre: Hasta mañana, chicos
Ceci: Hasta mañana, pá.
Santi: Que sueñes con los angelitos, papi.
Padre: Que sueñes con los angelitos, Santi.
Santi: Que sueñes con los angelitos, Ceci.
Ceci: Que sueñes con los angelitos, Santi.
(y eso que no éramos creyentes)

Yo ahí me puse a pensar que nunca le había dicho a mi hermano que lo quería. Nos matábamos bastante, y además mi familia no era muy demostrativa.
Entonces, estuve como dos minutos intentándolo. ¡No podía decirlo! Cuando estaba a punto de pronunciar la primera sílaba (las otras dos vendrían naturalmente después) se apoderaba de mí una especie de pudor petrificante. Una y otra vez. Hasta que al final tomé coraje -como cuando, a la orilla del lago, empiezo a caminar decidida y me sumerjo de pronto en el agua helada-, y le dije "te quiero".
Y él me dijo "yo también". Me dio mucho amor ese diálogo. Y me imaginaba a mi papá, emocionado, del otro lado de la pared machimbrada. Dormí especialmente bien esa noche. No era como meterme en el lago helado; sentía una calidez única, muy reconfortante.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Junio

Una noche de junio el chico con el que salía y yo tratábamos de romper el vidrio de su auto en las calles de Washington DC. Habíamos ido a un bar, y cuando volvíamos él (en posts muuuy viejos me refiero a él como "el chico K", porque se llamaba Kari) se dio cuenta de que no tenía las llaves. No volvimos al bar porque recreó sus pasos y suponía haberlas dejado adentro del auto. Así fue. Peor fue la vez que directamente se olvidó en qué estacionamiento pago había dejado el auto en una ciudad extraña. No daba recorrer todos los estacionamientos de la ciudad. Por suerte este chico decía que tenía mucha capacidad cerebral para cosas raras, y se acordó después de un rato. Kari era mitad estadounidense y mitad finlandés, y se consideraba inteligentísimo, un prodigio; decía que su psicoanalista (al que lo había mandado el padre, que trabajaba en la CIA pero yo no podía decir nada) le cobraba baratísimo porque enriquecía mucho su conocimiento de la mente humana con él.
Al ver las llaves adentro del auto, no sabía qué hacer. Se lo acababa de comprar, era un Saturn azul metalizado. Empezó a decir que le iba salir más que alguien venga a abrirlo que comprar el vidrio nuevo (ya dije, era un genio). Entonces, decidimos romper el vidrio. Siempre había querido darle una buena patada a un vidrio de auto, así que lo hice, con todas las ganas. Pobre, mi pie.
Él también le pegó de varias formas, pero nada. Entonces agarramos unos bloques de cemento que había cerca, y lo golpeamos con eso. El más grande tuvimos que arrojarlo entre los dos sobre el vidrio, y sólo hizo unos rasguños.
Yo era muy temperamental (creo que se aprecia en mis ganas de romper un vidrio de una patada) y estaba medio borracha, así que me hice la ofendida con él por pelotudo y me fui caminando. Estaba acostumbrada a que al hacer eso me sigan, así que más bronca me dio todavía cuando Kari seguía mirando pensativamente el interior del Saturn, probablemente recreando en su mente el cuento de Alí Babá. Yanquis fríos de mierda, pensé, embroncada especialmente porque era más sano que yo (quería histeria, quería que me psicopatee un poquito). Por supuesto que a las dos cuadras di media vuelta y me volví. Cuando pasé por donde estaba el auto, había un patrullero y dos policías, que estaban hablando con Kari. Me hice la boluda y seguí caminando, pero uno de ellos me llamó. Yo sonreí pícara, como si mi abuela me hubiera descubierto robando caramelos de arriba del piano, y me arrimé a la charla.
Dijeron que los habían llamado anónimamente por vandalismo o robo, y no podían creer la decisión que habíamos tomado. Le preguntaron el número de patente sin que la vea y algunas cosas más -como cuánto habíamos tomado-, y después de un rato abrieron la puerta (no lo hicieron en seguida para sermonearnos cuando todavía tenían el poder total de nuestro futuro inmediato). Tardaron un segundo, con un listoncito flexible rojo. Y eso más bronca nos dio.
Después nos dieron un último sermón, y unos folletos. Eran cuatro páginas en blanco y negro de historietas en español con mensajes anti-crimen, anti-drogas, y pro-dios. Palabras clave: historietas, y español. ¿No será mucho?
Lo que más me molestó es que las marquitas quedaron en "mi" vidrio y nunca pude ver bien el paisaje.
A mí me divirtió mucho todo, de todas formas.
Supongo que a él esas marquitas le recordaban todos los días su mal criterio. Me pregunto si seguirá siendo el mismo

(boludo).

lunes, 11 de agosto de 2008

Mayo

Una noche de mayo hubo una fiesta en El Hoyo debido a que había volcado un camión chileno. Yo tenía una amiga que iba al colegio en ese pueblo, por lo que a veces me juntaba con ella y su nuevo grupo de amigos. Esta vez nos invitaron a una fiesta, cuyo único motivo fue una cantidad titánica de bebida gratis. Había volcado un camión chileno cargado de cerveza (no recuerdo la marca; creo que las latas eran grises) y, como no podían venderlas así, dejaron que la población las junte de la orilla de la ruta. Me contaron que lo más gracioso fue ver al patrullero llevarse los barriles más grandes. Uno de los compañeros de mi amiga tenía una Ford F100, que cargó de latitas y barrilitos apenas abollados. Había que consumirla pronto, así que improvisaron una fiesta. Estos chicos deberían tener contactos, porque al llegar me di cuenta de que era en alguna especie de pequeño complejo deportivo, con canchitas rodeándolo y todo. La fiesta, como han de imaginarse, fue bastante descontrolada, y en un momento con mi amiga atacamos los estantes del salón. Esa noche me di el gusto de tomar cerveza en un trofeo plateado con dos manijas a los costados cual reina egipcia, saboreando la cerveza como si fuera el elixir de algún grial sagrado.

jueves, 7 de agosto de 2008

Abril

Una noche de abril sentí la primera señal de que algo me pasaba con Pablo, pese a que no era un chico en el que me fijaría normalmente. Al contrario, reunía bastantes cualidades que no me gustaban en la primera (bueno, y segunda y tercera) impresión. Nos conocimos en una circunstancia muy particular: una gran y hermosa amiga de los dos falleció (palabra de mierda). Nunca lo comenté acá porque me sentía ensuciándolo (o ensuciándola, que es aún peor), o sentí que no correspondía. No es algo que me guste contar como una curiosidad, el haber conocido a Pablo en su funeral. Por otro lado, siento que es muy, pero muy especial el hecho de que haya sido así. Leer posts de acá. Celeste fue amiga mía desde siempre. En un momento hubo un distanciamiento (no de cariño, éste siempre fue incondicional), porque yo era adolescente y estaba en otra. Después hubo un acercamiento, dentro de lo que permitieron las distancias físicas. Me fui del pueblo a los 18; ella tenía 14 recién cumplidos, y es por esa época cuando conoció a Pablo. Y se hicieron muy, pero muy amigos. Porque son gente que brilla, como en los scones.
Y así fue que con Pablo nos vimos obligados a compartir algunos momentos, y comenzamos a sentir una fuerza abrumadora que nos unía (pero no nos asustaba), y a ir encontrando señales y coincidencias y muchos caminos cruzados en nuestro pasado, al mismo tiempo que sentíamos de alguna forma el comienzo de su entrelazamiento hacia el futuro.
Esa noche lo había conocido hacía unas horas, y estábamos en el auto de mi mamá -ella al volante, dos hermanos míos, Pablo y yo-, volviendo de la casa de la mamá de Cele por la ruta. Él estaba adelante y conversaba con mi mamá (nunca me voy a olvidar su grito a todo pulmón: "¡LOMO DE BURROOOOO!", cuando mi mamá casi incrusta el chasis del Senda en uno), cuando dijo, así al pasar, que tenía novia.
Pablo: "estoy haciendo unos trabajos en la chacra de mi novia...";
Yo: (puta, tiene novia. ¿EEEH? ¡cualquiera! ¿qué me importa a mí? dejá de pensar boludeces).
Y esa fue la primera vez que mis actos o pensamientos indicaban que sentía algo por él, pero yo no lo sabía. Hubo más, como darle un beso especial en el cachete al día siguiente al bajar de su auto (mi cuerpo sabía pero yo no), y que mi hermano me pregunte, tal vez celoso "¿ahora te gusta él?" (mi hermano sabía pero yo no), o que me obsesione al ver Los hermanos Grimm pensando que era igual a Heath Ledger (mi imaginación sabía pero yo no), y decirlo varias veces (mi hermana, que la veía conmigo, sabía pero yo no), o dejar plantado a E (que era un chico con el que había habido onda, vecinito de puesto en la feria), con el mate en la mano, para tomar mates con Pablo (E sabía pero yo no), o cortarle el rostro del todo a D, que resultó ser amigo de Pablo (bueno, D no sabía).
Ah, la novia dejó de serlo antes de que pase algo. (¿Importa si es horas antes?). Y el amigo dejó de serlo después.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Marzo

Una noche de marzo fui con un grupo de nuevos amigos de mi curso, mi hermana y una amiga al Lago Puelo, tomamos bastante, y estuve nadando en ropa interior. Al principio de la noche, mi mejor amigo de la secundaria (que en ese momento no lo era), se me declaró con un jeep en el medio. Estábamos uno en cada puerta, yo buscaba algo. Le propuse ser amigos, cosa que fuimos por cinco años, para después convertirnos en novios por otros casi cinco años (él es "mi chico" de posts viejísimos). A mí me gustaba uno de los otros tres, al que esa noche encontré en una actitud sospechosa en la oscuridad del bosque, con la amiga de mi hermana (también era mi amiga en ese momento. O... hasta ese momento). Estaban sentaditos entre los árboles charlando muy cerquita. Yo los vi, me di media vuelta y me fui. Ahí los dos empezaron a gritarme "Ceci, pará...!". El tema es que era sabido que ese chico y yo teníamos onda. Entonces ya era como cagarme, la misma noche en que se suponía íbamos a tener un acercamiento. Ahí no iba a decirles nada, que se hagan cargo de sus actos, yo lo tomaba como era: si él hizo eso, listo, no es para mí y punto. Y a ella, bueno, después hablaríamos, o nunca más tal vez.
Un rato antes habíamos ido a la costa del lago estos dos chicos y yo, y nos metimos al agua en ropa interior (yo tenía justo una bombacha negra y un corpiño a cuadritos verdes que parecía de malla). Fuimos a secarnos al fogón y después, cuando quise recuperar mi ropa, no la encontrábamos entre las piedras de la orilla. Buscamos los tres un rato, hasta que uno dijo "¡una zapatilla!" y nos pusimos tan contentos que hicimos esa rondita saltando abrazados como festejando. Y así con cada prenda: "¡el pantalón!" "¡bieeeen!" y corríamos a abrazarnos saltando, como festejando un gol. Qué tarados...
Después, el chico me pidió perdón, pero no le di bola. Igual debe haber funcionado porque terminó siendo mi novio por unos meses, y, un año y medio más tarde, el chico con el que tuve mi primera vez.
La amiga de mi hermana se terminó tranzando a mi nuevo amigo. Al día siguiente empezamos a discutir en mi habitación, y la cagué a gritos. Le decía cosas como "si vos sabías que teníamos onda", o "encima te agarraste a mi amigo", no sé si no le dije "puta". Lo peculiar es que estaba el-chico-con-el-que-tenía-onda charlando con mi hermano, porque se estaba haciendo amigo de él y lo había ido a visitar. Según mi hermano, no sabía dónde meterse. En eso mi ex amiga sale a fumar un cigarrillo, y cierra la puerta con entusiasmo. Yo voy, atravieso el comedor (donde estaban mi hermano y mi futuro novio), abro la puerta, y le grito "y en mi casa no das portazos", y doy un portazo. Vuelvo a mi habitación, ignorando al chico (bah, mirándolos, pero sin cambiar la cara de orto que tenía).
Igual para mí que se enamoró todavía más de mis ovarios loquitos. Él era así. Como cuando me enteré por mi hermano que le gustó que una noche en el boliche le pegue un hombrazo al cruzar la pista en el trayecto al baño porque pensé que estaba bailando con una chica.

domingo, 3 de agosto de 2008

Febrero

Una noche de febrero estaba durmiendo en la casa de mis abuelos, en Ramos Mejía, y me desperté sobresaltada. Estábamos de vacaciones con mi hermano: porque éramos de El Bolsón y nos veníamos de vacaciones al calor y al smog de Buenos Aires, a la casa de mis abuelos. La pasábamos bien, porque era diferente, y por la familia (excepto esa pelea en la que me hizo no sé qué cosa tan fea y yo lo empujé como para que se caiga por las escaleras de mármol. Suerte que mi hermano era como una lagartija). Esa noche me desperté, creo que por el calor o por algún ruido de ciudad, y, al ver el cielo tan iluminado (estaba acostumbrada a que la noche sea bien -pero bien- negra y que el único ruido sea el aullido de los perros vecinos), me tapé desesperadamente al mismo tiempo que exclamaba "¡SANTI!".
Pensé que era una bomba nuclear.
Tenía 16 años. Por dios.
Santi no se despertó, pero al día siguiente cuando le conté se cagó de risa, y lo sigue haciendo de vez en cuando.
Y yo le digo "¡pero te quería salvar!".

jueves, 31 de julio de 2008

Enero

Una noche de enero mi mamá exigía a gritos, en la Clínica Bazterrica, que no la rasuren ni le pongan goteo de oxitocina. Iba a nacer Cecilia o Andrés. En eso pasa su médica -con la que ya había tenido a mi hermana Ana-, y le dice a la enfermera afeitadora que está todo bien, que la deje. El goteo se lo ponen, aunque Marina dice y repite que no lo necesita. Al rato se lo tienen que sacar, porque el parto avanza demasiado rápido. La trasladan a la sala de partos ya pujando -le piden que no puje-, y casi nazco en el ascensor. Nací tan rápido que Ricardo, al que hicieron vestir para la ocasión, casi no pudo verme salir.
Nací a las 5 en punto; tocaba cambio de turno de personal. El enfermero, muy amanerado y calzando zuecos, entró en crisis porque había dejado la sala reluciente, y estaba a punto de colgar la gorrita cuando entra mi mamá, y en el pujo final, enchastra todo. Fue tan rápido el parto que resultó un quilombo, y Marina perdió mucha sangre.
Me pusieron en sus brazos, me reconoció, y después me llevaron a limpiarme, y a mi mamá a su habitación. Se sentó en la cama y se desmayó de costado (esta vez le tocaba a ella, en el parto de mi hermana mayor se desmayó mi papá), y cuando se recuperó comenzó a pedir que me lleven con ella. Estuvimos quince minutos separados, y cuando me devolvieron no me habían limpiado bien, por lo que se me dificultó respirar y empecé a expulsar mucosas por la nariz. Pasado ese susto, me prendí a la teta muy bien. Cuando llegó Ana de visita, con sus 2 años y 10 meses, se sacó las zapatillas y se metió en la cama con su mamá y el bebé.



Primera hoja de la carta que mi papá le escribió a un amigo relatando mi nacimiento, y afortunadamente para mí y mi espíritu guardarecuerdos nunca mandó.

miércoles, 23 de julio de 2008

Rodeada

Estoy en la cama. Me siento muy triste pero no puedo acordarme por qué. No tengo fuerzas. Estoy quieta... quieta y como tonta. Pero de desconsuelo.

Aparece él. Me abraza tan fuerte que me saca aire de los pulmones, así como toda mi tristeza. Se acuesta conmigo.

Me dice:

- Te traje una rosa, pero se me perdió en el camino, no sé bien dónde.

- ¿Te acordás la primer rosa que me regalaste? Ni siquiera me la regalaste vos.

- ¡Ah! Sí... estábamos en el bar ese, donde cantaba jazz un tipo, y como pensó que yo no te la compraba porque no tenía plata, te la compró él.

- Yo no entendía nada, porque el tipo aprovechó cuando fui al baño.

Reímos abrazados. En este momento me siento como en casa. Le pido que me siga hablando. Lo hace.

- ¿Y te acordás cuando jugamos a las escondidas con un montón de amigos, en un campamento, en el bosque, de noche?

- Por suerte era en parejas, si no me moría de miedo.

- Sí, pero nosotros nos escondimos tan bien que no nos encontraban más, y ahí empezamos a darnos besos... y bueno, se cansaron de buscar, y siguieron jugando solos.

- Sí, qué lindo. Y mirábamos las estrellas para ver si se caían y pedíamos deseos. Yo pedía que todo siga bien con vos.

- Yo también.

Me besa los ojos y me dice que me duerma. Yo quiero seguir escuchándolo.

- Bueno, ¿sabés qué me acuerdo siempre? cuando, aunque vivíamos en el segundo piso, tomábamos el ascensor hasta el piso 22, sólo para darnos besos en el camino.

- Yo me miraba en el espejo del ascensor abrazándote, y quería guardar esa imagen para siempre. Te guardo siempre, aunque no quieras, ¿sabés?

- Yo también te guardo. Y vos guardás al cordero de Júpiter.

- ¡Me había olvidado! - le digo, y empezamos a reír, con una risa totalmente diferente a la risa de las cosquillas. Con esa risa que nace de muy adentro, de un lugar donde no hay ni un poquito de luz.

Negro. Todo negro.

Me despierto. De nuevo soledad, de nuevo tristeza. Tengo una agenda en las manos, abierta. Hay una cáscara de maní, toda aplastada, pegada con muchas cintas a una página. Las cintas están amarillas en sus extremos y ya casi no pegan. Al lado de la cáscara quebrada dice "Cordero de Júpiter que me regaló él".

Me rodea la tristeza, y no puedo hacer nada para escaparme.

Y esta vez sé por qué.


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Ésto lo escribí hace un par de años o más y no lo puse acá porque el chico con el que salía lo iba a malinterpretar y en consecuencia hacer mi existencia más complicada; las cosas no estaban nada bien.

Estaba de luto, triste porque extrañaba cierta sensación, y no pensaba (ni quería, tal vez) recuperarla jamás.

Es un rejunte. No se refiere a nadie en especial sino a muchos y a un estado, que depende de la conexión con otro, y generalmente se va extinguiendo (o modificando, dirían los optimistas) de a poco al pasar el tiempo así, de a dos.

martes, 15 de julio de 2008

Sitiada

No hice cheesecake, lasagna o selva negra, como había prometido.
No fui a pasear a la montaña.
No caminé por el pueblo con mi hermoso bebé, cómo había planeado.
No fui a la feria, todavía.

En cambio: me engripé (o lo que sea). Traqueítis. Y viví por primera vez el miedo de madre con hijo afiebrado.

Mi casamiento, que fue acá, fue "diferente" en un buen sentido. Hicimos lo que quisimos, y realmente brillamos. No hubo ni un dejo de acartonamiento, y elegimos qué tradiciones seguir y cuáles dejar de lado. Preparamos un baile de flamenco árabe, me hice una corona de flores secas, y hasta tuvimos una torta de flores violetas con muñecos hippies.

La gripe la tuve que encarar de una forma más natural por estar amamantando, y fue posible gracias a estar acá. Té de mosqueta rojo y humeante, jarabe de sauco, mimos de madre, crema de caléndula para las paspaduras, té de mosqueta e hibiscus con miel, y para Casiel mimos de todos y vapor de agua pura.

Esas cosas son mágicas. Las recomiendo.

Tal vez me haga dealer de tés, cremas y jarabes mágicos en Buenos Aires.
Los mimos por ahora no los comercializo.

domingo, 6 de julio de 2008

Autóctonos

No son los que arreglan subtes atrás de mi edificio, que se saludan y dan portazos a las seis de la mañana. Ahora son los teros y bandurrias los que despiertan a mi hijo y en consecuencia a mí, y me hacen bailar por la habitación oscura con un bodoque de siete kilos que dice "baaa-baa-baaaaa", se ríe, y pega grititos. Al menos ahora lo puedo considerar como un ritual animal matutino.

viernes, 4 de julio de 2008

Tres de mis verdes

Verde de verdad, verde puro, de El Bolsón.
Casiel mira asombrado el movimiento de los árboles a través de las ventanas.
Yo miro extasiada en mi interior cómo crecen los brotes y se llenan de savia curadora las heridas: es contagioso el verde de acá.

Verde de deja vu. Tejo unas pantuflas para regalarle a un niño que quiero mucho, y al hacer el eterno punto elástico me acuerdo cuando en mi adolescencia me tejí un pullover de ese mismo verde, todo en punto elástico. Dos para arriba, dos para abajo; dos del derecho, dos del revés. Y mi mamá lo terminó, porque tanto no sabía.

Verde de madre, porque lo confieso: guardé un pañal de mi hijo, con caca, para mostrarle a mi marido cómo había hecho con espinacas por primera vez.

A veces me gusta el verde.

sábado, 28 de junio de 2008

Señales I

A mis doce años, en un viaje a Buenos Aires, mi mamá tuvo que ir a visitar a unos conocidos de El Bolsón que se habían mudado a Capital, y nos llevó a mi hermano y a mí.
Eran un matrimonio con una chica que tenía un año menos que yo y uno más que mi hermano. No era muy piola, pero era lo que había, así que nos pusimos a jugar y a romper un poco las reglas de sus papás.
No sé qué estaríamos haciendo, pero encontré tres copias de una misma foto entre sus cosas. Eran de un caballo color cremita con un dibujo como de diamante en la frente, mirando a la cámara. Estaba parado frente a un alambrado, y una rama de mosqueta hacía un dibujo frente a su hocico, cual abanico de flores rosas.
Me enamoré de la foto, y la chica me explicó que no conocía al caballo, que era del vecino de la chacra en la que había parado la última vez que había ido a El Bolsón. Pero que le encantó para una foto y que quedaba re bien con la rama de mosqueta.
Al ver tres copias se me ocurrió que me podía regalar una. Se la pedí, y me dijo que no.
Me gustaba tanto, que le insistí mucho. Pobre. Esa insistencia es una de las cosas boludas de las que me arrepiento, porque yo no era así, y menos con una chica que recién conocía. Me terminó dando la foto, sin querer hacerlo.
Y yo la guardé todo este tiempo.

Cuando la gente se enamora trata de compartir todo, y abrirse. El pasado es una parte muy importante durante ese "brindarse al otro", como si al unir presente, pasado y futuro, se inmortalizase ese amor, o se cerrara el círculo cálido que abraza a los dos enamorados.
Yo le mostré a Pablo mi gigante caja de fotos. Y de pronto dijo, muy sorprendido "¡¿qué hacés con una foto de mi yegua?!". No lo podíamos creer. Ahí, entre mis fotos, estaba Rayén, su yegua baya.
Yo la guardaba desde los doce años, y a él lo conocí a mis veintiséis.
Y el espacio a nuestro alrededor nos apretó un poquito más con su calor.

viernes, 27 de junio de 2008

Dos cosas

Primero una oda a mi verdulero.

Cuando voy al mercado chino a comprar verduras, me siento traficando drogas, o jugando a las carreras coordinando todo con un soplón. Resulta que el verdulero trabaja para ellos (no es de él la verdulería, como pasa en algunos de esos mercados), y cuando voy a comprar me asesora en secreto. Yo le digo "tres tomates", y me dice bajito, pasando al lado mío como acercándose al cajón, y levantando las cejas: "seis pesos". Y ahí le digo "eeeh, no. Está bien". O cuando le pido duraznos, me dice mirando hacia los costados "un 7. hace un mes estaban de 10, pero un 7".
Es un capo. Más porque se parece a Kramer de Seinfeld.

Y también, hace un tiempo escribí algunos posts clasificando y describiendo piropos. Me faltó poner un par de antipiropos.

Primero un antipiropo en pregunta de primera impresión, como cuando Chandler le pregunta a su futuro suegro al ayudarlo con el saco si nieva afuera, a lo que el hombre responde "no", mientras Chandler le sacude copitos blancos de los hombros.
Una vez con mi hermana invitamos a cenar a su casa a unos franceses que habíamos conocido. Al entrar Mathew le dice, para hablar de algo: "¿recién te mudás?". Y no.

Otra vez, yo vivía en Estados Unidos y me decidí a amortizar con el uso una camiseta que me había comprado y no me terminaba de convencer. No quería sentirme estúpida por haberla comprado al pedo en la feria de El Bolsón hacía un par de años. Estaba pintada a mano y también con estilo batik. Era demasiado cortita, tenía un piolincito para atar el cuello, y mangas oxford pero no del todo largas. Un asco.
Pero la usé. Y recibí un antipiropo en pregunta creativo inocente. Cuando le abrí la puerta a una de las nenas a las que cuidaba y les enseñaba español, me dice: "oh, ¿fue día de disfraces en tu universidad?" de lo más inocentemente, como esperando que le cuente lo divertido de ese día. Pero le dije "no". Y seguimos con lo nuestro.
Creo que al usarla para no sentirme estúpida, me sentí doblemente estúpida.

lunes, 16 de junio de 2008

Cotidiana

Pablo subió primero al colectivo con el bebé, yo subí y le dije al chofer "dos hasta Ramos". Pagando, miré por sobre mi hombro y había una mano extendida cerca de mi traste con un mate recién cebado. Una chica de los asientos de adelante se lo estaba dando al conductor, un hombre de medio siglo más o menos.

Y siguió así por un rato.

Más tarde me dí cuenta: es el día del padre.
Y me dio mucha ternura.
Y sé que yo habría hecho lo mismo si ese fuera mi papá.

Niño envuelto

No creo que Pablo use corbata muchos años más de su vida, por lo que desde el año pasado aproveché para caer en el cliché "día del padre = corbata", que me parece tierno (porque nunca pude regalar una corbata antes, me crié sin corbatas en mi casa, lo que en realidad es lindo).
Su primer día del padre me até la corbata en la panza, y así se la regalamos.
Este año, directamente le hice un moño a Casiel. Delivery de hijo con regalo.


También hubo desayuno especial, y de regalo más especial un molde de yeso con la impresión de la manito y el pie de Casiel, que nos costó un huevo. Pero fue muy divertido, especialmente cuando el gordito se limpiaba el yeso del pie en mi jogging negro (bueno, sí, de Pablo). Lo pinté de amarillo, naranja y morado, y quedó hermoso. Espero que se seque del todo algún día (me pasé de agua).
Para el desayuno especial hice, entre muchas otras cosas ricas, unas tarteletitas que copié del blog de Mer, que son de Nutella y mandarina y son... indescriptibles.
¡Quiero más!


(foto muy precaria)

jueves, 12 de junio de 2008

Por mi barrio

Sexo



Droga



Y... un peine asfáltico


Este último dedicado a Chizz, que cuando lo vio hace como dos años me dijo que tenía que sacarle una foto.

lunes, 9 de junio de 2008

La gordita, y también el gordito que se caía del techo

Creo que no es bueno que esté usando tanta ropa de Pablo. Joggings, remeras, buzos. Es muy feo que mi ropa ya no me entre o me haga pertenecer a la moda matambre. Tampoco está buena la moda jogging, o "ropa de marido", por lo que creo que me tengo que poner las pilas.

Mi abuelo también, pero con los comentarios o acciones salvajes.

Una vez, a sus 79 años, quería subirse al techo para arreglar la bomba de agua. Su yerno, que vivía con él en ese momento (y al cual no soportaba mucho) se ofreció a subir por él. Desde arriba, le gritó "cortó la luz, ¿no?". Mi abuelo le contestó "seeeeh", pero le dijo en voz baja a mi primo: "minga la corté". Y miraba desde abajo, muy divertido y con cierto sadismo, como esperando a que mi tío grite y se caiga.

Hace unos meses le dijo a mi hermana mayor "¿y para cuando el bisnieto vos? Vos ya no sos mi nieta... vos ya sos una prima para mí".

Demasiado.

Yo ya sé cómo es, así que no me enojé cuando ayer le dijo, a su supuesta ex-nieta mayor: "estás flaca vos. No combinás con tus hermanas".

Carcajada general, un par de puteaditas, y él dice, riéndose de una forma que me da ternura "soy muy directo, ¿no?".

Su comentario no me impidió comerme dos porciones de rogel.

Creo que igual debería tranquilizarme un poco con la comida (dice Margot, mientras se manda la tercer bola de fraile rellena con dulce de leche).